El vestido

Caminaba absorta en mis pensamientos, sin detenerme a pensar qué hacía. La inercia de los actos mecánicos juega esas malas pasadas. Me detuve ante la puerta sin llaves. Entendí que no era real, la imagen tenía grano, aunque resultaba difícil distinguirlo.
Di media vuelta y desanduve mis pasos. Las manos en los bolsillos, la cabeza cabizbaja, sin sonido a mi alrededor. Solo sonando el aleteo del pensamiento. Fue entonces cuando vi un traje maravilloso en un escaparate de una tienda del barrio del Carmen. Quiero decir que nada más verlo sentí una profunda emoción, digamos que fue un flechazo. Sí, lo confieso, me enamoré de aquel trozo de tela de forma inmediata. No sólo me atraía el color, era también el corte, desenfadado, como a mi me gusta. Contemplarlo me resultaba tan atrayente… el escote redondo, abierto en su justa medida, los tonos degradados verdes y amarillos que tanto me favorecen. En fin, que a primera vista prometía que iba a sentarme como una guante.
Estaba colgado de una percha prendida de un hilo de pescar que caía del techo. Las mangas también sujetas por hilos de pescar permanecían estiradas al igual que los picos de ambos lados de la falda. Por alguna extraña razón la imagen del conjunto del escaparate con el vestido en el centro colgando ingrávido me resultaba irresistiblemente hipnótica. 
Tras dudar unos segundos entré en la tienda y pedí aquel vestido al dependiente. Me dijo que solo les quedaba el del escaparate y que era talla única. Interpreté su mirada de escáner como una estratagema para no descolgarlo, en todas partes me cruzo con la holgazanería. Muy seria le dije que no me importaba llevarme el del escaparate. Hago ejercicio a diario y estoy en forma. Me gusta cuidarme y a simple vista parecía de mi talla.
No giré la etiqueta para ver el precio, en aquel momento me pareció una nimiedad. Solo sé que al tenerlo entre mis manos sentí una grata impresión de placer, la percepción de estar en el lugar y el momento correctos, una sensación clara de suerte consciente. Recuerdo que lo estuve manoseando un buen rato con deleite. Olía de maravilla y era tan suave, tan lacio, tan bello, que decidí probármelo. 
Resuelta entré al probador y me deshice de mi ropa con avidez. Descolgué el vestido de la percha y lo pasé alrededor de mi cabeza. Note su presión a la altura de la frente pero un leve tirón hizo que rebasara el primer escollo y bajase hasta mi cuello. Entonces metí el primer brazo y en ese momento algo inapresable me hizo pensar que aquello comenzaba a no ir del todo bien. Con incertidumbre introduje el segundo brazo y comprobé que no había suficiente tela en las mangas para rodear mi carne. Cómo apretaba, por favor.
Algo desilusionada intenté bajar la falda y comprobé que no había manera, la tela, cobrando vida propia, parecía querer detenerse entre las axilas y el pecho, demasiado voluminoso para dejar bajar el vestido hasta la cintura.
Aciago momento de ni para atrás ni para adelante. Empecé a sudar. El ambiente dentro del probador se volvía por segundos más y más irrespirable.
Mis ojos se alzaron del vestido anillado a mi torso y enfrentaron mi reflejo en el espejo. ¿Cómo era posible? Era de mi talla, lo hubiera jurado antes de intentar calzármelo. Mis ojos miraron el reflejo de mis ojos y me vi prometiéndome a mi misma jornadas de ejercicio y cremallera en boca. Si adelgazo un poco… Ya verás como sí, un mes a lechuga con pechuga y serás mío, le dije al vestido.  Así que con mucho ahínco, soy una persona constante y disciplinada y sobre todo tozuda, comencé a bajar la tela de aquel bello vestido hacia abajo. Me oprimía el pecho pero pensé, qué importa todo mejorará cuando adelgace un poco. Siguió ciñéndome a presión el tronco, después la cintura, y yo lejos de desanimarme no dejaba de intentarlo ¡Aquel era El Vestido, el más maravilloso del mundo! Unos kilitos de más no iban a apartarme de él.
Por fin el traje bajó hasta donde prestó la tela. Con esfuerzo levanté los brazos y vi que en ambas axilas se habían formado marcas de sudor dibujando en la tela dos círculos. Me avergonzaba un poco que el dependiente viese aquello, la verdad. Entonces entendí que no era solo la vista lo que iba a alarmar a al dependiente, la del probador de al lado se quejó airada: ¡Qué olor a sudor!
Tenía que salir urgentemente de allí. Doble mi ropa y la introduje en el bolso. Salí de aquel cubículo apestoso y me dirigí con la barbilla alzada hasta la caja.
—Me lo llevo puesto, no puedo resistirme ¿Me puedes cortar la etiqueta? Gracias.
El chico de la tienda dudo unos segundos pero terminó por cortar la etiqueta y cobrarme. ¿Serían así los corsés que se usaban antaño? Por Dios cómo apretaba aquello. No seas quejica, me dije. Deja de hacerte la blanda. Ya de bien pequeña mi prima me había enseñado el refrán, para presumir había que sufrir, y yo quería ser una mujer bella a la altura de la belleza de aquel vestido. Ya en la calle las costuras de ambos lados comenzaron a rozarme la piel con cada paso. Me sentía como un trozo de mortadela embutida en su envoltorio. En mi cabeza se hacia hueco toda la familia léxica de constreñir. Me gusta jugar con las palabras, me entretiene, así que para aligerar la incomodidad me vi repitiendo un soniquete que al distraerme me liberaba del dolor incómodo: Constreñir, apretar oprimir, estrujar. Constreñir, apretar, oprimir, estrujar. 
Definitivamente tenía que llegar rápida a casa y quitarme aquello hasta lograr adelgazar. No volvería a probar la cerveza. Mis labios a partir de aquel momento permanecerían sellados, mis papilas gustativas ya despedían con la mano al placer del sabor. 
Al llegar a casa, un  piso que comparto con amigas en el barrio del Cabañal, noté como todas me miraban desde un silencio incómodo.
—A ver, me esta un poco justo —dije tratando de justificarme— pero unas sesiones de andar por el río y todo cambiará para mejor.
—¿Estas segura? —se atrevió a decirme mi mejor amiga.
Todas me miraban. En sus ojos se leía a las claras la reprobación atemperada quizá por unas migajas de la conmiseración que hay siempre dentro de toda vergüenza ajena.
Atravesé la sala y con bastante dificultad me senté en el borde del sofá. Crucé una pierna sobre la otra y reuniendo ambas manos sobre la rodilla dije:
¿Os acordais de la Bombi?
De pronto estalló la risa general. 
Todas reían, y yo, como si cayera de un guindo, comencé a hacerlo con ellas.
Mis amigas me ayudaron a arrancarme aquel vestido maravilloso. Al levantarlo por encima de la cintura vimos que me había hecho rozaduras y que sangraba un poco en la cadera izquierda.
—Era tan bonito en el escaparate —les dije—. Os juro que parecía hecho para mí.
Entonces Isa, mi amiga de más tiempo, mi medio hermana, mi otro yo en esta tierra, me pasó la mano por la cabeza y me miró directamente a los ojos. Me dijo:

El vestido no tiene ningún defecto. Es maravilloso, la verdad, y entiendo que te hayas enamorado de él porque yo en tu lugar también lo habría hecho. Mira Ana, es sencillo y tienes que entenderlo. Es solo que… no es tu talla. Los vestidos son como el amor, Ana, no le des más vueltas, si aprietan y hacen daño, no son tu talla.


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