LA MADRE


LA MADRE

El tiempo que teje el espacio, esa carretera sin señalizar que a veces serpentea montañas de vértigo y otras transcurre mansa por mesetas desnudas al sol, soporíferas, solitarias, el tiempo que no se detiene, el paso de un tiempo atemporal,  ha vencido las resistencias.

 Tu menudo cuerpo de gacela, cual meteorito, se ha desparramado en infinitos proyectiles incandescentes al atravesar la atmósfera.  Tu cuerpo sobre el mío,  exhausto tras un nacimiento heroico, reposa sobre mi abdomen y la película gelatinosa que lo cubre sella nuestro abrazo. Tantos años de esquivarnos y de recelos infundados.  Toda esa congoja que me atrapa en momentos inesperados. La vida nos liga provisionalmente y eso es algo que nos escondemos.

Puedo sufrir el dolor pero también puedo mirarlo de frente. Eso tan solo significa que  conozco su lenguaje, que he pasado por ahí en el pasado y que puedo reponerme. No es indiferencia. No tengo nada que perder porque lo que yo soy nadie me lo puede quitar.

Para ti la luz de la civilización, para mí lo salvaje de esta montaña desnuda. Te quiero pero me duele tu inconsciencia.  Te quiero porque te necesito. Es tu presencia la que me pone delante de aquello mío que es también lo que más desconozco, lo más cruel y lo más nutricio.

  Todo en mi vida ha estado sellado por la inevitabilidad de la ambivalencia. A nada, a ningún desafío o proyecto me he podido entregar con confianza plena en mi decisión. Los pros van irremisiblemente encadenados a los contras y amenazan con detener mi quehacer, con una parálisis de piedra. Solo el saber que me están y estarán vetadas las certezas hace que me lance al vacío sin red. Si ahora mismo me preguntaras, cosa que no harás, si me preguntaras que esperaba de ti, si me has decepcionado, no sabría qué contestarte. Porque no esperaba nada de ti aparte de que fueses feliz y esa es la pregunta que arde en mi garganta. ¿Lo eres? 

Tú puedes ser lo que quieras siempre que tu elección sea libre. También me puedes matar aunque prefiero que me rodees con tus largos brazos como haces en este momento. Blandita de ternura y respiro te meces en mi regazo. Murmuras una letanía hipnótica a ritmo del vaivén. Me siento madre después de mucho tiempo de ser la señora de la limpieza o el ama de llaves, tampoco hace falta ser tan dramáticos. Me siento más que madre, también amada, depositaria de tu anhelo de refugio fundente.

Hoy te quiero pero mañana quizás prefiera no tener que pensar en ti, en cada lucha siempre hay una duda sobre si merece la pena. El silencio opaco no merece atención, el silencio que no esté preñado de afectos, el silencio de la nada, el vacío silencioso. Mis silencios para contigo se han parecido más a una boca de volcán, milenario pero  activo, efervescente, rutilante, una boca a punto de desbordarse, de vomitar materia incandescente destructiva pero por eso mismo fértil.

Ahora me cubres con tu cuerpo etéreo y con ello me dices que todo está bien y que me necesitas pero ya no como cuando eras pequeña que te aterraba perderme de vista o que entre nosotras mediara otro cuerpo. Angustia de separación. La profesora, la pobre, que no tenía conocimientos de psicología ni le pagaban por ello, te llevaba pegada a su falda porque te aterraba el patio donde los niños andaban sueltos, no ocurría lo mismo en  el aula, ahí cada uno tenía su asiento, su pupitre.

Y vuelvo a mi terror a quedar paralizada, a constatar que en realidad no tengo argumentos certeros para tirar para adelante, pero sé que quedar congelada es la muerte. Lo sé porque ya he estado muerta no biológicamente pero si de la otra manera. Cuando te congelas mueres, cuando tienes miedo mueres, cuando desconoces tu deseo solo lo desconoces y caminas a ciegas, no estas muerta a no ser que te paralices.

 No estoy muerta. Tampoco soy una, soy todas. Esa es una certeza.  Soy la primera y la última, soy la madre y la hija, Soy la niña y la anciana, soy la admirada y la criticada,  soy la prostituta y la mujer sagrada, soy la esposa y la virgen, soy fuerza y soy miedo. Soy la voz de múltiples heridas. Soy de esta época y del pasado.



UNA VISIÓN DEL OFICIO DE SER MADRE

 Ahora que soy madre afirmo que la relación con la propia hija es una de las más difíciles que se tienen en la vida.  Es algo así como que la vida te devuelve un dolor que creías superado, dejado atrás. Te pone frente a tus fantasmas,  pero ahora proyectados en tu hija y los fantasmas no tienen rostro. Y además, ahora, lo  que a esta le sucede no pasa por ti, ella es la protagonista y tú no tienes ni un mísero papel de reparto ni mucho menos el de artista invitada, así que  solo te queda ponerte detrás de las cámaras.  No eres actor, si acaso un director pero un director improvisado, accidental, que no sabe del oficio y actúas como si estuvieses obligada a cumplir con ese papel, el de director, cosa que no te crees  y te sale más bien el de censor. Y te sorprendes haciendo ese odioso papel en contra de tu voluntad. El papel del  director-censor. La trampa es que la censura recae sobre la figura del director. Esto es, te censuras a ti misma.

 Una se enzarza en un lucha interna en la que quiere “decir-le” pero se teme “interferir-en”. Las prohibiciones tienen que ver con los miedos y al igual que en aquel chiste de Gila que dice algo así como “ponle al chiquillo la chaquetita que tengo frío” se nos amonesta cuando hacemos algo en ese sentido diciéndonos que les estamos inculcando nuestros temores. Y resultante de tanta cavilación es el alejamiento de esa otra, de tu hija que, si  tiene los ovarios bien puestos, será ajena a ese devaneo que es tuyo y solo tuyo y en el que terminas construyendo una hija que no es la real, es tu imagen  especular.  El resultado de este imposible oficio es que tu obra, tu hija,  te termina pareciendo ajena.

Por eso lo más sensato sería reconocer sin dramatismos que, si algo tuvimos de alfareras, de creadoras, de hacedoras, fue cuando les dimos cobijo para que se germinasen en el invernadero de nuestro cuerpo. Esa fue nuestra labor de creación, el milagro de parirlas y la prolongación extrauterina de esa simbiosis que supone la teta. Lo que compartimos con el resto del mundo animal.  Lo otro ya es educación y de eso andamos tan mal orientadas en este país…

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