Dentro de mi vive una bestia que se las pasa enviando olas de terror a cada
una de mis células. En este momento una de esas olas me recorre el cuerpo.
Empieza con algo parecido a una descarga eléctrica, después le sigue la
inquietud, la angustia y un gran nudo se instala en mi estómago. Con esto empieza
una fiesta que dura días.
Estoy sudada, siento nauseas y sé que estoy pálida. Palidecí súbitamente
mucho antes de que él acabara el comentario por completo, como si mi cuerpo ya
supiese lo que iba a decir. No he tenido fuerzas ni para salir rápido por la
tangente y cambiar el tema de conversación, como hago a menudo cuando algo me
resulta embarazoso.
—Le
dije a mi chica que dejara de ver a esa amiga suya tan miserable y
chalada,—esto último con entonación larga y profunda (craaa-zyyy), con gesto de
manos incluido— cuando ella me contó que esa tiparraca había cogido el condón
de su amante y había ido corriendo al baño para introducirse el semen lo más
rápido y profundo que pudo —contó el chico danés de pelo ralo.
—Incluso
cuando él todavía se encontraba medio dormido en su cama, ajeno a todo lo que
ella —esa zorra— estaba tramando.—Añadió.
—Desde
luego que no te puedes fiar —finalizó así su argumento.
Me sorprende que mi cuerpo sepa inglés, pero así es. ¡Qué cosas!
Justo después una chica negra con el pelo rizado a lo afro interviene
diciendo algo sobre que en Zimbawe, África, existen brigadas de “mujeres roba
esperma”. Se trataba de un negocio muy lucrativo dirigido a satisfacer la
demanda de mujeres ricas que desean inseminarse con los mejores genes. Creo que
decía que el precio del semen dependía de lo fornido que fuese el varón y del
tamaño de su pene —entiendo ya a duras penas.
El resto de voces y comentarios ya no
los capto, los escucho lejanos, remotos, incomprensibles. Para entonces ya me
he convertido de nuevo en la aterrorizada protagonista del cuadro de Munch. Aunque
sigo mirando, el fondo de la sala se ha tornado borroso y desdibujado; veo los
rostros imprecisos, difuminados; y dentro de mi algo con forma de calavera
deforme expresa profundo pánico y desesperación. ¡Ay no! ¡Otra vez no! ¡Otra
vez no! ¿por qué yo? ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? La ola de malestar me
bloquea. No puedo moverme, me sudan las manos, me duele el pecho. ¡Voy a
vomitar! ¡Voy a morir! ¡Quiero morir!
Necesito escapar, esconderme,
correr… ¡Necesito respirar! No puedo
levantarme, me desequilibraría, siento mis piernas como gelatina blanda y
viscosa. ¡Odio las reuniones sociales! ¡quiero irme a mi casa! ¡detesto hacer
el ridículo de nuevo! ¡quiero irme a mi cama! Y no salir nunca más de allí.
El alud, la avalancha ya se ha producido. Nada que hacer.
Apechugar con lo que viene. Conozco muy bien lo que ocurre los días posteriores
al desastre: darle vueltas y vueltas y más vueltas, fustigarme una y otra vez.
Decirme a mí misma que soy un desastre de persona, un fracaso, un fiasco… eso
durante semanas.
<<No me extraña que hayas
tenido que robar. ¿Quién iba a querer tener un hijo contigo? ¡No te mereces
nada! ¡No vales la pena!>>
Qué pensaría mamá, el yayo Ernesto o todas esas personas que me han querido
tanto, educado y tratado de enseñar cosas de valor. Qué pensaría doña Consuelito
—que tantas veces me decía que era una niña muy lista—de que hubiese acabado
robando semen también.
Hasta para mí misma que estaba allí había parecido algo sutil, casi
inocente, como quien no quiere la cosa… pero no, aun siendo la cuestión en
apariencia insignificante, una nunca se puede engañar a sí misma. O por lo
menos no a su cuerpo. El cuerpo siempre dice la verdad.
Tras la flagelación sigue el regateo. <<Pero si solo fue literalmente
un acto desprovisto de mala intención… bla bla bla”>>. ¡Mentira! Yo, en
pleno uso de mis facultades, rebañé con mi dedo ese churrete líquido, blanco y
viscoso, que resbalaba por mi abdomen, con la suficiente presión de aquel que
no quiere dejar ni gota y metí el dedo lo más profundamente que fui capaz en mi
vagina. Si esto sirve de atenuante es cierto que nunca lo había pensado,
premeditado ni preparado, pero así fue.
El crimen se produjo. Tuvo que ser doloso ya que se trató de un acto furtivo,
oculto, sigiloso. Se trató de un robo. Un robo a mi propio novio, un robo a mi
pareja, un robo a la persona con la que llevo más de 15 años de relación. De la
que he tenido semen por todas partes mil veces. Pero esta vez me dio por
robarlo. ¿Puede existir algo más ruin y rastrero, más bochornoso? Algunas cosas
mucho peores se me ocurren.
A duras penas
salgo del bar. Yo, mi nudo en el estómago y mis piernas de gelatina nos
despedimos rápidamente del grupo. Llego a casa en un tiempo record; me desnudo
rápida y veloz; todavía sigo pálida y a punto de vomitar. Me meto en la cama
casi de un salto mientras me enfundo en mi camisón de franela. Por supuesto que
no me quito el maquillaje, ni tampoco las lentillas. En estos momentos me
importa un rábano que la falta de limpieza envejezca mi piel. Es curioso como
algunas prioridades cambian por completo cuando estas en el fondo del pozo.
Mientras estoy en la cama no lloro ni apago la luz, me quedo inmóvil
mirando a la pared durante horas. Debo de estar en shock. No puedo sentir
emociones, en este momento tampoco siento los angustiosos e incómodos síntomas
físicos del pánico. Esto de no sentir viene de lejos, no es de hoy.
Los siguientes días son extraños. Hoy no he querido verle, le he dicho que
estoy malucha y que le iré escribiendo. Creo que se ha sorprendido un poco de
que quiera quedarme sola en casa, bueno con mi gata Sofi, de que no le haya
pedido que venga a cuidarme, traerme sopa de pollo o lo que sea que se me
hubiese ocurrido para tenerle cerca. De todas formas no me ha dicho nada. No me
encuentro con fuerzas para que me importe siquiera.
Las noches son más extrañas aún que los días. Al menos durante el día hago
como que soy normal. No he ido a trabajar alegando que me encuentro mal, pero
he ido a Mercadona, he limpiado el baño y he mirado la tele un rato, además de
dormitar entre una cosa y otra. También me he duchado y me he hecho el pelo. No
podría soporta llevar el pelo sucio mientras estoy en el pozo. ¡Sería mi ruina!
De ser así sé que no tendría fuerzas para salir nunca más. El pelo limpio y el
labio superior depilado son los últimos resquicios de mi dignidad personal. Mi
antídoto contra la depresión. La depresión profunda, quiero decir.
Otra noche mirando a la pared blanca, impoluta, incapaz de apagar la luz. Súbitamente
comprendo que esa pared no sería tan blanca si tuviera niños, y me sorprendo
gratamente al tener algún pensamiento. Parece que algunas ideas vienen a mi
mente, algo se mueve por ahí de nuevo. Súbitamente percibo que mi pecho se
expande, se dilata y agranda. Me entrego.
¡Tía, robar semen! ¡Y au! Lo que faltaba por ver. ¿Quien robaría algo que
es capaz de tener sin robar? Se me ocurre Winona Ryder, una vez escuché que
robaba cosas en los grandes almacenes; pintalabios o cosas por el estilo… ¡con
la pasta que debe de tener!
Pero, ¡alguna razón habría! Supongo que sería el riesgo, la adrenalina,
quien sabe…
Igual podría escribirle un privado por Facebook y preguntarle por sus
motivos. Hoy en día es bastante fácil contactar con las estrellas de todo el
mundo. Quizás podría sentirme un poco mejor si lo comento con otra delincuente
como yo. ¡Basta ya!
No puedo volver a empezar. No quiero volver a empezar. Me resisto a volver
a empezar. ¡Tampoco tengo tiempo!
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