Una mosca se ha posado en mitad de la pantalla del ordenador.
Busco información por Internet sobre Finlandia, donde tengo pensado pasar los dos meses de verano.
La espanto con la mano y obstinada vuelve al mismo lugar. Una y otra vez.
Pienso que las moscas no sienten el dolor del rechazo y me dan ganas de explicarle que los humanos no funcionamos así. Que rechazar nos produce culpa y vergüenza mientras que ser rechazados supone en ocasiones una herida de la que es difícil reponerse.
Dicen que las parejas perpetuas están a salvo del dolor a exponerse y ser rechazado. Los emparejados son moscas que se posan siempre en los mismos lugares seguros e inanimados.
Sin embargo mi ex-pareja me rechazó cíclicamente durante los tres años que duró nuestra relación. Una y otra vez. Cuando pasaba el rechazo me sentía elegida y brotaba en mí una inesperada sensación de halago y gratitud.
Quizá así se sienta la mosca entre manotazo y manotazo. Quizá por eso su obstinación.
En busca de la luz interminable del Norte viajaré hasta el lago Jukajärvien. Continúo mi tecleo incesante, visito páginas turísticas, aprendo a decir buenos días en finés, miro las distancias en google maps.
De repente la mosca se va, vuela hacia otro lugar.

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