LA REBECA

Se reúnen para pasear los sábados y los domingos. Son tres: Lidón, Aurelia y Losar. Siempre con la rebeca, bien al brazo, echadita sobre los hombros o abrochada, con el aire de las montañas no se puede jugar. Por la acera van, carretera arriba carretera abajo se mueven sus piernas, el gesto justo, pocas risas, ningún cabello fuera de lugar, ondas de peluquería o acaso permanente, la mirada sin asombro, un poco de brillo en los labios y la tirantez en la espalda. Si el sol acompaña se acercan hasta la ermita de la patrona del pueblo. Allí un Ave María rapidito y a regresar sin demora cada una a su intento de hogar.

El bar casi prohibido para ellas, los cines cerraron, los talleres de autoestima aún no existen en esos tiempos, el compartir juntas esas horas de descanso sin preguntarse demasiado sobre la vida de cada una, ¿acaso había algo qué preguntar?, les conforta. Saben de las soledades del crudo invierno, cada una intuye las canas de las otras y los guisos solitarios con una sola emisora de radio que escuchar. Así cada sábado y cada domingo. Ir a la ciudad pocas veces, a ninguna la animaron a sacarse el carnet de conducir, no era fácil tomar la iniciativa.

Lidón, Aurelia y Losar cada mañana, con nieve o sin ella, acuden a la fábrica textil, sección doblar y empaquetar pantis, ocho horas de pie interrumpidas por una hora y media para comer, dobla panty, abre sobre, mete panty, cierra sobre.  Mientras los camiones bajan el producto por una carretera tortuosa para distribuirlo por todo el país a Lidón, a Aurelia y a Losar les van saliendo varices en las piernas y en los hombros el pesar.

El encargado de la sección está contento con ellas. En Navidad reciben el aguinaldo y el resto del año transcurre con la fiesta de alguna jubilación. Muy de vez en cuando  entra personal nuevo, sobre todo mujeres muy jóvenes, algunas se rinden a lo que parece comodidad, otras, en su casa no hay dinero para ir a la ciudad a estudiar. Esos días, no saben por qué, las piernas van más ligeras en el paseo y los hombros se estiran un poco más.

Lidón, Aurelia y Losar dejan pasar las estaciones, la primavera llega siempre tarde, amapolas en junio al borde del camino, en julio los mozos con las trilladoras ocupan la carretera y las balas de trigo anuncian el verano; en agosto, al atardecer, el sol besa las paredes de piedra que separan los campos y todo adquiere un tono dorado, ellas de pronto hablan de cómo debe ser Egipto. Las rebecas siempre en mano.

Días de vacaciones, una semana al pueblo de playa más cercano en el hotelito de siempre, luego regresar para limpiar a fondo toda la casa y prepararla para las fiestas patronales. En septiembre se queda el pueblo sin veraneantes y en octubre comienza el viento a aullar por la noche. Días cortos, sopas en soledad, trabajo rutinario, dobla panty, abre sobre, mete panty, cierra sobre. Hace calor y hay ruido de máquinas. Ascienden al encargado de categoría, llega el nuevo, las conoce a todas, el pueblo es pequeño.

Lidón,  Aurelia y Losar hacen alguna partida de cartas los fines de semana o si se acerca alguna festividad, pastelillos. Así aparece el invierno con mucha leña en casa, con mañanas de caminar sobre la nieve para ir a trabajar y con algún sabañón en el pie. Las rebecas se guardan, ahora abrigo y bien cerrado.

Losar mira un lunes al encargado y sueña con un día mandar, se siente pecaminosa y dobla panti, abre sobre, mete panti, cierra sobre. Y siguen los días y Navidad aparece y no saben muy bien cada una si poner belén o no, total para quién lo va a ver. Febrero y marzo son de oscuridad, aunque siempre hay una excepción, aquel 25 de marzo en que falleció el padre de Losar, parecía primavera de verdad. Miran el calendario, para sacar la rebeca aún falta mucho. Esperar.

Abril y mayo no son nada de fiar pero alarga el día, los paseos son un poco más placenteros, después una cena ligera, un programa de televisión, si es posible que haga sonreír, cerrar bien la puerta y a descansar para fichar al día siguiente. Dobla panti, abre sobre, mete panti, cierra sobre.

Al encargado lo cambian de sección, en su lugar ponen a una mujer, todas se miran extrañadas. Al salir, en corrillos, se rumorea que si ella esto y lo otro con uno de los jefes de la empresa. Envidias piensa Losar, envidias. Y en su mente aparece la imagen de los coches siempre brillantes en los que van ellos, los jefes. Todos hombres, añade su subconsciente. Humildad Losar, humildad.

En junio las rebecas salen del armario y bien abotonadas hacen su papel. Lidón, Aurelia y Losar con pantis todavía, una variz más y los hombros un poco más caídos llevan sus pasos hacia la ermita, comentan la novedad del tiempo, los preparativos de las fiestas patronales y qué se harán para cenar. De la nueva encargada nada hay que decir, hace su trabajo y no se mete con ninguna. Ellas no son de lengua larga. Se miran los zapatos, habrá que limpiarlos y cada una hacia la soledad de su hogar.

Y llega julio, el fresco según que tardes aún se nota, regresan de ver a la patrona del pueblo, el sol ya está cayendo, aceleran el paso, las rebecas hacen su papel

 — Llevas un botón desabrochado -le dice Lidón a Losar.
    Sí, se me ha roto el ojal -responde Losar.
— Pues ya estás cosiendo -añade Aurelia.

Al día siguiente Losar no acude a la fábrica. A la una, al salir para comer, Lidón y Aurelia van a su casa, está cerrada, tocan, nadie contesta. Consiguen una llave, abren  y allí la encuentran. Su figura flota en el aire, la mecedora al lado y encima el costurero. La rebeca la lleva puesta, una aguja enhebrada cuelga del ojal.

Nada que hacer.

Ahora Lidón y Aurelia caminan más cabizbajas. Cuando pasan por casa de Losar que sigue cerrada no dicen nada y piensan en el botón desabrochado.

La encargada se porta bien. Ellas,  dobla panti, abre sobre, mete panti, cierra sobre.

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