Justo antes de las seis de la tarde, George y Roberta, Angela y Eva
salían de la camioneta de George (cambió su coche por una camioneta cuando se
trasladó al campo) y cruzaron el patio delantero de Valerie, bajo la sombra de
dos apartados y espléndidos olmos que han sido costosamente conservados.
Valerie dice que aquellos árboles le han costado un viaje a Europa. La hierba
que tienen debajo se ha mantenido verde durante todo el verano y está rodeada
de dalias rojas. La casa es de ladrillo de un rojo apagado y alrededor de las
puertas y de las ventanas hay un contorno decorativo de ladrillos de un color
más claro, que originalmente eran blancos. Este estilo se encuentra a menudo en
Grey Country; quizá fuese especialidad de alguno de los primeros constructores.
George lleva las sillas plegables de linón que Valerie les pidió que
llevasen. Roberta lleva el postre, un helado de frambuesas hecho con las que
cogieron en su propia granja (en la granja de George) a principios del verano.
Lo ha rodeado de cubitos de hielo y lo ha envuelto en paños de cocina, pero
está deseando meterlo en el congelador. Angela y Eva llevan botellas de vino.
Angela y Eva son las hijas de Roberta. Roberta y su esposo han quedado en que
pasen los veranos con ella y con George, y el curso escolar en Halifax con él.
El marido de Roberta está en la Marina. Angela tiene diecisiete años; Eva doce.
Esas cuatro personas van vestidas de un modo que sugiere que van a cenas
distintas. George, que es un hombre robusto, moreno y de ancho tórax, con una
apariencia intimidante y profesional de confianza en sí mismo y de impaciencia
(antes era profesor), lleva una limpia camiseta y unos pantalones indefinidos.
Roberta lleva unos pantalones de algodón color tostado claro y una camiseta
suelta y sin mangas de seda cruda color marrón ladrillo (un color que le va muy
bien al oscuro color de su pelo y a su blanca piel cuando está en plena forma;
pero hoy no lo está). Cuando se arregló en el cuarto de baño, pensó que su piel
parecía un trozo de papel encerado que había sido arrugado hasta hacer una bola
apretada para luego volverlo a alisar. Estaba momentáneamente contenta con su
delgadez y tenía pensado ponerse un sedoso corpiño plateado sin mangas, una
broma sugestiva, pero en el último momento cambió de idea. Lleva gafas oscuras
y es porque le ha dado por tener ataques de llanto, nunca en los momentos
realmente malos, sino en medio; los ataques son tan espontáneos como los
estornudos.
En cuanto a Angela y a Eva, van teatralmente ataviadas con prendas
inventadas sacadas de una caja de cortinas viejas que han encontrado en el piso
de arriba de la casa de George. Angela lleva un tejido de damasco verde
esmeralda a rayas largas y descoloridas por el sol, envuelta de manera que deja
al desnudo un hombro dorado. Ha cortado hojas de parra del mismo damasco, las
ha pegado sobre cartulina y se las ha puesto en el pelo. Angela es alta y de
pelo rubio, y está desconcertada con su recientemente adquirida belleza. Se
toma muchas molestias para hacer ostentación de la misma, como ahora, y luego
se ruboriza, frunce el entrecejo y parece obstinadamente insultada cuando
alguien le dice que parece una diosa. Eva lleva unas cuantas cortinas de encaje
frágiles y amarillentas, envueltas, unidas y atadas con alfileres, cintas y
ramilletes de polemonios silvestres, ya caídos y desparramados. Una de las
cortinas está prendida alrededor de la frente y le cuelga por detrás, como un
velo nupcial de los años veinte. Se ha puesto unos pantalones cortos debajo,
por si alguien pudiera vislumbrar sus bragas a través del velo. Eva es
puritana, extravagante: una acróbata, una parodista, una optimista, una
alborotadora. Su rostro, bajo el velo prendido, está sensualmente pintado con
sombra verde, un pintalabios oscuro, colorete y rimmel. Los violentos colores
acentúan su aspecto infantil de atolondramiento y coraje.
Angela y Eva han viajado aquí en la parte trasera de la camioneta,
echadas sobre las sillas de linón. Sólo hay unos cinco kilómetros desde la casa
de George hasta la de Valerie, pero a Roberta no le parecía que fuese seguro
viajar así, quería que se bajasen y se sentaran en el suelo de la camioneta.
Para su sorpresa, George habló a su favor, diciendo que sería ignominioso para
ellas tener que acomodarse en el suelo con sus galas. Dijo que conduciría
despacio y que evitaría los baches, y así lo hizo. Roberta estaba algo
nerviosa, pero la tranquilizó el verle tan favorablemente dispuesto e
indulgente con las mismas cosas (teatralidad y exhibicionismo) que ella había
esperado que le molestasen. Ella misma había dejado de llevar faldas largas y
túnicas por lo que decía que le disgustaba ver a las mujeres arrastrándose por
ahí de esa guisa, lo que le indica, dice, no sólo la intención de una mujer de
no realizar un trabajo serio, sino también su persistente deseo de ser admirada
y cortejada. Este es un deseo con el que George no tiene paciencia y en el que
ha gastado energía, durante toda su vida adulta, para frustrarlo.
Roberta pensó que después de hablarles a las chicas de aquella forma tan
amable y de haberlas ayudado a subir a la camioneta, hablaría con ella cuando
entrase en la cabina, que incluso podría cogerle la mano, barriendo sus
crímenes ocultos, pero no sucedió. Encerrados juntos, conduciendo por las
carreteras de gravilla caliente y a un paso casi fúnebre, estaban inmovilizados
por un silencio devastador. Al filo del silencio, Roberta se siente encoger
como una hoja amarillenta. Sabe que ésa es una imagen histérica. También
histéricas son las ganas de gritar, de abrir la puerta y tirarse sobre la
grava. Debería esforzarse en no ser histérica, en no exagerar. Pero seguramente
es odio, ¿qué otra cosa puede ser?, lo que George está elaborando
ininterrumpidamente y vertiendo sobre ella, y seguramente es un gas mortífero. Intenta
romper el silencio, chasqueando ligeramente la lengua de preocupación mientras
aprieta los paños sobre el helado y luego suspirando, un ruidoso suspiro de
imitación que quería sonar a cansancio, contento y comodidad. Viajan entre
altas cosechas de maíz y ella piensa en lo feo que se ve el maíz, una cosecha
monótona, de hojas ásperas, un ejército ridículo. ¿Cuánto tiempo hace que dura
esto? Desde ayer por la mañana: lo notó en él antes de que se levantasen de la
cama. Salieron y se emborracharon la noche anterior para intentar mejorar las
cosas, pero el descanso no duró.
Antes de que salieran para casa de Valerie, Roberta estaba en el
dormitorio, ajustándose el corpiño, y George entró y le dijo:
—¿Eso es lo que te vas a poner?
—Eso es lo que pensaba, sí. ¿No se ve bien?
—Tienes los brazos fláccidos.
—¿Sí? Me pondré algo con mangas.
En la camioneta, ahora que ella sabe que él no va a hacer las paces, se
permite escucharle diciéndole aquello. Hay en su voz una cruel satisfacción. La
satisfacción de ventilar el asco. Le repugna el envejecimiento del cuerpo de
ella. Eso se podía haber previsto. Ella empieza a tararear algo, sintiendo la
ligereza, la libertad, la gran ventaja táctica de ser la persona a quien se le
ha hecho el agravio, el cortante desafío, la imperdonable cosa dicha. Pero
supongamos que a él no le parece que sea imperdonable, supongamos que a sus
ojos ella es la única imperdonable… Ella es siempre la culpable, los desastres
la sorprenden diariamente. Antes, en cuanto percibía algún deterioro buscaba
remediarlo tenazmente. Ahora los remedios traen más problemas. Se pone crema en
las arrugas frenéticamente, y su cara se llena de manchas, como la de una
adolescente. El régimen que hizo hasta que tuvo la cintura lo suficientemente
delgada como para agradar le produjo una apariencia demacrada en las mejillas y
el cuello. Los brazos fláccidos, ¿cómo se pueden ejercitar?, ¿qué hay que
hacer? Ahora hay que pagar, ¿y por qué? Por vanidad. Incluso a duras penas por
eso. Sólo por tener una vez uno de esos agradables aspectos, y dejar que hable
por ti, sólo por permitir que un arreglo de pelo y de hombros y de pecho tenga
su efecto. No se detiene una a tiempo, en vez de eso no sabe una qué hacer, se
queda una expuesta a la humillación. Eso piensa Roberta, sintiendo compasión de
sí misma, lo que ella sabe que es autocompasión, subiendo y arremolinándose en
su amarga bilis.
Tiene que irse, vivir sola, llevar mangas.
Valerie les llama desde una ventana con las persianas bajadas, bajo la
parra:
—Entrad, entrad. Me estoy poniendo las medias.
—¡No te pongas medias! —gritaron
George y Roberta a la vez. Por el sonido de sus voces hubiera parecido que
durante todo el camino de venida han estado ocupados en una conversación tierna
y animada.
—No te pongas las medias —protestaron Angela y Eva.
—Bueno, está bien. Si hay tanta predisposición contra las medias —dice
Valerie tras la ventana—. Ni siquiera me pondré vestido. Vendré tal como estoy.
—¡Eso no! —grita George, y se tambalea, levantando las sillas de linón a
la altura de su cara.
Pero Valerie, que aparece en el umbral, está maravillosamente vestida,
con un traje suelto color verde, oro y azul. Ella no tiene que preocuparse por
la opinión de George acerca de los vestidos largos. Ella está libre de culpa de
todos modos, porque nunca se podría decir que Valerie está buscando ser
cortejada ni admirada. Es una mujer alta, de poco pecho, cuya cara larga y
ordinaria parece resplandecer de agrado, de impaciente comprensión, de humor,
inteligencia y aprecio. Su cabello es grueso, canoso y rizado. Este verano se
lo cortó excesivamente, de modo que lo que le queda es un corte de pelo
masculino y rizado, que revela su cuello, lleno de nervaduras, las arrugas en
el inicio de las mejillas y sus largas y aplastadas orejas.
—Creo que parezco una cabra —dice—. Me gustan las cabras. Me gustan sus
ojos. ¿No sería maravilloso tener esas pupilas horizontales? ¡Grotesco!
Sus hijos le dicen que ya es lo bastante grotesca.
Aquí llegan ahora los hijos de Valerie, mientras George, Roberta, Angela
y Eva entran en el vestíbulo a la vez, Roberta diciendo que el hielo se le está
derritiendo y que debe meter su ambiciosa mixtura en el congelador. Primero
Ruth, que tiene veinticinco años, mide más de metro ochenta y se parece mucho a
su madre. Ya ha dejado de querer ser actriz y está aprendiendo a enseñar a
niños desequilibrados. Lleva los brazos llenos de varas de San José, zanahorias
silvestres y dalias, malas hierbas y flores todas mezcladas, las arroja al
suelo del vestíbulo con un gesto teatral y abraza el helado.
—¡Postre! —dice cariñosamente—. ¡Oh qué bien! ¡Angela, estás
increíblemente preciosa! Eva también. Sé quién es Eva. ¡Es la novia de
Lammermoor!
Angela admite, incluso le encanta, el elogioso manifiesto de Ruth,
porque Ruth es la persona a quien más admira del mundo; probablemente la única
persona a quien admira.
—¿La novia de quién? —pregunta Eva, feliz—. ¿La novia de quién?
David, el hijo de veintiún años de Valerie, estudiante de historia, está
en la puerta de la salita, sonriendo con tolerancia y afecto ante la
excitación. David es alto y delgado, de cabello y piel morenos, como su madre y
su hermana, pero él es pausado, habla despacio, nunca se precipita. En este
hogar de muchos controles y equilibrios delicados es digno de atención el que
las animadas y abiertas mujeres se sometan a la consideración de David, de un
modo ceremonioso, pareciendo solicitar el gesto de su protección, aunque la
misma protección es algo que no es probable que necesiten.
Cuando los saludos decaen, David dice:
—Esta es Kimberly —y presenta a cada uno de ellos a la mujer joven que
tiene bajo el brazo. Está muy bien proporcionada, es bonita y lleva una falda
blanca y una camisa rosa de manga corta. Lleva gafas y no va maquillada. Tiene
el pelo corto, liso y cuidado, de un agradable castaño claro. Estrecha las
manos de cada uno de ellos y les mira a todos a los ojos, a través de sus
gafas, y aunque sus maneras son absolutamente educadas, incluso sumisas, da una
ligera sensación de ser una persona oficial saludando a los miembros de una
delegación ingobernable y estrafalaria.
Valerie hace años que conoce a George y a Roberta. Los conocía mucho
antes de que ellos se conocieran. Ella y George formaban parte de la junta
directiva de la misma escuela secundaria de Toronto. George era jefe del
departamento de arte; Valerie era asesora de la escuela. Ella conocía a la
esposa de George, una mujer nerviosa y bien vestida, que se mató en un
accidente aéreo en Florida. George y su esposa ya estaban separados para
entonces. Y, desde luego, Valerie conocía a Roberta porque el marido de
Roberta, Andrew, es su primo. Nunca se preocuparon mucho el uno del otro, y
cada uno de ellos ha descrito al otro a Roberta como un palo. Andrew decía que
Valerie era un palo de aspecto estrafalario y completamente asexuada, y cuando
Roberta le dijo a Valerie que le dejaba, Valerie dijo:
—Oh, qué bien. Es tan palo…
A Roberta le gustó encontrar tal comprensión y no tener que buscar
razones aceptables; aparentemente Valerie pensaba que el que fuera un palo era
razón suficiente. Al mismo tiempo Roberta deseaba defender a su esposo y
preguntar cómo demonios Valerie podía presumir de saber si era un palo o no lo
era. No puede evitar desear defenderle, le parece que él tuvo muy mala suerte
al casarse con ella.
Cuando Roberta se trasladó y dejó Halifax se fue a vivir con Valerie en
Toronto. Allí conoció a George, y él la llevó a visitar su granja. Ahora
Valerie dice que ellos son creación suya, el resultado de sus actividades de
casamentera totalmente accidentales.
—Fue la primera vez que vi al amor hacer eclosión tan cerca —dice—. Era
como mirar un amarilis. Sorprendente.
Pero Roberta tiene la idea de que, por mucho que les quiera a los dos y
les desee bien, el amor es realmente algo de lo que Valerie podría pasarse sin
que se lo recordaran. En compañía de Valerie una se pregunta a veces de qué va
todo el jaleo. La misma Valerie se lo pregunta. Su vida y su presencia, más que
cualquier opinión de las que expresa, te recuerdan que el amor no es amable ni
honesto y que no contribuye a la felicidad de ninguna forma fiable. Cuando le
habló a Roberta de George (eso fue antes de que supiera que Roberta estaba
enamorada de él), Valerie dijo:
—Es un hombre realmente misterioso. Creo que es muy idealista, aunque no
le gustaría oírme decir eso. Esa granja que ha comprado. Esa vida
autosuficiente, aislada y productiva en el campo.
Siguió hablando de cómo él había sido criado en Timmins, hijo de un
zapatero húngaro, el menor de seis hermanos, el primero en terminar la escuela
secundaria, y por supuesto la universidad.
—Es la clase de persona que sabría qué hacer en una pelea callejera,
pero que no sabe nadar. Trajo a su anciano, gruñón y encorvado padre a Toronto
y le cuidó hasta que murió. Creo que deja a las mujeres con bastante dureza.
Roberta escuchó todo esto con gran interés y pasándolo básicamente por
alto, porque lo que otras personas sabían de George ya le parecía que no tenía
importancia. Estaba alarmada y encantada. Enamorarse no era algo con lo que
ella hubiese contado. Todo lo más que había esperado era una vida como la de
Valerie. Había ilustrado un par de libros de niños y pensó que podría tener más
encargos; podría alquilar una habitación en Beaches, en la zona este de
Toronto, pintar las paredes de blanco, sentarse en cojines en lugar de sillas y
aprender a ser autodisciplinada e indulgente consigo misma, como pensó que las
personas solitarias debían de serlo.
Valerie y Roberta atraviesan la casa llevando una botella de vino frío y
dos de las copas de agua de la abuela de Valerie. Roberta cree que la casa de
Valerie es exactamente en lo que la gente piensa cuando dice con anhelo «una
casa en el campo», o más especialmente, «una granja antigua de ladrillo». El
cálido ladrillo, rojo pálido, con el adorno de ladrillo claro, las parras y los
olmos, los suelos lijados, los tapices colgados y las paredes blancas, el
desportillado aguamanil en una cómoda maciza frente a un espejo empañado. Desde
luego, Valerie ha tenido quince años para hacer aquello. Ella y su esposo
compraron la casa para el verano, y luego, cuando él murió, ella vendió su casa
de la ciudad, se mudó a un piso y dedicó su dinero y su energía a esto. George
había comprado la casa y la tierra hacía dos años, habiéndole dado a conocer
esta parte del país Valerie, y hacía catorce meses que había dejado el trabajo
de sus clases y se había trasladado allí para siempre. Al poco de esa mudanza
llegó su primer encuentro con Roberta. El pasado diciembre se fue a vivir con
él. Ella pensó que les costaría aproximadamente un año arreglar la casa, y entonces
George podría volverse a poner a esculpir. Escultor es lo que realmente quiere
ser. Por eso es por lo que quería dejar de dar clases y vivir modestamente en
el campo, cultivar muchas verduras, tener pollos. Todavía no ha empezado con
los pollos.
Roberta tenía la intención de seguir ilustrando libros. ¿Por qué no lo
ha hecho? Ni tiempo, ni dónde trabajar (sin sitio, sin luz, sin mesa). Sin
momentos claros de autoridad, ahora que la vida ha puesto sobre ella esta nueva
clase de garra.
Lo que han hecho hasta ahora, lo que George ha hecho, mayormente,
mientras Roberta barre y cocina, es poner un nuevo tejado en la casa, instalar
ventanas de marcos de aluminio, echar saco tras saco de polvoriento aislamiento
de guijarros en el espacio de detrás de las paredes, fijar láminas amarillas de
fibra de vidrio de aspecto lanoso contra el tejado de la buhardilla, limpiar
todos los tubos de la chimenea, substituir parte de ellos y enladrillar de
nuevo parte de la chimenea, reponer los aleros podridos. Después de todas estas
reparaciones esenciales y laboriosas la casa sigue sin ser atractiva por fuera,
revestida con su ladrillo de imitación rojo oscuro, y con su porche hundido,
lleno de montones de leña nueva secándose, de madera vieja recuperada y de
láminas suplementarias de fibra de vidrio y desechos útiles. Y dentro está
oscuro y huele a rancio. Roberta quisiera levantar el linóleo y arrancar el
deprimente papel de la pared; pero todo debe hacerse en orden y George ha
establecido el orden; no sirve de nada levantar y arrancar hasta que la instalación
eléctrica y el aislamiento no hayan sido terminados y se haya reconstruido el armazón de la casa.
Últimamente ha estado diciendo que antes de comenzar por el interior de la casa
o de poner las tablas de forro en el exterior tiene que hacer un trabajo más
importante en el granero; si no apuntala y refuerza la estructura de las vigas
todo el edificio podría venirse abajo con las tormentas del próximo invierno.
Además de esto está el jardín: el manzano y el cerezo (que han sido
podados), los tallos de las frambuesas (que se han eliminado) el césped (que ha
sido replantado, recuperado de pedazos de hierba alta y silvestre y pedazos de
suelo pelado) y guijarros bajo la sombra de algunos pinos desiguales. Al
principio Roberta tenía una idea de toda la casa en la mente, de todas las
cosas que se habían hecho, de las que se estaban haciendo, y de las que todavía
quedaban por hacer. Ahora no piensa en el trabajo de ese modo, no tiene una
idea general del mismo, sino que se queda en la cocina y hace los trabajos
según aparecen. Encargarse de los productos de la huerta, hacer salsa de chile,
preparar tomates, pimientos, judías y maíz para congelarlos, hacer zumo de
tomate y mermelada de cerezas, le ha llevado un montón de tiempo. A veces mira
el congelador y se pregunta quién se comerá todo aquello, ¿George y quién más?
Puede sentir sus propios derechos encogiéndose.
La mesa está puesta en la larga galería cerrada en la parte de atrás de
la casa. Valerie y Roberta salen por una puerta al final de la misma, bajan
unos pequeños escalones y se dirigen hacia una pequeña zona de suelo y paredes
de ladrillo que Valerie ha hecho hacer este verano, pero a la que no le gusta
llamar patio. Dice que no se puede tener un patio en una granja. Aún no ha
decidido cómo le gustará llamarla. Tampoco ha decidido si poner pesadas sillas
de madera y de linón, cuyo aspecto le gusta, o cómodas y livianas sillas de
metal y de plástico, como aquellas que han llevado George y Roberta.
Echan el vino y levantan los vasos, los anchos y antiguos vasos de agua
en los que les encanta beber vino. Pueden oír a Ruth, a Eva y a Angela riendo
en el dormitorio de Ruth. Ruth ha dicho que tienen que ayudarla también a
disfrazarse, va a pensar en algo que las va a superar a todas. Y pueden
escuchar el sonido sibilante de la guadaña que ha traído George para cortar la
alta hierba y los lampazos de alrededor del pequeño establo de piedra de
Valerie.
—El establo sería un precioso estudio —dice Valerie—. Debería
alquilárselo a un artista. George, ¿a ti? Te la alquilaría por segar y por un
helado de frambuesas. Aunque George va a hacer un estudio en el granero, ¿no?
—Con el tiempo —dice Roberta.
Ahora todo el trabajo de George está en la fachada de la casa, en la
antigua sala de recibo. Algunas piezas terminadas y casi terminadas están allí,
cubiertas con sábanas polvorientas y también algunos bloques de madera (George
trabaja sólo en madera), un gran pedazo de roble desecado y trozos de nogal
ceniciento y de cerezo secados al horno. Su sierra de cortar, escoplos y
gubias, el aceite de linaza, la trementina, la cera de abejas y las resinas
están todas allí, con las tapas polvorientas y bien cerradas. Eva y Angela
daban vueltas alrededor y, puestas de puntillas sobre los escombros y la
maleza, miraban por la ventana delantera las cubiertas formas.
—Uf, se ven espantosas —le decía Eva a George—. ¿Qué son por debajo?
—Donuts de madera —decía George—. Escultura pop.
—¿De veras?
—Una patata y un bebé de dos cabezas.
La siguiente vez que fueron a mirar se encontraron con una sábana
clavada sobre la ventana. Era una sábana de color grisáceo, rota por la parte
superior. A cualquiera que pasara por allí le haría ver la casa todavía más
triste y abandonada.
—¿Sabéis que tenía cigarrillos? —dice Valerie—. Tengo medio cartón. Lo escondí en el
armario de mi habitación.
Ha enviado a David y a Kimberly a la ciudad, diciéndoles que no le
quedaban cigarrillos. Valerie no puede dejar de fumar, aunque toma pastillas de
vitaminas y tiene cuidado de no comer nada con colorante alimenticio rojo.
—No he podido pensar en nada más que decirles que me faltaba, y quería
que se marcharan un rato. Ahora no me atrevo a fumar o lo notarán cuando regresen y sabrán que he
mentido. Y necesito uno.
—Bebe, en lugar de fumar —dice Roberta. Cuando llegó allí pensó que no
podría hablar con nadie; iba a decir que le dolía la cabeza y a preguntar si
podía echarse. Pero Valerie la tranquiliza, como siempre. Valerie hace
interesante lo que no es soportable.
—Entonces, ¿cómo estás? —pregunta Valerie.
—Ohhh —dice Roberta.
—La vida sería maravillosa si no fuese por las personas —dice Valerie
malhumoradamente—. Eso suena a cita, pero creo que lo acabo de inventar. El
problema es que Kimberly es cristiana. Bueno, está bien. Podríamos utilizar a
una o dos cristianas. En cuanto a eso, yo no soy anticristiana. Pero ella es
una cristiana muy notable, ¿no crees? Estoy asombrada de lo miserable que me
hace sentir.
George está disfrutando de la siega. Por una cosa, le gusta trabajar sin
espectadores. Siempre que trabaja en casa esos días, es consciente de una
multitud de mujeres que le observan. Aunque no estén a la vista, nota como si
le estuvieran mirando, descansando, mirando sus trabajos con perplejidad y
distracción. Él admite, si lo piensa, que Roberta hace algún trabajo, aunque no
ha hecho nada para ganar dinero que él sepa; no se ha puesto en contacto con
los editores y no ha trabajado en ideas propias. Permite que sus hijas no hagan
nada en todo el día, en todo el verano. Ayer por la mañana se levantó
sintiéndose cansado y desanimado: se había ido a dormir pensando en el trabajo
que tenía que hacer en el granero y su preocupación había penetrado en sus
sueños, que estaban llenos de hundimientos, cálculos erróneos y falsedades
estructurales, y salió a la pérgola, con idea de tomarse allí los huevos y
pensar en los trabajos del día. Aquella superficie es la única que ha
construido hasta ahora, el único cambio que ha hecho en la casa. La hizo la
primavera pasada en respuesta a las quejas de Roberta acerca de la oscuridad de
la casa y de su mala ventilación. Él le dijo que la gente que construía esas
casas trabajaba tanto al sol que nunca pensaron en sentarse a tomarlo.
Salió entonces a la pérgola, llevando su plato y su jarra, y ya estaban
allí las tres. Angela iba vestida con unos leotardos color azul zafiro, hacía
ejercicios de ballet en la baranda de la pérgola. Eva estaba sentada con la
espalda contra la pared de la casa, sacando con la cuchara copos de salvado de
un bol de sopa; lo hacía con tal entusiasmo que muchos se derramaban sobre el suelo
de la pérgola. Roberta, en una hamaca, tenía la sempiterna jarra de café
agarrada entre las manos, una rodilla arriba y la espalda doblada, y con las
gafas de sol puestas, parecía tensa y afligida. Él sabe que llora detrás de
esas gafas. Le parece que ella ha dejado que sus hijas le saquen la vitalidad
del cuerpo. Se pasa el tiempo apaciguándolas, recogiendo detrás de ellas; tiene
que rogarles que se hagan la cama y limpien sus habitaciones; la ha oído
rogarles que recojan los platos sucios para poder lavarlos. O eso es lo que le
parece oír. ¿Es esta la forma de criar a los hijos de la clase media? Ahora
ella está admirando a Angela, admirando pacientemente a su propia hija, la
pierna desnuda, levantada y dorada, el perfil desdeñoso. Si cualquiera de sus hermanas
se hubiese atrevido a hacer una exhibición semejante, su madre les hubiera
zurrado.
Angela bajó la pierna y dijo:
—¡Saludos, amo!
—No te veo golpeándote la cabeza contra el suelo —dijo George.
Normalmente bromeaba con las chicas, no importaba cómo se sintiera. Tenía
costumbre de hacer bromas rudas, y había tenido mucho éxito en la clase, donde
había mantenido un carácter algo exagerado, en ocasiones cruel, y siempre
entretenido. Lo había hecho también con la mayoría de los demás profesores,
expresando su desprecio por ellos de un modo tan pintoresco que no podían creer
que realmente lo hiciera con intención.
A Eva le encantaba representar cualquier sugerencia de esa clase. Se
estiró cuan larga era sobre la pérgola y se dio fuerte con la cabeza contra las
tablas.
—Te vas a hacer un chichón —dijo Roberta.
—No. Sólo me voy a hacer una lobotomía.
—George, ¿te das cuenta que dentro de unos cuantos días nos habremos
ido? —dijo Angela—. ¿No se te parte el
corazón?
—En dos.
—¿Pero dejarás que mamá cuide de
Diana cuando nos hayamos ido? —dijo Eva levantándose y palpándose la cabeza en
busca de golpes. Diana era una gata extraviada que alimentaba en el granero.
—¿Qué quieres decir, con «dejarás»? —dijo Roberta, y George al mismo
tiempo dijo:
—Por supuesto que no. La ataré a las patas de la cama si alguna vez
intenta acercarse al granero.
Esta gata es un punto sensible. Si Angela considera la granja como un
escenario para sí, o a veces como la Naturaleza, una engendradora de
pensamientos y poemas, ante la que ella se rinde vagando y soñando, Eva la ve
como un lugar en el que cuidar animales, con un poco de la atención sobrante
para insectos, peces y babosas. Ambas la consideran, ciertamente, como un lugar
de vacaciones, puesto ante ellas para cualquier uso o disfrute que puedan
conseguir. Ninguna de ellas ve los trabajos que esperan ser hechos delante de
sus narices. Eva ha pasado el verano acechando marmotas y conejos, atrapando
ranas y dejándolas ir, cogiendo peces en un tarro, intentando imaginar cómo
podría albergarse a varios animales en el granero. George la hace responsable,
por la misma fuerza de su deseo, de atraer al ciervo fuera del bosque, de modo
que tuvo que dejar todo lo que estaba haciendo y construir una valla de alambre
de dos metros y medio alrededor del huerto. El único animal que ha conseguido
instalar en el establo es a Diana, delgada como un palo, fea y medio sal vaje,
cuyas mamas colgantes indican que mantiene a una familia de gatitos en alguna
parte. Eva se ha pasado gran parte del tiempo intentando descubrir el paradero
de estos gatitos.
George considera la gata como a una gorrona, una gran molestia potencial,
una invasora de su propiedad. Al alimentarla y animarla, Eva se ha lanzado a
una conducta de pequeñas, pero significativas falsedades, que Roberta ha
soportado sin reservas. Él sabe que sus sentimientos sobre esta cuestión son
exagerados, incluso cómicos; eso no le ayuda. Una de las cosas que no ha
querido ser nunca, y que ha evitado ser, es un papá cómico, un fulminador, un
chapucero. Pero es la conducta de Roberta la que le preocupa, más que la de
Eva. Aquí Roberta demuestra con toda claridad el error que ha cometido al criar
a sus hijas. Mentalmente puede oír a Roberta hablando a alguien en una fiesta:
—Eva ha adoptado a una gata terrible, a una vagabunda con un aspecto
realmente horrible: ésa es su hazaña del verano. Y Angela se pasa todo el día
haciendo «jetés» y enfurruñándose con nosotros.
Realmente no ha escuchado a Roberta decir eso (no han ido a fiestas),
pero se lo puede imaginar muy bien. Emplazaría a sus hijas para distracción de
otros, las convertiría en personajes de los que nada serio podría esperarse.
Eso a George le parece no sólo frívolo, sino también cruel. Roberta, que es tan
indulgente con sus hijas, que se preocupa constantemente de que puedan
encontrarla insuficientemente afectuosa, interesada, comprensiva, no obstante
las está desposeyendo. No las está tomando en serio, no las está educando. ¿Y
qué tiene que hacer George a la vista de todo esto? No son hijas suyas. Una de
las razones por las que no ha tenido hijos es que duda de si podría darles su
atención sin reservas y durante tanto tiempo como fuese necesario, para esta
cuestión de la educación. Como profesor, sabe cómo hacer mucho ruido y llevarles
la delantera, pero es agotador tener que hacer eso en el frente del hogar. Y
era principalmente a los chicos a quienes aprendió a vencer con sus
estrategias. Los chicos eran la amenaza en una clase. Las chicas nunca
molestaban mucho, fuera de alguna cuidadosa finta con las sexy. Eso no funciona
aquí.
Aparte de todo esto, a menudo no puede evitar que le gusten Angela y
Eva. Le parecen desorientadas y atractivas. Ellas le encuentran muy divertido,
lo que unas veces le irrita y otras le gusta. Su forma de comportarse con la
gente es, o muy reservada o muy divertida, y él cree que prefiere ser
reservado. No obstante, le gusta que la diversión se aprecie.
Pero cuando terminó de desayunar y cogió dos grandes cestos y se fue al
huerto a coger tomates, nadie se movió para ayudarle. Roberta siguió meditando
melancólicamente y bebiendo café. Angela había terminado sus ejercicios y
estaba escribiendo en el cuaderno que utiliza como diario. Eva se había ido al
establo. Angela está sentada al piano en el salón de Valerie. No hay piano en
la casa de George y lo echa en falta. ¿No lo echa en falta su madre? Su madre
se ha convertido en una persona que no pide nada.
«La he visto cambiar —ha escrito Angela en su diario— de ser una persona
muy respetada a ser una persona a punto de tener los nervios destrozados. Si
esto es amor, yo no quiero ni un poco. Él quiere esclavizarla a ella y a
nosotras y ella camina por la cuerda floja intentando evitar que se vuelva
loco. No disfruta de nada y si le dieras a escoger preferiría estar tumbada en
una habitación oscura con un pañuelo sobre los ojos y no ver a nadie ni hacer
nada. Esta es una mujer inteligente que creía en la libertad».
Empieza a tocar la «Marcha Turca», que le trae a la mente la imagen de
una casa que sus padres vendieron cuando ella tenía cinco años. Había una
pequeña estantería cerca del techo en el comedor, donde su madre había puesto
los platos de postre para decorar. Un árbol o un matorral del jardín tenía
hojas del color de la lechuga, grandes como platos.
Ha escrito en su diario:
«Sé que la nostalgia es una emoción inútil. A veces siento que me
gustaría romper algunas cosas de las que he escrito donde quizá he sido
demasiado dura al juzgar a ciertas personas o situaciones, pero he decidido
dejarlo todo porque quiero tener una relación de lo que realmente sentía en
aquel momento. Quiero tener un relato fiel de toda mi vida. Cómo evitar
mentirse es el mayor problema que veo en todas partes».
Durante el verano Angela ha pasado mucho tiempo leyendo. Ha leído Ana
Karenina, El segundo sexo, Emily of New Moon, La antología Norton de Poesía, La
autobiografía de W.B. Yeats, The Happy Hooker, The Act of Creation, Seven
Gothic Tales. Algunas de estas, para ser exactos, no las ha leído enteras. Su
madre también leía siempre. Angela llegaba a casa de la escuela a las doce, y
también por la tarde, y la encontraba leyendo. Su madre leía sobre la conquista
de Méjico, leyó The Tale of Genji. Angela se maravilla de lo segura que su
madre parecía entonces.
Angela tiene una imagen en su mente de Eva antes de que naciera. Los
tres, Angela, su madre y su padre, están en una playa. Su padre está cavando un
gran agujero en la arena. Su padre es un dotado constructor de castillos de
arena con calles y sistemas de irrigación, así que Angela contempla con interés
cualquier proyecto que emprenda. Pero el agujero no tiene nada que ver con un
castillo de arena. Cuando está terminado, su madre se echa, riendo, y coloca su
barriga en él. En su barriga está Eva, y el agujero es como una cuchara para un
huevo. La playa es extensa, kilómetros y kilómetros de blanca arena
inclinándose suavemente hacia el agua azul-verdosa. La orilla no es pedregosa y
no hay ni una pequeña caleta. Un lugar radiante y generoso. ¿Dónde pudo ser?
Pasa de la «Marcha turca» a hacer un intento con «Eine Kleine
Nachtmusik». Roberta, que escucha el piano al mismo tiempo que escucha a
Valerie hablando graciosamente y sin esperanzas sobre su temor hacia Kimberly,
de lo poco que le gustan los intrusos, de su inexcusable repugnancia a
renunciar a sus hijos, piensa. No, no era un error. ¿Qué quiere decir con eso?
Quiere decir que no fue un error dejar a su marido. Suceda lo que suceda, no
fue un error. Era necesario. De otro modo no lo hubiese sabido.
—Es un mal momento para ti —dice Valerie juiciosamente—. Estás
exactamente bajo una espectacular tensión.
—Eso es lo que yo me digo —dice Roberta—. Pero a veces pienso que no es
eso. No es por la casa, no es por las niñas. Es sólo que hay algo negro que se
está levantando.
—Oh, siempre hay algo negro —dice Valerie refunfuñando.
—Pienso en Andrew, ¿qué le estaba yo haciendo? Poniendo las cosas para
encontrar el fallo en él, quejándome, luego echándome atrás y haciendo las
paces. Gradualmente, la necesidad de librarme de él surgía de nuevo, pero yo
siempre estaba segura de que era culpa suya… si él hiciera esto o aquello yo
podría quererle. Tan horroroso para él que se convirtió en, ¿recuerdas lo que
dijiste que era? Un palo.
—Era un palo —dice Valerie—. Siempre lo fue. Tú no tienes la culpa de
todo.
—Pienso en ello, porque me
pregunto si eso es lo que George me está haciendo a mí. Quiere librarse de mí,
luego ya no, luego sí, luego no puede admitirlo, ni siquiera ante sí mismo;
tiene que montar fallos. Siento que sé por lo que Andrew pasó. No es que yo
fuese a volver a atrás. Nunca. Pero lo veo.
—Dudo que las cosas sucedan tan simétricamente.
—Yo tampoco lo creo así, realmente. No creo que reciba uno su castigo de
una forma tan sencilla. ¿No es divertido cómo se siente uno atraído, como yo me
siento atraída, ante la idea de una pauta como esa? Quiero decir que la idea es
atractiva, la de que haya un equilibrio. Pero no la experiencia. Me gustaría
evitarla.
—Te olvidas de lo feliz que eres cuando eres feliz.
—Y viceversa. Es como un parto.
George ha terminado de segar y está limpiando la hoja. Puede oír el
piano a través de las ventanas abiertas de la casa de Valerie, y del río suben
corrientes erráticas de aire agradable y frío. Se siente mucho mejor ahora, ya
sea por el simple ejercicio o por el alivio de no sentirse observado; quizá sea
bueno evadirse de las enormes exigencias de su propia casa. Se pregunta si es
Roberta la que toca. La música se adapta con precisión a lo que está haciendo:
primero la alegre y cotidiana «Marcha turca», para acompañar a la siega; ahora,
mientras está limpiando la hoja y oliendo la hierba cortada, las sutiles
alegrías, aunque ejecutadas con una ligera vacilación, de «Eine Kleine
Nachtmusik». Como siempre, cuando su humor mejora realmente, al romper el alba,
desea irse y encontrar a Roberta y rodearla, asegurarle, asegurarse a sí mismo,
que no se ha hecho ningún daño real. Esperaba haber sido capaz de hacerlo
anoche, cuando fueron a tomar unas copas, pero no pudo; algo sordo se lo
impedía.
Recuerda la primera visita de Roberta a su casa. Eso fue a finales de
agosto o a principios de septiembre, hace ahora casi un año. Montaron una
especie de indecoroso picnic, prepararon banquetes y pusieron discos, sacaron
un colchón al patio. Noches claras, en las que Roberta le indicaba las
inverosímiles formas en que las estrellas se unen en sus constelaciones, y cada
día como oro en paño. Roberta le dijo que debía conocer cuál era la situación:
ella tiene cuarenta y tres años, es seis años mayor que él. Ha dejado a su
marido porque todo entre ellos parecía artificial; pero no le gusta decir eso,
porque puede ser sólo hipocresía, ella no está segura de lo que quiere decir, y
por encima de todo, no sabe de lo que es capaz. A él le pareció valerosa,
sincera, sin vanidad. Cómo de eso podía surgir esa susceptibilidad, ese estado
lacrimoso, ese abatimiento, esa amenaza de postración, eso no puede
imaginárselo.
Pero vale la pena respetar la primera impresión, cree.
Eva y Ruth están decorando la
mesa de la cena en la terraza. Ruth lleva una camisa blanca y la parte de abajo
de un pijama a rayas que pertenecen a su hermano, y un monumental turbante
negro. Tiene el aspecto de un orgulloso sikh, pero de buen corazón.
—Creo que la mesa debiera ponerse esparcida —dice Ruth—. La sutileza
queda fuera, Eva.
A intervalos ponen dalias color naranja y oro, un molinillo de pimienta
muy bonito a rayas, calabacines, calabazas amarillas, maíz.
Al amparo de la música, Eva dice:
—Angela tiene más problemas que yo viviendo aquí. Cree que siempre que
se pelean es por ella.
—¿Se pelean? —pregunta Ruth suavemente. Luego dice—: No es asunto mío.
Ella estaba enamorada de George cuando tenía trece o catorce años. Era
al principio de que su madre hiciese amistad con él. Ella odiaba a su mujer, y
le encantó que se separasen. Recuerda que la esposa era hija de un ginecólogo,
y que esto era citado por su madre como la razón de que George y su esposa no
pudieran llevarse nunca bien. Probablemente era a la prosperidad de su padre a
lo que se refería su madre, o a la forma en que la hija había sido educada.
Pero a Ruth la palabra «ginecólogo» le parecía cortante y horrorosa, y veía a
la hija del ginecólogo vestida con una ropa de metal frío y dentado.
—Tienen peleas silenciosas, de veras. Angela es tan egoísta que cree que
todo da vueltas a su alrededor. Eso es lo que sucede cuando te conviertes en
una adolescente. Yo no quiero que me pase a mí.
Se produce una pausa en la música que toca Angela y Eva dice vivamente:
—¡Oh, no quiero irme! No me gusta tener que marcharme.
—¿Por qué?
—No quiero dejar a Diana. No sé lo que le sucederá. No sé si la volveré
a ver de nuevo. No creo que vuelva a ver otra vez al ciervo. Detesto tener que
dejar cosas.
Ahora que el piano está en silencio, a Eva se la puede oír fuera, donde
se sientan Valerie y Roberta. Roberta oye lo que Eva dice y aguarda, esperando
oírle decir algo sobre el próximo verano. Se prepara para oírlo.
En lugar de eso Eva dice:
—¿Sabes? Yo entiendo a George. A mí no me preocupa como a Angela. Yo sé
cómo hacer broma. Le comprendo.
Roberta y Valerie se miran y Roberta sonríe, sacude la cabeza y se
estremece. A veces ha tenido miedo de que George lastime a sus hijas, no
físicamente, sino por medio de algún cambio de posición, de alguna revelación
de antipatía que no podrían olvidar nunca. Le parece haberles dado
instrucciones, por ejemplo, que hay que adaptarse a él, respetar sus silencios
y responder a sus bromas.
¿Qué pasaría si él se volviera, dentro de este dispositivo de seguridad,
y les asestase un golpe memorable? Si sucediera, sería ella quien las habría
abandonado a ello. Y puede percibir un peligro. Por ejemplo, cuando George
estaba podando los manzanos oyó a Angela decir:
—Mi padre tiene ahora un manzano y un cerezo.
(Eso era información. ¿Se lo tomaría como una competición?).
—Supongo que tiene algunos subordinados que vienen y se los podan —dijo
George.
—Tiene cientos —dijo Angela jovialmente—. Enanos. Les hace llevar a
todos uniformes pequeños de la Marina.
Angela estaba en aquel momento en un terreno peligroso. Pero Roberta
cree ahora que el peligro real no es para Angela, quien encontraría una forma
de recibir bien el insulto, quien estaría dispuesta a obtener alguna ventaja.
(Roberta ha leído partes del diario). Es Eva quien, con sus afirmaciones de
comprensión, sus esperanzas de una total reconciliación, podría quedar
aplastada y sin recursos.
Mientras tomaban una sopa fría de manzana y berros Eva ha vuelto a su
estilo enfant terrible de causar efecto en la mesa.
—Anoche salieron y se emborracharon. Estaban beodos.
David dice que no ha escuchado
esa expresión hace mucho tiempo.
Valerie dice:
—¡Qué horrible para vosotras, pequeñas!
—Estuvimos pensando en llamar a Ayuda Infantil —dice Angela, quien
parece muy poco infantil a la luz de la vela (de hecho parece una reina), y
consciente de que David la está mirando, aunque con David es difícil decir si
la mira con aprobación o con reservas. Parece como si pudiera ser aprobación.
Kimberly ha asumido las reservas de él.
—¿Pasasteis un rato muy licencioso? —preguntó Valerie—. Roberta, no me
lo habías dicho. ¿Dónde fuisteis?
—Fue muy respetable —dice Roberta—. Fuimos al hotel Queen de Logan. Al
Salón, así es como lo llaman. El lugar elegante para tomar una copa.
—George no te llevaría a ninguna cervecería vieja —dice Ruth—. George es
un conservador de salón.
—Es cierto —dice Valerie—. George cree que a las señoras sólo hay que
llevarlas a los sitios bonitos.
—Y que a los niños hay que verlos pero no oírlos —dice Angela.
—Tampoco verlos —dice George.
—Lo que es confuso para todos, porque sale a escena como un rabioso
radical —dice Ruth.
—Esto es una invitación —dice George— al libre análisis. De hecho era
muy libertino y Roberta probablemente no se acuerda por estar tan beoda, como
dice Eva. Hechizó a un tipo que hacía trucos con palillos.
Roberta dice que era un juego en el que se hacía una palabra con
palillos, luego se quitaba un palillo o se cambiaba el orden de lo que allí
había y se hacía otra palabra, y así sucesivamente.
—Espero que no fuesen palabras sucias —dice Eva.
—Yo nunca hablé así cuando tenía su edad —dice Angela—. Yo fui la hija
anterior a la tolerancia.
—Y cuando nos cansamos del juego, o cuando él se cansó, porque yo me
cansé muy pronto, me enseñó fotografías de su mujer y suyas en un crucero por
el Mediterráneo. Anoche estaba con otra señora porque su esposa está muerta, y
si se olvidaba de dónde fueron tomadas estas fotos, esa mujer se lo recordaba.
Ella dijo que no creía que se recuperase nunca de ello.
—¿Del crucero o de su mujer? —pregunta Ruth, mientras George dice que
tuvo una conversación con una pareja de granjeros holandeses que querían llevarlo
a dar una vuelta en su avioneta.
—Creo que no fui —añade George.
—Te disuadí —dice Roberta, sin mirarle.
—«Disuadí» suena tan bien —dice Ruth—. Es tan suave. Me hace pensar en
seda.
Eva pregunta qué quiere decir.
—Persuadir a no hacerlo —dice Roberta—. Persuadí a George para que no
fuese a dar una vuelta en avioneta a la una de la mañana con los ricos
granjeros holandeses. En lugar de eso, fue para todos una aventura meter al
hombre del crucero por el Mediterráneo en su coche para que su amiga pudiera
llevarlo a casa.
Ruth y Kimberly se levantan para llevarse los boles de sopa y David va a
poner un disco de Dvorak, «La sinfonía del nuevo mundo». Es a petición de su
madre. David dice que es almibarado.
Están callados, esperando a que comience la música. Eva pregunta:
—De todos modos, ¿cómo os enamorasteis, chicos? ¿Fue una atracción
física?
Ruth le da suavemente en la cabeza con un bol.
—Deberías tener las mandíbulas atadas con alambre —dice—. No olvides que
estoy aprendiendo a tratar con niños desequilibrados.
—¿No te molestaba que mamá fuese mucho mayor?
—¿Ves a lo que me refiero acerca de ella? —dice Angela.
—¿Qué sabes tú del amor? —dice George pomposamente—. El amor sufre
mucho, y es amable. Similar a mí mismo a este respecto. Al amor no se le alaba…
—Creo que ésa es una clase determinada de amor —dice Kimberly, poniendo
la verdura—. Si estás citando.
Al amparo de una conversación sobre traducción y el significado de las
palabras (un tema del que George sabe poco, pero sobre el que pronto hace
afirmaciones arrolladoras y provocativas, fiel a sus técnicas de clase),
Roberta le dice a Valerie:
—La amiga del hombre dijo que lo estupendo era que su mujer había hecho
todo el crucero por el Mediterráneo con una bolsa para ano contra natura.
—¿Una qué?
—Una bolsa para ano contra natura. Yo también me quedé desconcertada, de
modo que ella dijo: «Es que su mujer sufrió una de esas operaciones y tenía que
llevar una de esas bolsas…».
—Oh, Dios mío.
—Tenía unos brazos grandes y gruesos y el pelo rubio platino. La mujer,
en las fotos. La amiga era algo parecido, pero más elegante. La mujer tenía una
mirada tan sensual y feliz. La mirada de estar pasándolo bien.
—Y con una bolsa para ano contra natura.
«Así que ves frente a qué personas tan singulares y de aspecto tan poco
prometedor el amor echa raíces y florece, y yo no llevo bolsa para ano contra
natura, sólo algunas arrugas, flaccidez, palidez y un sutil ajamiento. —Esto es
lo que Roberta se dice a sí misma—. Esto no es culpa mía», se dice, como ha
dicho tan a menudo anteriormente. Normalmente, cuando dice «esto» se refiere a
un quejido, a una súplica, a un gimoteo. Ahora lo repite como un hecho en su
mente, el tono en el que lo afirma es aburrido y cansado. Parece como si eso
pudiera ser la verdad.
Hacia los postres la conversación
ha pasado a la arquitectura. La única luz de la terraza la dan las velas sobre
la mesa. Ruth se ha llevado las velas grandes y ha puesto frente a cada lugar
una pequeña vela individual en un candelero de metal negro con mango, como la
vela del verso infantil. Valerie y Roberta lo dicen a la vez:
—Aquí llega una vela para iluminarte hasta la cama. Aquí llega un
carnicero para ¡cortarte la cabeza!
Ninguna de ellas le ha contado ese verso a sus hijos, y sus hijos no lo
habían escuchado nunca anteriormente.
—Yo lo he escuchado —dice Kimberly.
—El arco ojival, por ejemplo, era sólo un capricho —dice George—. Era
una moda arquitectónica, muy parecida a las modas de hoy en día.
—Bueno, no era sólo eso —dice David contemporizando—. Era más que una
moda. La gente que construyó las catedrales no era totalmente como nosotros.
—Eran muy distintos a nosotros —dice Kimberly.
—Estoy segura de que a mí me enseñaron, si es que me enseñaron realmente
en aquellas lejanas épocas —dice Valerie—, que el arco ojival era un desarrollo
del arco románico. De repente se les ocurrió llevarlo más lejos. Y tenía una
apariencia más religiosa.
—Un disparate —dice George
felizmente—. Perdona. Sé que eso es lo que decían, pero de hecho, el arco
ojival es el más primitivo. No es el arco más fácil, no es un desarrollo del
arco de medio punto en absoluto, ¿cómo podría serlo? Tenían arcos ojivales en
Egipto. El arco de medio punto, el arco de piedra angular es el arco más
sofisticado que se pueda construir. Todo ha sido presentado patas arriba para
favorecer a la Cristiandad.
—Bueno, quizá sea sofisticado, pero yo lo encuentro deprimente —dice
Ruth—. Creo que son muy deprimentes esos arcos de medio punto. Son monótonos,
simplemente siguen blas-bla-bla, no hacen que los espíritus se eleven
precisamente.
—Debe de haber expresado algo que la gente necesitaba profundamente
—dice Kimberly—. No se le puede llamar a eso un capricho. Construyeron esas
catedrales, lo hizo la gente, el proyecto no fue impuesto por ningún arquitecto.
—Una concepción errónea. Tenían arquitectos. En algunos casos incluso
sabemos quiénes eran.
—No obstante, creo que Kimberly tiene razón —dice Valerie—. En esas
catedrales se perciben muchas de las aspiraciones de aquella gente; se siente
la emoción cristiana en la arquitectura…
—No importa lo que sientas. El hecho es que los cruzados trajeron el
arco ojival del mundo árabe. Del mismo modo que trajeron el gusto por la comida
picante. El honrar a Jesús no fue más improvisado que yo por el inconsciente
colectivo. Era el estilo más avanzado. Los primeros ejemplos se pueden ver en
Italia; y luego se abrió paso hacia el norte.
Kimberly tiene el rostro enrojecido, pero sonríe tirante y benigna.
Valerie, por lo mucho que le disgusta Kimberly, siente la necesidad de decir
cualquier cosa para ir a su rescate. A Valerie no le importa parecer tonta; se
tiraría de cabeza a cualquier conversación para desviar su curso contencioso,
para hacer que la gente se ría y se calme. Ruth también tiene el don de
aligerar las cosas, aunque en su caso parece animar a hacerlo no de forma tan
deliberada, sino serena y casi accidentalmente, como resultado de seguir fielmente
su propia línea de pensamiento. ¿Y David? En este momento David está acaparado
por Angela y no presta tanta atención como debiera. Angela está poniendo a
prueba sus poderes; ella los probaría incluso con un primo que ha conocido
desde que era una niña. Kimberly está en peligro por dos lados, piensa Roberta.
Pero se las arreglará. Es lo suficientemente fuerte como para conservar a David
a través de cualquier número de Angelas, y lo suficientemente fuerte como para
conservar su sonrisa frente al ataque de George contra su fe. ¿Prevé su sonrisa
cómo arderá él? No es probable. Ella prevé, en lugar de eso, cómo todos ellos
tropezarán, deambularán y se harán un lío; ¿qué importa quién gane la
discusión? Para Kimberly ya se han ganado todas las discusiones.
Mientras piensa esto,
obligándoles a manifestar sus opiniones de este modo, Roberta se siente
competente, aliviada. La indiferencia la ha salvado. Lo principal es ser
indiferente a George, ésa es la gran bendición. Pero su indiferencia va más
allá de él; es generosa, alcanza a todo el mundo. Está lo suficientemente
bebida como para tener ganas de comunicar algunos hallazgos.
—La renuncia sexual no es suficiente —podría decirle a Valerie. Está lo
suficientemente sobria como para callarse.
Valerie ha conseguido que George hable de Italia. Ruth, David, Kimberly
y Angela han empezado a hablar de otra cosa. Roberta oye la voz de Angela
hablar con impaciencia y autoridad, y con una vehemencia, con una timidez que
sólo ella puede detectar.
—La lluvia ácida… —está diciendo Angela.
Eva sacude con un dedo el brazo de Roberta.
—¿Qué estás pensando? —le dice.
—No lo sé.
—No puedes no saberlo. ¿En qué estás pensando?
—En la vida.
—¿En qué de la vida?
—En las personas.
—¿Qué piensas de las personas?
—En el postre.
Eva le da más fuerte, riendo.
—¿Qué estás pensando del postre?
—Pensaba que estaba bien.
Un poco más tarde Valerie tiene
la ocasión de decir que no nació en el siglo XIX, a pesar de lo que David pueda
pensar. David dice que todas las personas nacidas en este país antes de la
Segunda Guerra Mundial han sido en realidad educadas en el siglo XIX, y que su
forma de pensar es arcaica.
—Somos algo más que el producto de nuestra educación —dice Valerie—,
como tú mismo debes esperar, David.
Dice que ha estado escuchando toda esa charla sobre exceso de población,
desastre ecológico, desastre nuclear, este desastre y el otro, la destrucción
de la capa de ozono… se ha estado hablando una y otra vez, durante años, de
desastre, pero allí están sentados, sanos, relativamente cuerdos, con una
maravillosa cena y un maravilloso vino en su interior, en el maravilloso e
intacto campo.
—Los incas comiendo en platos de oro mientras Pizarro estaba
desembarcando en la costa —dice David.
—No hables como si no hubiera solución —dice Kimberly.
—Creo que quizá ya estemos destruidos —dice Ruth como en sueños—. Creo
que quizá seamos anacronismos. No, eso no es lo que quiero decir. Quiero decir
reliquias. De algún modo ya lo somos. Reliquias.
Eva levanta la cabeza de entre sus brazos cruzados sobre la mesa. Su
velo le cae sobre un ojo, el maquillaje se le ha corrido más allá de sus
límites, de modo que toda su cara es una flor remendada. Dice en voz alta y
decidida:
—Yo no soy una reliquia.
Y todos
se ríen.
—¡Claro que no! —dice Valerie, y luego comienzan los bostezos, el
retirar las sillas, las sonrisas bastante tímidas y formales, el apagar las
velas: la hora de volver a casa.
—¡Oled el río ahora! —les dice Valerie. Su voz suena afligida y tierna,
en la oscuridad.
—Una luna casi llena.
Era Roberta quien le decía a George la luna tan llena que había, y de
este modo el que él diga eso es siempre un ofrecimiento. Es un ofrecimiento
ahora, mientras viajan por entre los oscuros campos de maíz.
—Así es.
Roberta no rechaza el ofrecimiento con silencio, pero tampoco lo acoge
con satisfacción. Es educada. Bosteza, y hay un sonido privado en su bostezo.
Esto no es una táctica, aunque ella sabe que la indiferencia es atractiva. Es
lo real. Él puede notar una imitación, siempre puede resistir las tácticas.
Tiene que recorrer el camino hasta el final, hasta donde no le importe.
Entonces él nota lo etérea y lo distante que ella está y su amor se reaviva.
Ella tiene el poder. Pero en el momento en que comience a valorarlo, éste
empezará a dejarla. Así piensa ella mientras bosteza y vacila en el filo entre
preocuparse y no preocuparse. Se quedaría en este filo si pudiera.
La camioneta de media tonelada que lleva a George y a Roberta, con Eva y
Angela detrás, baja por la tercera carretera, concesión de Weymouth Township,
conocida localmente como la carretera del teléfono. Es una carretera de grava,
bastante ancha y con mucho tráfico. Se metieron en ella desde la carretera del
río, una carretera mucho más estrecha, que llega hasta más allá de la casa de
Valerie. Desde la esquina de la carretera del río hasta la puerta de George hay
una distancia de unos tres kilómetros y medio. Dos carreteras laterales cortan
este tramo de la carretera del teléfono en ángulos rectos. Estas dos carreteras
tienen señales de Stop. La carretera del teléfono es una carretera
preferencial. Han pasado ya el primer cruce. Por el segundo cruce, desde el
oeste, un Dodge de 1969 color verde oscuro va a una velocidad de entre ciento
treinta y ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Dos hombres jóvenes
vuelven de una fiesta a su casa en Logan. Uno ha perdido el conocimiento. El
otro conduce. No se ha acordado de poner las luces. Ve la carretera por la luz
de la luna.
No hay tiempo de decir una palabra. Roberta no grita. George no toca el
freno. El enorme coche cruza como un relámpago por delante suyo, un destello
enorme, oscuro, sin luces, y aparentemente sin sonido. Sale del oscuro maíz y
llena el aire exactamente delante de ellos de la forma en que un enorme pez
plano se deslizaría de repente ante los ojos en un acuario. No parece estar más
allá de un metro por delante de sus faros. Luego se va, ha desaparecido entre
el maíz al otro lado de la carretera. Siguen adelante. Siguen por la carretera
del teléfono, giran por el camino, se detienen y se quedan sentados en la
camioneta en el patio frente a la oscura sombra de la casa medio reformada. Lo
que sienten no es terror ni agradecimiento, todavía no. Lo que sienten es
perplejidad. Se sienten tan perplejos, tan aplanados y tan flotando, tan
desconectados con los sucesos precedentes y futuros como el coche fantasma, el
pez negro, lo estaba. Las toscas ramas de los pinos se mueven por encima, y
bajo esas ramas la luz de la luna desciende claramente sobre la vacilante
hierba de su nuevo césped.
—¿Estáis muertos, chicos? —dice Eva, sacándoles de su ensimismamiento—.
¿No hemos llegado a casa?
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