Una calurosa
tarde de julio de 1915 cayó sobre Carmen Cortés Martínez el monumental peso de
la responsabilidad personal. Esa que para todos debería ser cuestión de primera
necesidad, la de cuidarnos bien, dirigirnos hacia donde queremos ir y
protegernos de todo aquello que perjudique la institución que somos nosotros
mismos.
José
le había vuelto a levantar la mano y ya se lo había advertido la primera vez
que eso ocurrió: <<A mí esto no me lo vuelvas a hacer, por el amor de
Dios, que ni me lo merezco ni lo quiero. Así que si vuelve a pasar: ¡No lo
consentiré! ¡No lo consentiré!>>.
Pero él
no la tomó en serio. Y volvió a suceder. Sin embargo ella tampoco se permitió
vacilar y ese mismo día, esa misma noche, tan solo seis meses después de
contraer matrimonio, se dispuso decidida a hacer lo que hubiera que hacer para
cumplir su palabra… Y así abandonó su propio hogar y pidió amparo a su tía Juana.
Por supuesto que Carmen era bien
consciente de que este incidente podía considerarse corriente en muchas
familias. No obstante,
ella no estaba en absoluto dispuesta a tolerarlo. Quizás la determinación que
le alentaba procedía del hecho de que ella no estaba acostumbrada, no había
visto en su familia nada ni remotamente parecido, sino todo lo contrario; o fue el sentimiento de saberse una mujer
valiosa y capaz de seguir adelante. Era brillante en todo lo que se ponía
hacer, sabía coser, bordar, era limpia como los chorros del oro y con muy
buenos modales. Era esperantista y más leída que la mayoría y además contaba
–todo hay que decirlo—con una muy buena dote.
Así
que fuese cual fuese el motivo, Carmen se marchó decidida y su nueva vida
trascurriría ahora entre su nuevo hogar, el negocio de Juana y la Iglesia, casi
casi idénticamente a la de antes. Aun así, sin dudar de que solo el hecho de
marcharse ya era en sí una heroicidad para esos tiempos y sin querer
ensombrecer ese mérito ni deshincharme yo misma considerándolo fruto de la
inconsciencia, la insensatez y el azar, me da a mí que por aquel entonces no
sabría bien todas sus consecuencias.
Pese a
su infrecuente proceder, en el pueblo no todos se sorprendieron, ya que era
sabido que Carmen tenía un carácter de armas tomar. Pero pasado el tiempo los rumores
y comentarios aumentaron y su acto de rebeldía ya era vox populi, cosa que en absoluto agradó al otro implicado.
No se
sabe mucho de la versión del susodicho marido José Ruiz, alias el Rabico,
solamente que este, también muy católico, practicante y de buena familia,
resolvió hablar con el cura sobre las excentricidades de su mujer que ya estaban
agotando su paciencia.
Y
claro, con la Iglesia hemos topado. Se hizo la voluntad de Dios y del marido a
través del cura y Carmen accedió a regresar de nuevo al hogar conyugal
sintiéndose aliviada así como satisfecha.
En
términos mercantiles no fue una mala decisión para Carmen volver al matrimonio.
En tan solo unos meses estallaría la Primera Guerra Mundial y José, que era un
auténtico lince para los negocios, supo ver la oportunidad también ahí donde la
mayoría solo veía calamidad y miseria.
El
gran negocio vino de la mano de una sustancia tan residual y anodina como el tártaro
–costra cristalina que se forma en el fondo y paredes de la vasija donde
fermenta el mosto–, el cual se utilizaba para fabricar munición como
aglutinante de la pólvora, por lo que en aquel momento bélico era demandado
recurrentemente, en grandes cantidades, con urgencia y a muy buen precio por
los países del norte de Europa.
Dispuesto y resolutivo como era, José
contrató jornaleros que iban a picar el tártaro casa por casa, barril por
barril y se hizo comprador del tártaro de todos los vecinos del pueblo y
alrededores para luego negociar con los europeos, más ricos y acuciados por la urgencia,
a precios muy rentables.
A todas estas, ante tanto quehacer y
productividad, Carmen participaba del negocio tanto como José. Recibía
mercancías, daba instrucciones, hacía documentos de pago, acordaba envíos, pagaba
a los pequeños vendedores sus réditos e incluso negociaba precios. El resultado
fue que la guerra los dejó ricos, habiendo comprado muchas tierras y con las
baldosas sueltas de toda la casa llenitas de parné.
No cabe duda de que el matrimonio formaba un
gran equipo para los negocios y es sabido que este fue su gran momento, el
único en el que estuvieron realmente unidos. Sin embargo la guerra acabó y las
aguas volvieron a su cauce y con ellas las mismas desavenencias, producidas por
las mismas causas: que en el matrimonio no eran dos sino cuatro –ellos, la madre
viuda de José y la hermana– y que la madre quería dirigir el hogar conyugal a
través del hijo, sin dejar a Carmen hacer y deshacer en su propia casa, motivo
que hacía que esta se rebelara, discutieran fuerte y otra vez José tratara de
meterla en vereda a través de la agresión.
Fue entonces cuando Carmen definitivamente le
pidió que abandonara la preciosa y céntrica casa marital –que por cierto era
propiedad y herencia de Carmen–, y que José accedió a abandonar junto con su
familia muy a regañadientes.
Lo que
hoy podría parecer algo tan simple como “tú en tu casa, yo en la mía y Dios en
la de todos”, se llevó por delante años y años de litigios entre ellos. Los
pleitos durarían la friolera de más de 12 años, hasta que por fin la Segunda
República trajo la oportunidad de acogerse a la, hasta entonces desconocida, “Separación
de Cuerpos y Bienes”.
Hasta
que llegó ese gran día, ni que decir tiene que Carmen “pasó el mar a nado”, ya
que por su condición de mujer no tenía potestad para comprar, vender, disponer
de sus bienes –ni propios ni ganados en gananciales–, ni hacer absolutamente
nada sin el consentimiento del marido con el que se encontraba en plena
contienda.
Y
gracias a que aún hubo cierta benevolencia por parte de José, que accedió a
darle poderes, su vida pudo seguir adelante haciéndose cargo de sus haberes,
gestionando su patrimonio, contratando jornaleros, vendiendo las cosechas y, además,
todavía le quedaron fuerzas para cumplir el gran deseo que su separación había
frustrado: ser madre.
Y así
fue como mi abuela Pilar, una hermosa huerfanita de casi 5 añitos, se convirtió
en su hija. Una hija a la que, para celebrar su llegada al pueblo de Cheste la víspera
de San Juan, llevó a Valencia y le compró un vestido precioso, de la mejor
categoría, con sombrero y todo…, pero lo que es mucho más importante, una hija
a la que, a pesar de su adopción, de su primera infancia traumática y triste,
consiguió convertir en una mujer inteligente, cabal y sabedora de su dignidad
personal.

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