Familia

Aquí os dejo mi particular tributo a la Ginzburg. No esta acabado, falta la tercera parte, pero como es tan largo lo cuelgo ya y así no se hace tan cuesta arriba.
El hecho de que no os gustase Léxico familiar me ha sugerido este poema:

Colores

Dicen que
el sentido del gusto
vive
sin sentido del gusto
en 
mi sentido del gusto

Otros 
con sentido del gusto
anhelan
cierto sentido del gusto
excluyendo 
su sentido del gusto

Pienso
un sentido del gusto
contenedor 
del sentido del gusto
de exigentes
de sentido del gusto

Pero ni
mil sentidos del gusto
objetivan
un sentido del gusto
incluyente
del sentido del gusto
global

Y todo esto por la penosa rabieta que me ha dado porque a las amasadoras no les ha gustado Léxico Familiar. 
Todo esto, total, para decir aquello de para gustos colores. Y es que en poesía: 
¡subjetiva es la actitud y objetivo el resultado!

Y ahora ya sí os dejo con:

Familia

A un hombre que vivía solo lo convencieron para que acogiese en su casa a un extranjero. El extranjero había llegado al pueblo andando por el camino que va a la ciudad. No hablaba ni una sola palabra de castellano pero con gestos se mostraba dispuesto a ayudar a quien le diese cobijo. Llevaba como únicas pertenencias un macuto de color azul fuerte con poca ropa, un cuenco de loza basta y un libro de color cereza escrito en lo que parecía ser cirílico.  
Tienes que echarle un cable al pobre ruso, le había dicho la señora Aparicio. Puede ayudarte a encalar la fachada de los huertos, a podar los naranjos, a quitar malas hierbas. Tú ya estas viejo, en tu familia son vagos, el ruso es lo que tú necesitas. El ruso sonreía y asentía con la cabeza todo el tiempo. El hombre dijo a la señora Aparicio que no necesitaba encalar ninguna fachada y que hiciese el favor de meterse en sus asuntos, que si le daba pena del pobre ruso que se lo llevase a su casa. La señora Aparicio dijo que ella no podía porque su marido “era muy suyo”, <<mi marido es muy suyo>> dijo, y que no fuese tan desalmado, porque el karma siempre devolvía con una bofetada la falta de humanidad. Esto último lo dijo levantando el dedo indice con gesto acusador. El ruso solo necesitaba un plato en la mesa y una cama con una manta. Podría dormir en la buhardilla y hacerle compañía; encalar la fachada, podar naranjos, quitar malas hierbas… La señora Aparicio se marchó dejando al ruso sentado en la puerta. Tú espera aquí hasta que este viejo cascarrabias se ablande. Espera aquí, dijo señalando al suelo, tienes el karma de tu parte.
Y fue a eso del medio día, al sentir el propio rugido en sus tripas, cuando el hombre se ablandó. El hombre se llamaba José Sánchez aunque todos lo conocían como José “el Pérbola”. Era viudo desde hacía unos años. Estaba gordo y tenía grandes surcos en la frente, el cabello blanco y frondoso y unas gafas metálicas que le caían hasta mitad de la nariz. Acostumbraba a echar hacia atrás la cabeza, lo que le daba un gesto defensivo además de sacarle papada. Sus ojos eran marrones y pequeños. Vivía solo. En la casa de al lado vivía una pintora con su hija y en el otro lado sus cuñados Raquel y Javi, agricultores de productos ecológicos que sobrevivían gracias a un grupo de consumo llamado Huerta Viva Niños Sanos. Javi era el hermano menor de la difunta esposa de José “el Pérbola”, la señora Camino, poeta aficionada. Las tres casas pertenecían a José “el Pérbola” quien no cobraba ni un céntimo a la pintora ni a sus cuñados por un extraño sentimiento a medio camino entre la caridad y la necesidad afectiva. Las tres casas tenían patios traseros con huerta. Entre la huerta de sus cuñados y la suya había una valla metálica de unos dos metros de alto con una puerta justo a la mitad. Todos los medios días José “el Pérbola” atravesaba esa puerta y comía en casa de sus cuñados. Cocinaba una nicaragüense gruesa y ciclotímica llamada Araí que vivía con ellos a cambio de ayudarles en las tareas domésticas. Como tenía dolores de espalda, decía, y algo de artritis en las manos, decía, toda su labor se reducía a cocinar. Y esto lo hacía despidiéndose cada semana porque eran muchos, decía, a los que alimentar. Todos los días comían con ellos la pintora, que no sabía cocinar y su hija, que sí sabía un poco pero llegaba tarde del instituto. La pintora pasaba toda la mañana pintando en su estudio. Pintaba descalza y siempre llevaba negras las plantas de los pies. Apostaba su caballete junto a un gran ventanal y la luz natural le daba justo encima, por lo que lucía siempre un moreno intenso. Por las tardes se echaba la siesta y roncaba sonoramente. Dejaba allá por donde fuera unos babis harapientos llenos de manchas de pintura. La hija decía que su madre solo pintaba con pinceles de pelo de camello que costaban un dineral.  <<Mi madre usa pinceles de pelo de camello que cuestan un dineral>>. Esos pinceles tan caros eran regalo de una abogada rica, llamada Laura, a la que había retratado desnuda unos años atrás. La pintora siempre recordaba las tres semanas que pasó retratando a la abogada en su finca del sur. Parecía como si esa historia no se gastase, que fuese eterna como los pinceles de pelo de camello.
—Anda pasa —le dijo Jose “el Pérbola” al ruso—. Araí se va a poner hecha una furia.
José “el Pérbola” sabía que Araí detestaba su trabajo, es decir, cocinar para todos ellos. Además un ruso de casi dos metros de alto, aunque estaba bastante flaco, no comería poca cosa y podría ocurrir que dijera que con una boca más ella colgaba el delantal. Y eso fue lo que dijo: <<¡Yo cuelgo el delantal!>> Dijo que todos eran unos desagradecidos, que se sentaban a la mesa y engullían sin decir si quiera si estaba bueno. Dijo entre llantos que ella se iba, que los muslos de pollo estaban justos y que podían darle el suyo al ruso. Raquel dijo que le resultaba odioso que Araí se despidiese todas las semanas.  Y le rogó que volviese a la mesa y no hiciese la tonta. Ella le daba su muslo al ruso y se ponía un bocadillo. 
El ruso se acercó hasta Araí y le pasó la mano por la espalda para consolarla. 
—No es por ti sólo — le dijo secándose las lágrimas con una punta del delantal— es que me tienen harta.
Desde ese día en la mesa de Raquel y Javi se puso un cubierto más.

La casa de José “el Pérbola” tenia dos pisos y una buhardilla toda en una pieza. Después de comer, el ruso, siguiendo las ordenes de su anfitrión, colocó allí un somier y un colchón. Sonrió y levantó sus pulgares en señal de agradecimiento. Acto seguido se tumbó en la cama y se puso a leer su libro color cereza. José “el Pérbola” observó al ruso  tumbado leyendo en su buhardilla. Acordándose de varios de los parientes de la señora Aparicio se encaminó, como cada tarde, a la biblioteca del pueblo a leer el periódico. José “el Pérbola” era un hombre de rutinas y la llegada del ruso lo había agitado por dentro. Verlo moverse con libertad dentro de su casa lo inquietaba al tiempo que lo hacía feliz. El ruso, joven y fuerte, estaba desvalido y él, viejo y decrépito, era su protector. Algo no encajaba y sin embargo no podía evitar sentirse dichoso. Y esa felicidad lo hacia sentirse mezquino. 
José “el Pérbola” siempre tamborileaba los dedos mientras leía el periódico en la biblioteca. Le gustaba hacer este movimiento pese a que desconcentraba a los que estudiaban a su lado. También se chupaba el dedo antes de pasar página y se rascaba sonoramente el cuello haciendo crujir su piel bajo sus uñas. <<Si chupa las hojas –le dijo una estudiante escuálida y triste– después otros usuarios tendrán el periódico chupado>>. La estudiante era la hija del Señor Fusset, el tendero del barrio que resistía el azote de las grandes superficies dando buena conversación a sus clientas. El señor Fusset siempre había insistido en su casa, los domingos por la mañana cuando disfrutaba de un tiempo con su familia, que chupar el periódico era peligroso porque las hojas de los periódicos albergaban infinidad de gérmenes. <<Un periódico tiene siempre –le dijo al hombre– infinidad de gérmenes y éste ahora, además, tiene todos sus virus>>. El hombre miró a la estudiante escuálida y triste, echó hacia atrás la cabeza, carraspeó como si fuese a decir algo y se levantó a por otro periódico. 
José “el Pérbola” leía en la biblioteca y leía, también, después de comer en la butaca de terciopelo verde que había en el salón de sus cuñados. Se levantaba de la mesa e iba al aseo de la planta baja. Se limpiaba la dentadura a conciencia y con ella limpia y un libro se sentaba en la butaca verde y decía: “Herberet”. Araí le acercaba entonces una copa generosa de herbero fresco. Los habitantes de las tres casas lo veían tamborilear sus dedos en el brazo de la butaca, con los labios apretados, escrutándolos a todos con sus pequeños ojos marrones y cierto rictus de aprensión y esto, sin saber muy bien por qué, les aportaba seguridad. A las cinco en punto terminaba su lectura y salía al huerto de atrás con una despedida queda. La casa cobraba tras su marcha cierta laxitud y levedad. 
La llegada del ruso varió algunos equilibrios. Al día siguiente de conocerlo, Araí quiso impresionar a Vladimir, apodado de esta manera por unanimidad, e hizo una comida especial: estofado de tofu. Le sirvió al ruso un gran plato con montera y una sonrisa. Raquel sabía que su cuñado detestaba la comida vegana. Por ello reprendió a Araí cuando se reunieron alrededor de la pila para fregar los platos. Toda la comida excepto las verduras del  huerto ecológico la pagaba su cuñado y por ello, en consideración, pidió a Araí que en el menú incluyera al menos un pedazo de carne. <<¡La carne da cáncer!>>, dijo Araí. Raquel dijo que para evitar el cáncer ya comían brócoli y que por ello resistía estoica el olor que desprendía la col por toda la casa. La pintora dijo que le resultaba francamente repugnante el olor a col y que lo del cáncer era genético. Dijo que en las tres semanas que estuvo retratando a la abogada rica en su finca del sur nunca faltó la carne en las comidas y que casi todos los días comían solomillo. <<So-lo-mi-llo>> dijo haciendo una pausa entre cada sílaba. La hija de la pintora, queriendo ayudar, empezó a dar ejemplos a Araí de comidas con carne: guisado de ternera, cazuela con cerdo, carrilleras en salsa, pollo al limón. Por sus estudios no tenía tiempo de cocinar pero sí grandes ideas, dijo la pintora orgullosa de su hija. Araí dijo que a partir de ahora comerían carne pero que no contasen con ella para cuidarlos en las sesiones de quimioterapia. 
El ruso resultó ser de poca ayuda para José “el Pérbola” pero un gran lector de su libro color cereza. No podaba árboles ni quitaba malas hierbas. Tampoco pintó las fachadas de los huertos. Por las mañanas tomaba el sol en la terraza de la buhardilla con el torso al descubierto. Después de comer se sentaba en el sofá que había al lado de la butaca verde y leía junto a José “el Pérbola” hasta las cinco en punto. Araí ahora preparaba dos copas generosas de herbero fresco aunque a Vladimir se la llenaba un poco más y se la ofrecía con una sonrisa más grande. 
Habían llegado a acostumbrarse a la presencia apacible y callada del ruso y tenerlo cerca les gustaba a todos. Semanas después, cuando volvían la vista atrás y se acordaban de Vladimir, todos coincidían en la paz que desprendía aquel hombre tranquilo. 
Fue una mañana, pasados exactamente 19 días desde su llegada al pueblo, cuando los habitantes de las tres casas de José “el Pérbola” advirtieron que Araí y el ruso no bajaban a desayunar.
<<Ni café —dijo José “el Pérbola” al encontrarse la mesa del comedor vacía—. En esta casa no hay ni café para desayunar>>.
No volvieron a saber de ellos. 
Javi les dijo que su vieja moto había desaparecido del garaje. El ruso se llevó el libro color cereza, el cuenco de loza basta y el macuto color azul fuerte con poca ropa. Araí se llevo la moto y el corazón del ruso. Dejó una nota sobre la almohada de su cama deshecha donde les aclaraba que para ella era de vital importancia deshacer aquella comunidad familiar en la que se la explotaba e infravaloraba. Y que su deseo, a partir de entonces, era rodearse de gente que la quisiera y que la hiciese sentirse única e irrepetible, como era el caso de Vladimir.
José “el Pérbola” pidió a Raquel que llamase a la señora Aparicio y se volvió a casa sin desayunar. Subió a la buhardilla y se acostó en el colchón del ruso en medio de la estancia vacía. No quiso comer ni tampoco cenar. Le parecía mentira que pudiese sentir tanto la marcha del ruso. Un hombre al que apenas conocía unos días, un extranjero con el que solo podía comunicarse por medio de gestos, un inmigrante que había llegado al pueblo huyendo de vete a saber qué. La gente hablaba siempre de los inmigrantes con desconfianza, que si venían a abusar de los servicios sociales, que si colapsaban la seguridad social. No había que mezclarse mucho con ellos porque solo buscaban aprovecharse. Le chocaba este cambio de perspectiva. Él se había sentido en paz con la compañía silenciosa del ruso. Le daba rabia haber confiado en que se quedaría con él para siempre.
A media tarde subió Raquel y le trasmitió literal lo que la señora Aparicio había dicho: que a veces el Karma se torcía sin motivos y que iría a verlo al día siguiente por la mañana para intentar enderezarlo. Al verlo tumbado en la cama Raquel le preguntó a su cuñado si necesitaba algo más, si se encontraba bien. <<No se puede vivir del aire –dijo en su habitual tono pacato– en esta vida no se puede vivir del aire>>.
A Raquel le sorprendió el desvalimiento que desprendía la mirada de su cuñado, y se extrañó echando de menos la displicencia con las que solía tratarlos a todos.  Raquel era una mujer pausada y reflexiva, prudente y apocada. Era tímida y hablaba en un tono bajo y dulce inclinándose siempre hacia delante al hablar. Tenía la tez oscura y se peinaba de medio lado su cabellera rala y castaña. Sus dos pasiones eran la agricultura ecológica y la cultura asiática. Había vivido en la India muchos años; También en Sudamérica, pero echaba de menso sus raíces y un día decidió volver. Contaba que nunca había tenido una relación estable hasta se casó con Javi y esto ocurrió apenas tres meses después de su vuelta al pueblo. Raquel pensaba que de la vida en pareja no emanaba ninguna tranquilidad, más bien cierta angustia y desazón. Si trataba de imaginarse desde afuera se visualizaba como una equilibrista de circo tratando de mantener pelotas en el aire. Todos giraban en torno suyo buscando el calor de su protección y ella, que había vivido soltera hasta los 48 asistía entre perpleja y aprensiva a su recién estrenado rol. Cuando Javi no podía dormir por la noches se acurrucaba a su lado buscando el hogar que solo hallaba en el hueco de su abrazo. Si Araí necesitaba ropa interior acudía a ella e iban al mercado de puestos ambulantes que todos los lunes se montaba en el barranquet. Cuando su cuñado caía enfermo de gripe era ella la que acudía al médico de cabecera para pedir que lo visitaran en casa. Una noche que la pintora había salido con sus amigas apareció la hija con la mano envuelta en una toalla llena de sangre, se había cortado tratando de prepararse una fritanga de patatas con huevo y bacon. La subió rápida a su coche y le puso su chaqueta sobre los hombros porque hacia una noche de frió asqueroso. En la sala de urgencias del hospital, sola, mientras una enfermera cosía con puntos el corte de la niña, miró a su alrededor y vio a otras madres acompañantes. Aquella noche Raquel se sintió parte de una estirpe de mujeres singular, omnipresentes como Dios a lo largo de la historia, mujeres a las que la sociedad modelaba desde pequeñas responsabilizándolas de que el mundo no dejase de funcionar abriéndose en dos mitades.
Entró Javi y le recordó que aquella tarde debían preparar las cajas del grupo de consumo. Miró por un instante a su cuñado. <<¿Qué haces acostado? —dijo— ¡Será posible por un ruso mudo! ¡Valor tendrás!>> 
Javi era un hombre del campo. Tenía la piel tostada por el sol. Era de carácter afable aunque poco dado a la conversación. Raquel era su segunda esposa. Su primer matrimonio duró 17 años. La mujer había muerto de un infarto mientras dormía. No tuvieron hijos. Al quedarse viudo se volvió hosco y se encerró en si mismo. Finalmente estuvo ingresado en un hospital para enfermedades mentales. Al recuperarse, su hermana, la señora Camino, le pidió que se instalara en la casa de al lado que tenían vacía y sin arrendar. Estuvo varios años trabajando en collas de recolectores temporeros. Todas las mañanas a las cinco y media de la mañana acudía al bar El tirador y pedía un barrejat. Cuando su nombre era pronunciado por uno de los capataces se subía a la furgoneta y recogía fruta de sol a sol. Se acostumbro a guardar silencio, las cosas dolían menos cuando no se pronunciaban en voz alta. Si alguien le preguntaba cómo estaba sonreía y decía: bien, bien. La misma tarde que Raquel regresó de Nicaragua, Javi se presentó en su casa y la invitó a cenar. Hablaron de los viejos tiempos, de sus años de primaria, de la época en que cazaban ranas y cangrejos en la acequia del molino. Y les gustó detenerse ahí. Borraron todo lo que les había sucedido entre medias y desde ese día se hicieron inseparables. A la semana Raquel se trasladó a la casa que pertenecía a sus cuñados y a los tres meses, para dar gusto a la hermana de Javi, la señora Camino, se casaron en el juzgado. Fue una boda civil muy bonita donde se recitaron versos de Ángel González. Había una instantánea en el mueble del salón de José “el Pérbola” donde se veía a la señora Camino en el atril del juzgado recitando emocionada. Le gustaba decir a todas sus visitas que era momento en que ella decía aquello de:

sin cansarme jamás del fuego idéntico
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada

Fue Raquel la que, con sus modales amables y su tono de voz melódico, le metió en la cabeza la idea del grupo de consumo. Teniendo tierras como tenían su hermana y su cuñado era una lástima que Javi trabajase de temporero. Dinero no habría igualmente pero al menos podrían cultivar de forma ecológica. Raquel le habló de sentir orgullo al final del día y paz al dormir por las noches. Javi estuvo de acuerdo. Probaron a comprar las tierras a sus cuñados pero la señora Camino se negó en rotundo. Esas tierras estaban baldías y su hermano podía disponer de ellas como si fueran propias. <<La tierra para el que la trabaja>> dijo sin consultar a su marido.

Al día siguiente de la marcha del ruso la señora Aparicio se presentó en casa de José “el Pérbola”. Abrió la puerta con la llave que la difunta Sra. Camino le había dado <<por si un día pasaba algo>> y subió hasta la buhardilla. Descorrió las cortinas de un golpe seco y dejó que la luz del día cegara a José “el Pérbola”.
Se sentó al borde de la cama. 
—Estas viejo —le dijo—. ¡Viejo y chocho! Si te viera tu difunta…
La señora Aparicio había sido la mejor amiga de la extinta señora Camino. En vida les gustaba considerarse mutuamente amigas-medio-hermanas. De niñas jugaban juntas a la goma o a la comba en el patio del colegio, de adultas al parchís y al bingo en el centro social. La pintora y su hija, al igual que el ruso, habían llegado al pueblo y a casa de José “el Pérbola” de manos de la señora Aparicio. 
Hacía ya varios años que la señora Aparicio había tenido el capricho de hacerse retratar. Quería un cuadro al óleo de sí misma <<para encima de la chimenea —decía entreabriendo las manos y mirando al vacío— del salón de Villa Paqui>>. Villa Paqui era la finca de más de doscientas hectáreas que heredó tras la muerte de su madre. La señora Aparicio eligió para <<su proyecto>> a una pintora que, según dijo, venía muy recomendada desde la capital. Retrataba a famosas de la copla y a maestros del toreo y se rumoreaba que había hecho un retrato a la mismísima reina. Decían de ella que sabía captar la esencia de las personas con sus pinceles. La pintora quedó prendada del pueblo y de sus gentes. Sobre todo de la señora Aparicio con la que mantuvo una relación amorosa durante unos meses. 
<<Todo es aquí…—decía la pintora buscando las palabras— tan… rural>>.
No era cierto que en los pueblos todas las cosas se supiesen. Había quien sabía guardarse su intimidad. La señora Aparicio se enamoró perdidamente de la pintora. En su casa, su marido y sus hijos, apenas notaron cambios en el día a día pero si en su aspecto. Mamuchi, como la llamaban cariñosamente su marido y sus 3 hijos, parecía estar cada día más radiante. Desde la llegada de la pintora, todas las mañanas, se veía a la señora Aparicio vestida con ropa deportiva ajustada dar varias vueltas al perímetro del pueblo. Y como quiera que la equis por aquellos lares era una letra de difícil pronunciación, cuando la veían pasar con pantalones cortísimos, dos coletas, gafas de sol y calcetines hasta debajo de la rodilla la gente del pueblo murmuraba: <<Tiene “anoresia”, tiene “anoresia”>>.
El marido de la señora Aparicio, el señor Carlos, pensaba que hacer tanto ejercicio era una perdida de tiempo absoluta además de un gasto de dinero tonto en ropa deportiva. Sin embargo, en cuanto supo que en el pueblo se murmuraba que su Mamuchi tenía “anoresia” montó en cólera y regaló a su mujer tres chándales de la marca deportiva más cara que encontró. La señora Aparicio agradeció a su marido el detalle tan bonito que había tenido con ella. Él siempre la animaba en todo lo que emprendía. Colgó los tres chándales en el armario con pompa y boato y allí permanecieron el resto de sus días pues a la señora Aparicio le gustaban los pantalones cortísimos y las mallas apretadas.
—Esta todo arreglado —dijo la señora Aparicio a José “el Pérbola”— Esta tarde mismo llega en tren otro Vladimir. He llamado a una agencia que conozco en la ciudad y esta todo arreglado. Cuando un ruso se fuga por amor es justo y pertinente que venga otro en su lugar.

A las cinco menos cuarto salieron andando hacia la estación del tren. José “el Pérbola” con su chaqueta de lana desgastada y la señora Aparicio con sus mallas apretadas. 
—Deberías tirar a la basura esa chaqueta, comprarte ropa nueva. Con la edad te vuelves tacaño —dijo la señora Aparicio. Ella en cambio iba a la ciudad una vez al mes y compraba aquello que necesitaba—. El mes que viene te vienes conmigo y renuevas ropero.
José “el Pérbola” dijo a la señora Aparicio que él tenía mucha ropa, tanta como bocas que alimentar y que ir con ella a la ciudad le parecía, además de soporífero, poner en riesgo su vida tontamente. Todos en el pueblo sabían que la señora Aparicio no se veía un pimiento y que no llevaba gafas graduadas por coquetería. 
—Me veo perfectamente —dijo la señora Aparicio achinando los ojos—. A la gente de este pueblo el único ejercicio que le gusta hacer es el de mover la lengua ¡Ahí llega el tren!
Una hilera de 5 vagones de color verde musgo se detuvo junto a ellos. Ambos miraban a un lado y a otro pero no se veía a nadie. Se abrió la puerta de uno de los vagones y en su interior vieron a una mujer gruesa de rasgos moldavos. Era pelirroja, de piel blanquísima y ojos del color del Mar Caribe. 
El ruso resultó ser una rusa, dato que Mamuchi acogió con afectada extrañeza. Dijo <<Uy qué fallo>>. José “el Pérbola” quedó sin palabras. Apenas acertó a decir muy bajo <<Chorlita y botarate>>. La rusa al verlos en el anden se lanzó hasta ellos sin utilizar los escalones. Su salto fue diestro y atlético. Decidieron bautizarla como Karenina.

Victoriya Ledovskih, conocida desde su llegada al pueblo como Karenina, traía consigo algo más que un macuto de color azul fuerte. Dos voluminosas maletas de plástico duro auguraban que había venido para quedarse. Al llegar a la casa fue presentada a todo el clan. Todos estuvieron de acuerdo en que era mucho menos sonriente que Vladimir. <<Y más gorda>> dijo la hija de la pintora. Raquel propuso que ayudara en las tareas de casa y que se ocupara de las comidas. Ella le enseñaría a cocinar. José “el Pérbola” y la señora Aparicio mostraron la buhardilla a Karenina. 
—Aquí tienes tu habitación, tu armario, tu cama. 
La señora Aparicio señalaba cada objeto y vocalizaba muy despacio con evidente intención didáctica. Entonces Karenina habló por primera vez desde su llegada al pueblo. Dijo:
—¿Hay cucarachas?
José “el Pérbola” rió sonoramente. Dijo:
—Sí que hay, sí. De metro sesenta y aficionadas a la ropa deportiva.
Victoriya Ledovskih vivió en la casa de José “el Pérbola” durante algo más de un año. Al principio a José le parecía que la rusa no tenía parangón con Vladimir. No era aficionada a la lectura y tampoco a los baños de sol en la terraza de la buhardilla. Por el contrario era hacendosa y ordenada y se pasaba las horas ocupándose de las tres casas. Iba a comprar, pasaba la aspiradora, vaciaba vitrinas y limpiaba pieza por pieza la vajilla de navidad. Estaba en constante movimiento de sol a sol. Le gustaba ser la primera que se levantaba en la casa. Iba hasta el horno con el saco de pan de ganchillo colgado del brazo cuando aún no era de día y sonreía orgullosa cuando el panadero le decía: <<Aquí esta la mujer más madrugadora del pueblo>>. Cocinaba muy bien. Raquel, la pintora, su hija, Javi, todos estaban encantados. José “el Pérbola” aprendió a hallar paz en el constante trasiego de Karenina. Se sentía acompañado y atendido. También ridículo y mezquino. José “el Pérbola”era, por así decirlo, feliz, con la compañía en movimiento de Karenina.
La estudiante escuálida y triste, hija del señor Fusset, apareció un día buscando a la hija de la pintora. Por accidente se equivocó de casa y fue a llamar a la de José “el Pérbola”. Este al verla dijo: <<¡En esta casa solo hay gérmenes y virus y nos gusta chupar los periódicos!>> Acto seguido le cerró la puerta en las narices. 
La estudiante y la hija de la pintora se hicieron grandes amigas. Ambas tenían el pelo largo y liso y no paraban de atusárselo y manoseárselo todo el tiempo. Vestían con grandes sudaderas y pantalones pitillo por encima de los tobillos. Les gustaba agujerearse las orejas la una a la otra con una aguja que desinfectaban quemándole la punta con un mechero. Lucían entre cinco y seis agujeros en cada oreja. En alguno de ellos usaban dilatadores que permitían mirar el mundo a través de ellos como si se tratase de una mirilla. José “el Pérbola” cada vez que se cruzaba con ellas mascullaba <<Trogloditas>>. Ellas al verlo resoplaban y levantaban la parte derecha del labio superior. 
Un día, después de la comida, mientras José “el Pérbola” leía en la butaca verde, la estudiante y la hija de la pintora les anunciaron su nuevo deseo: querían hacerse un “septum”. Karenina puso cara de interrogación, la pintora bostezó. Sólo Raquel se atrevió a preguntar. Una perforación del tabique nasal con un pendiente, dijo la estudiante escuálida y triste. José “el Pérbola”, que tamborileaba sus dedos en el brazo de la butaca, se levantó y dijo: ¡Como los bueyes! Cerró el libro y salió hacia los huertos dejando en toda la estancia ese aire lívido que quedaba tras su marcha. Karenina arqueó un segundo las cejas y siguió fregando. La pintora dijo: <<Cuanto antes pasen por esto… >> y se fue a dormir la siesta. Raquel siguió secando los platos. Pensó que las entendía. Querían crecer y distinguirse. Transgredir. Se sentían de vuelta de todo y despreciaban el conocimiento de sus mayores. Sin embargo en su altiva sabiduría adolescente se escondía toda la ingenuidad del mundo. Y este pensamiento la llenó de vértigo.
Faltaban pocos días para el inicio del verano. Javi y Raquel volvían de entregar unas cajas de verduras cuando encontraron a Karenina tumbada en el sofá enroscada de dolor. Raquel le toco la frente. Ardía. Un sudor frío le perlada el bigote y le mojaba las sienes. Tenía los ojos vidriosos. Karenina se cogía la tripa y repetía <<queso rojo, queso rojo>>. La llevaron de urgencias al ambulatorio y desde allí una ambulancia la llevó al hospital. Tuvieron que hacerle un lavado de estómago. Al parecer Karenina, siempre hacendosa, siempre sacrificada, se había comido la corteza de cera del queso para ahorrar. La médica, una mujer morena, de pelo rizado y voz profunda, le dijo a Raquel que era mejor que se quedase 24 horas en observación. 
La pobre Karenina siempre hacendosa, siempre sacrificada, no se movía de la cama. Sólo miraba por la ventana el negro de la noche con el ceño fruncido. Raquel dijo que se quedaría con ella a pasar la noche. Javi asintió y dijo que era verdaderamente extraordinario ver a Karenina quieta. Los dos la miraron. Raquel se sentó en la butaca que había junto a la cama y la observó unos segundos. Pensó que incluso inmóvil y con la mirada fija en el vació parecía translucirse al observarla un movimiento socavado, como si una fuerza invisible orlase su externa parálisis: Karenina estaba curándose.
Al día siguiente acudió José “el Pérbola” con un ramillete de crisantemos violetas. Mamuchi también fue a verla y le llevó bombones. José “el Pérbola” dijo a la señora Aparicio si no había encontrado nada más apropiado que llevar tras una intoxicación alimentaria. La señora Aparicio observó que con la edad Jose “el Pérbola” era la viva imagen de la alegría de la huerta. Llegaron la pintora y su hija. Desde que había terminado la relación amorosa entre la señora Aparicio y la pintora se trataban con educada y distante corrección. Se saludaron con dos besos y la señora Aparicio dijo que iría a hablar con la médica de voz profunda para ver si a lo largo del día darían el alta a Karenina. La pintora acaricio con suavidad la cabeza de Karenina. La hija la besó en la mejilla. Tenía que curarse urgentemente o en la casa morirían todos de hambre. Karenina sonrió pero aún estaba débil, de lo contrario hubiese corrido a prepararle a la hija de la pintora su plato favorito: lentejas con chorizo. 
Dieron el alta a Karenina con la recomendación de que hiciese reposo. Al día siguiente los habitantes de las tres casas de José “el Pérbola” se levantaron con olor a café. Había pan del día y mermelada casera. También nueces y zumo de naranja recién exprimido. Todos empezaron el día con un sentimiento de felicidad recuperada.
José “el Pérbola” se acordaba de aquella mañana en que la señora Aparicio había aparecido con Vladimir en su casa y le había dicho que el ruso solo necesitaba un plato en la mesa y una cama con una manta. Pensó que la vida era muy curiosa y a veces, también, muy hermosa. 
Llegó el verano y con él la diáspora.  
La hija de la pintora y la estudiante escuálida y triste, para celebrar el fin del bachiller, se fueron a recorrer Europa en el Interrail. Tenía edad para hacerlo, dinero no, pero José “el Pérbola” subvencionó el viaje a las trogloditas. Dijo: <<Con tal de perderlas de vista>>.
La pintora volvió a su ciudad natal dispuesta a reencontrarse con la cultura y el bullicio que tanto echaba de menos, retirada como estaba a una vida rural. 
La señora Aparicio se marchó con su familia dos meses a Ibiza. Pasaban el verano en el Carta de ajuste, un pequeño y desvencijado velero, herencia de la familia de la señora Aparicio. Repartían el tiempo entre nadar en inaccesibles calas y el casino. La señora Aparicio lucía un moreno color ciruela y gastaba cantidades ingentes en el casino.
Javi y Raquel se trasladaron a la caseta que tenían a varios kilómetros del pueblo, una construcción destinada en un principio para almacenar aperos de labranza que verano tras verano ganaba más habitabilidad. 
En el pueblo sólo quedaron la hacendosa Karenina y José “el Pérbola”.  La actividad de Karenina no menguó por el hecho de que las casas estuvieran vacías. Al contrario, se embarcó en grandes limpiezas a fondo de rincones y recovecos a los que no llegaba con el ajetreo rutinario. 
José “el Pérbola” se preparó para el verano. Sacó de la estantería las tres trilogías que tenía de Robertson Davies: Salterton, Deptford y Cornish y las apiló encima de la mesa del salón. Nueve libros como nueve soles. Y la soledad acompañada del ajetreo constante de Karenina. 
Tomó A merced de la tempestad entre sus manos. Una imperceptible sonrisa le iluminó el rostro cuando pronunció su requerimiento a Karenina. Dijo: “Herberet”.

Pasó el verano.
La primera en regresar fue la pintora y lo hizo con el semblante serio de quien se incorpora a un trabajo alienante para el que no ha nacido. Encontró al “Pérbola” de muy buen humor y a Karenina bastante más gruesa. Trajo salazones de su tierra pero como no especificó a Karenina la forma de prepararlos esta los pasó por la plancha vuelta y vuelta y hubo que tirarlos a la basura. 
La pintora reanudó su trabajo en el estudio junto al gran ventanal que vertía luz natural justo encima de sus lienzos. Pero nada era ya lo mismo. El pueblo, otrora tan… rural, se le antojaba una ciénaga olvidada del mundo. Durante el verano, en su cuidad natal, se había enamorado de una joven estudiante de Bellas Artes delgada y altísima, 30 años más joven que ella. La veían vagar como alma en pena por la casa, apenas probaba la comida y lo más inquietante: se había comprado unos zuecos de enfermera y ya no andaba descalza con las plantas de los pies negras. << ¡Se ha enamorado! >> le dijo la señora Aparicio a José “el Pérbola” cuando lo llamó por teléfono para anunciar su próxima llegada. La señora Aparicio desde Ibiza estaba al corriente de todo por una amiga común que la telefoneaba. << 22 años tiene. Con rastas de esas llenas de piojos. Flaca, fea y sin un duro. Cuidado, Pérbola, que se te viene encima otra boca que alimentar>>. 
José “el Pérbola” temía más los celos de la señora Aparicio que la posibilidad de una nueva inquilina. Nadie en el pueblo, excepto José, estaba al corriente de la relación fallida entre la pintora y la señora Aparicio. Tras la muerte de la señora Camino, José era su único confidente. De todas formas nada hacia indicar ese desenlace pues a la pintora se la veía triste y cabizbaja, ebria de dolor, no expectante e ilusionada. Después de comer se sentaba junto a José y miraba el móvil constantemente. Karenina le rellenaba dos y hasta tres veces la copa de herbero que ahora tomaba junto a José. Empezó a preocuparles cuando vieron que había dejado de mezclar colores y hacía unas birrias de cuadros con machurrones estampados directamente del bote. En el estudio había varias botellas vacías de DYC. Hablaba con la boca pastosa y lloraba a hurtadillas constantemente. 
<< Vaya perra que has cogido este verano>> Le dijo una tarde José. La pintora dijo que el mundo acababa dónde empezaba la soledad absoluta. Y que no le importaba nada ni nadie, ni su hija, ni su arte. Solo quería estar cerca de Marisol, pero lo suyo era imposible. ¡Eran 30 años de diferencia!
<< El corazón no sabe de relojes>> trató de animarla “el Pérbola”. <<Si esa es la única traba ya estas tardando>>. 
Las siguientes en llegar fueron las trogloditas. Venían delgadísimas, parecía que no habían invertido el dinero del viaje en comer. Seguían atusándose el pelo y moviéndolo de un lado a otro sin parar pero la larga melena de la estudiante escuálida y triste peligraba, había venido llena de piojos. La hija de la pintora no apreció ningún cambio en su madre preocupada como estaba en mirarse el propio ombligo, perforado tras el viaje con un piercing. Contaron que habían conocido a unos chicos belgas a los que habían invitado a las fiestas del pueblo. Sería el último oasis antes de empezar la universidad.
Encontraron a Karenina más gorda ellas también. No entendían como en verano se podía ganar peso, con el calor lo único que apetecía era el gazpacho de bote. Bebían litros y litros a todas horas. Decían que les gustaba porque el de bote no sabía realmente a tomate. 
Raquel y Javi apuraron hasta el último minuto en la caseta. Allí no usaban ropa y se paseaban como Adan y Eva en el paraíso antes de tomar postre. Tampoco tenían baño y hacían sus necesidades por los bancales. Como ducha utilizaban una regadera que llenaban de una balsa de regadío llena de musgo. Para cocinar utilizaban un pequeño hornillo de butano o la leña y la nevera era de gas porque en la caseta no había enganche de luz. Por las noches, después de cenar, encendían una única vela y miraban el cielo estrellado, oscuro y de opacidad insondable. Cuando agotaban la vela daban por terminada la velada y se iban a dormir. Se despertaban con los primeros rayos de sol y se demoraban unos minutos deleitándose con el fresco de la mañana y el trino escandaloso de los pájaros que vivían en el gran pino que había junto a la caseta.  
En el pueblo, apurar hasta el último minuto era apurar hasta el mismo día en que empezaban las fiestas. Pero nadie, ni el más pintado, faltaba la última semana de agosto.
La señora Aparicio desembarcó el mismo día que Raquel y Javi: el 22 de agosto.
A todos les horrorizó su moreno color ciruela pasa y su rubio platino aclarado por las aguas de Ibiza.
<<No me importa que se haya enamorado. Podría ser su hija. Para mí supuso un consuelo muy grande, pero ya eso pasó>>.
Llegaron los jóvenes belgas atraídos por la fiesta española y por las trogloditas de pelo ondulante. Eran 5 y viajaban en una furgoneta volkswagen de color blanco que solo tenía 3 asientos delanteros y un somier de lamas con colchón dejado caer de forma precaria y sin ninguna fijación en la parte trasera. Mientras unos se sentaban en la parte delantera, los otros  viajaban tumbados durmiendo o leyendo. Había una palabra que en neerlandés y en español sonaba igual y significaba lo mismo: Gratis. Los belgas lo aprendieron rápidamente, fue como si esa palabra los hubiese hermanado con España. Concurso de paellas: gratis. Conciertos nocturnos: gratis. Exposición de bonsáis con vino de honor: gratis. Los belgas estaban encantados. 
El asunto de dormir se solventó rápido, se quedaban en casa de la pintora porque a su madre, con tal de que no le molestaran en la siesta…
Su madre anunció que se marchaba fuera todas las fiestas. No estaba de humor, no podía aguantar la alegría y el bullicio de la gente. Dijo que la masa cuando es masa se aborrega y su simple cercanía embrutece al individuo. La hija la miró unos segundos como quien intenta captar algún significado de un idioma que desconoce y le pidió que antes de irse comprase mucho gazpacho de bote, con tantos como eran iban a necesitar un camión entero de botes de gazpacho.
La pintora contó a José “el Pérbola” que se iba para intentar comprender qué es lo que buscaba en la vida, cuál era el significado último de su existencia. La joven estudiante de Bellas Artes no contestaba correos, mensajes ni llamadas. Para ella solo había sido una excentricidad de verano, liarse con una abuela, probar una madurita. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de volver a verla, no iba tras ella. Solo sentía que había en su interior una fuerza centrípeta que la conducía hasta su ciudad natal, que la atraía sin remedio hasta sus raíces. Volvería cuando acabase el barullo generalizado del pueblo y dejase de haber por las calles maltrato animal. No comprendía como en el siglo XXI seguían existiendo “bous al carrer”.
<<Esto sólo se soporta —dijo José “el Pérbola”— si has nacido y crecido en este pueblo. Ya quisiera yo haber nacido en Suiza>>.
Cuando lo supo la señora Aparicio montó en cólera. Le dijo a José que si le daba confianzas a la pintora, si se hacían ahora confidentes, allí se le plantarían las dos, ella y “la rastas con sus piojos”, y no habría forma de sacarlas, dijo, ni con agua caliente. 
Por lo demás la señora Aparicio estaba ocupadísima en fiestas. Comida en la comparsa, desfile por la noche, invitación del alcalde al salón protocolario para celebrar el 25 aniversario de su “filà"… Las fiestas de su pueblo eran un no parar, a ella le encantaban. Su comparsa era la de los ricos del pueblo, un espacio donde año tras año la familia Aparicio lucía su poderío despilfarrando en festejos millares de euros.
Karenina no encanjó bien la llegada de los belgas. Tenían la casa llena de cajas de pizzas vacías, ceniceros rebosantes de colillas y ropa sucia esparcida por todas partes. Un absoluto caos. Se acostaban al alba y dormían durante el día por lo que ella no tenía tiempo de limpiar. La hija de la pintora había tomado prestada la habitación de la madre y dormía en ella con la estudiante escuálida y triste, hija del señor Fusset, y con un belga moreno, alto, de ojos oscuros y almendrados. 
<<Casa sucia. Cama tres. Dormir todo día.>> Decía Karenina a José con cara de pocos amigos. El Pérbola ponía los ojos en blanco, se encogía de hombros y decía: <<Trogloditas en fiestas… ya quisiera yo haber nacido en Suiza>>.
Raquel y Javi salían en las danzas tradicionales del pueblo bailando la Jota de los Contrabandistas. Todas las noches el grupo de danza ensayaba en casa de Raquel y Javi y se montaba bastante alboroto. Después del ensayo armaban varios tableros con caballetes y hacían lo que en el pueblo se llamaba “sopar de cabasset”. Cada uno traía su cena y algo para compartir por lo que la juerga se extendía hasta las tantas.
Karenina, acostumbrada como estaba a la soledad del verano y a tenerlo todo más limpio que una patena, estaba malhumorada y malcarada. Y pagaba su enfado con el que tenía más a mano: Jose “el Pérbola”, a sus ojos responsable de todo el desastre que ocurría en las tres casas.
– Tú dueño –decía empuñando su escoba con gesto amenazante– tú culpa. 
José se encogía de hombros. 
–¿Y yo qué quieres que le haga? Esto es España y la fiesta todo lo puede. Ya quisiera yo haber nacido en Suiza.
A Karenina se la observaba cada vez más triste y desanimada. Entre el gentío del pueblo alcoholizado contrastaba como una auténtica extranjera y su vitalidad y su fuerza menguaban a pasos agigantados. De un día para otro su cuerpo parecía ganar peso de forma alarmante: tenía la cara hinchada y redonda, y el gesto diferente, como si su constante vitalidad interior estuviese siendo absorbida por una rémora. 
El día del Cristo, fiesta patronal que ponía el colofón a una semana de festejo alcoholizado, Karenina anuncio que se marchaba. Lo hizo en ante la atenta mirada resacosa de toda la familia justo cuando servía los platos de la “cassola” un arroz típico del último día de fiestas.
Dijo: <<Yo marchar mi tierra>>, y golpeó secamente el plato con el cucharón de servir.
Raquel, Javi, José “el pérbola”, las trogloditas y los belgas se miraron unos a otros sin comprender. 
Puso delante el plato a José y comenzó a servir el siguiente.
Entonces dijo: <<Yo embarazada. Ir con mi madre>>.


En casa de José “el pérbola” nunca supieron quién era el padre del niño que esperaba Karenina y durante un tiempo dudaron de si era verdad aquello del embarazo o había sido una simple excusa para marcharse dejándolos atrás. Y aquella duda se respondió meses después, por Navidad, cuando el cartero llevó a casa de José “el pérbola” una carta de Karenina con una foto de ella con su hija en brazos. Tenía, como su madre, el pelo pelirrojo, la tez blanquísima y los ojos del color del Mar Caribe.

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