Inquebrantable





Una calurosa tarde de julio de 1915 cayó sobre Carmen Cortés Martínez el monumental peso de la responsabilidad personal. Esa que para todos debería ser cuestión de primera necesidad, la de cuidarnos bien, dirigirnos hacia donde queremos ir y protegernos de todo aquello que perjudique la institución que somos nosotros mismos.

José le había vuelto a levantar la mano y ya se lo había advertido la primera vez que eso ocurrió: <<A mí esto no me lo vuelvas a hacer, por el amor de Dios, que ni me lo merezco ni lo quiero. Así que si vuelve a pasar: ¡No lo consentiré! ¡No lo consentiré!>>.
Pero él no la tomó en serio. Y volvió a suceder. Sin embargo ella tampoco se permitió vacilar y ese mismo día, esa misma noche, tan solo seis meses después de contraer matrimonio, se dispuso decidida a hacer lo que hubiera que hacer para cumplir su palabra… Y así abandonó su propio hogar y pidió amparo a su tía Juana.

Por supuesto que Carmen era bien consciente de que este incidente podía considerarse corriente en muchas familias. No obstante, ella no estaba en absoluto dispuesta a tolerarlo. Quizás la determinación que le alentaba procedía del hecho de que ella no estaba acostumbrada, no había visto en su familia nada ni remotamente parecido, sino todo lo contrario; o fue el sentimiento de saberse una mujer valiosa y capaz de seguir adelante. Era brillante en todo lo que se ponía hacer, sabía coser, bordar, era limpia como los chorros del oro y con muy buenos modales. Era esperantista y más leída que la mayoría y además contaba –todo hay que decirlo—con una muy buena dote.

Así que fuese cual fuese el motivo, Carmen se marchó decidida y su nueva vida trascurriría ahora entre su nuevo hogar, el negocio de Juana y la Iglesia, casi casi idénticamente a la de antes. Aun así, sin dudar de que solo el hecho de marcharse ya era en sí una heroicidad para esos tiempos y sin querer ensombrecer ese mérito ni deshincharme yo misma considerándolo fruto de la inconsciencia, la insensatez y el azar, me da a mí que por aquel entonces no sabría bien todas sus consecuencias.

Pese a su infrecuente proceder, en el pueblo no todos se sorprendieron, ya que era sabido que Carmen tenía un carácter de armas tomar. Pero pasado el tiempo los rumores y comentarios aumentaron y su acto de rebeldía ya era vox populi, cosa que en absoluto agradó al otro implicado.
No se sabe mucho de la versión del susodicho marido José Ruiz, alias el Rabico, solamente que este, también muy católico, practicante y de buena familia, resolvió hablar con el cura sobre las excentricidades de su mujer que ya estaban agotando su paciencia.
Y claro, con la Iglesia hemos topado. Se hizo la voluntad de Dios y del marido a través del cura y Carmen accedió a regresar de nuevo al hogar conyugal sintiéndose aliviada así como satisfecha.

En términos mercantiles no fue una mala decisión para Carmen volver al matrimonio. En tan solo unos meses estallaría la Primera Guerra Mundial y José, que era un auténtico lince para los negocios, supo ver la oportunidad también ahí donde la mayoría solo veía calamidad y miseria.
El gran negocio vino de la mano de una sustancia tan residual y anodina como el tártaro –costra cristalina que se forma en el fondo y paredes de la vasija donde fermenta el mosto–, el cual se utilizaba para fabricar munición como aglutinante de la pólvora, por lo que en aquel momento bélico era demandado recurrentemente, en grandes cantidades, con urgencia y a muy buen precio por los países del norte de Europa.
Dispuesto y resolutivo como era, José contrató jornaleros que iban a picar el tártaro casa por casa, barril por barril y se hizo comprador del tártaro de todos los vecinos del pueblo y alrededores para luego negociar con los europeos, más ricos y acuciados por la urgencia, a precios muy rentables.
A todas estas, ante tanto quehacer y productividad, Carmen participaba del negocio tanto como José. Recibía mercancías, daba instrucciones, hacía documentos de pago, acordaba envíos, pagaba a los pequeños vendedores sus réditos e incluso negociaba precios. El resultado fue que la guerra los dejó ricos, habiendo comprado muchas tierras y con las baldosas sueltas de toda la casa llenitas de parné.

No cabe duda de que el matrimonio formaba un gran equipo para los negocios y es sabido que este fue su gran momento, el único en el que estuvieron realmente unidos. Sin embargo la guerra acabó y las aguas volvieron a su cauce y con ellas las mismas desavenencias, producidas por las mismas causas: que en el matrimonio no eran dos sino cuatro –ellos, la madre viuda de José y la hermana– y que la madre quería dirigir el hogar conyugal a través del hijo, sin dejar a Carmen hacer y deshacer en su propia casa, motivo que hacía que esta se rebelara, discutieran fuerte y otra vez José tratara de meterla en vereda a través de la agresión.
Fue entonces cuando Carmen definitivamente le pidió que abandonara la preciosa y céntrica casa marital –que por cierto era propiedad y herencia de Carmen–, y que José accedió a abandonar junto con su familia muy a regañadientes.

Lo que hoy podría parecer algo tan simple como “tú en tu casa, yo en la mía y Dios en la de todos”, se llevó por delante años y años de litigios entre ellos. Los pleitos durarían la friolera de más de 12 años, hasta que por fin la Segunda República trajo la oportunidad de acogerse a la, hasta entonces desconocida, “Separación de Cuerpos y Bienes”.
Hasta que llegó ese gran día, ni que decir tiene que Carmen “pasó el mar a nado”, ya que por su condición de mujer no tenía potestad para comprar, vender, disponer de sus bienes –ni propios ni ganados en gananciales–, ni hacer absolutamente nada sin el consentimiento del marido con el que se encontraba en plena contienda.
Y gracias a que aún hubo cierta benevolencia por parte de José, que accedió a darle poderes, su vida pudo seguir adelante haciéndose cargo de sus haberes, gestionando su patrimonio, contratando jornaleros, vendiendo las cosechas y, además, todavía le quedaron fuerzas para cumplir el gran deseo que su separación había frustrado: ser madre.

Y así fue como mi abuela Pilar, una hermosa huerfanita de casi 5 añitos, se convirtió en su hija. Una hija a la que, para celebrar su llegada al pueblo de Cheste la víspera de San Juan, llevó a Valencia y le compró un vestido precioso, de la mejor categoría, con sombrero y todo…, pero lo que es mucho más importante, una hija a la que, a pesar de su adopción, de su primera infancia traumática y triste, consiguió convertir en una mujer inteligente, cabal y sabedora de su dignidad personal.

 Sé que no hay ni gota de la sangre de Carmen en mi sangre, pero es como si la hubiera, porque su ejemplo de mujer valiente ha llegado a mí y a todas las mujeres de mi familia y ahora a ustedes. Un siglo después su espíritu inquebrantable todavía eleva, inspira y llena mi alma con la confianza de saber que, aunque es seguro que existirán obstáculos, nada nos detendrá en el camino hacia la justicia y la igualdad. Con estas letras le doy las gracias.

El vestido

Caminaba absorta en mis pensamientos, sin detenerme a pensar qué hacía. La inercia de los actos mecánicos juega esas malas pasadas. Me detuve ante la puerta sin llaves. Entendí que no era real, la imagen tenía grano, aunque resultaba difícil distinguirlo.
Di media vuelta y desanduve mis pasos. Las manos en los bolsillos, la cabeza cabizbaja, sin sonido a mi alrededor. Solo sonando el aleteo del pensamiento. Fue entonces cuando vi un traje maravilloso en un escaparate de una tienda del barrio del Carmen. Quiero decir que nada más verlo sentí una profunda emoción, digamos que fue un flechazo. Sí, lo confieso, me enamoré de aquel trozo de tela de forma inmediata. No sólo me atraía el color, era también el corte, desenfadado, como a mi me gusta. Contemplarlo me resultaba tan atrayente… el escote redondo, abierto en su justa medida, los tonos degradados verdes y amarillos que tanto me favorecen. En fin, que a primera vista prometía que iba a sentarme como una guante.
Estaba colgado de una percha prendida de un hilo de pescar que caía del techo. Las mangas también sujetas por hilos de pescar permanecían estiradas al igual que los picos de ambos lados de la falda. Por alguna extraña razón la imagen del conjunto del escaparate con el vestido en el centro colgando ingrávido me resultaba irresistiblemente hipnótica. 
Tras dudar unos segundos entré en la tienda y pedí aquel vestido al dependiente. Me dijo que solo les quedaba el del escaparate y que era talla única. Interpreté su mirada de escáner como una estratagema para no descolgarlo, en todas partes me cruzo con la holgazanería. Muy seria le dije que no me importaba llevarme el del escaparate. Hago ejercicio a diario y estoy en forma. Me gusta cuidarme y a simple vista parecía de mi talla.
No giré la etiqueta para ver el precio, en aquel momento me pareció una nimiedad. Solo sé que al tenerlo entre mis manos sentí una grata impresión de placer, la percepción de estar en el lugar y el momento correctos, una sensación clara de suerte consciente. Recuerdo que lo estuve manoseando un buen rato con deleite. Olía de maravilla y era tan suave, tan lacio, tan bello, que decidí probármelo. 
Resuelta entré al probador y me deshice de mi ropa con avidez. Descolgué el vestido de la percha y lo pasé alrededor de mi cabeza. Note su presión a la altura de la frente pero un leve tirón hizo que rebasara el primer escollo y bajase hasta mi cuello. Entonces metí el primer brazo y en ese momento algo inapresable me hizo pensar que aquello comenzaba a no ir del todo bien. Con incertidumbre introduje el segundo brazo y comprobé que no había suficiente tela en las mangas para rodear mi carne. Cómo apretaba, por favor.
Algo desilusionada intenté bajar la falda y comprobé que no había manera, la tela, cobrando vida propia, parecía querer detenerse entre las axilas y el pecho, demasiado voluminoso para dejar bajar el vestido hasta la cintura.
Aciago momento de ni para atrás ni para adelante. Empecé a sudar. El ambiente dentro del probador se volvía por segundos más y más irrespirable.
Mis ojos se alzaron del vestido anillado a mi torso y enfrentaron mi reflejo en el espejo. ¿Cómo era posible? Era de mi talla, lo hubiera jurado antes de intentar calzármelo. Mis ojos miraron el reflejo de mis ojos y me vi prometiéndome a mi misma jornadas de ejercicio y cremallera en boca. Si adelgazo un poco… Ya verás como sí, un mes a lechuga con pechuga y serás mío, le dije al vestido.  Así que con mucho ahínco, soy una persona constante y disciplinada y sobre todo tozuda, comencé a bajar la tela de aquel bello vestido hacia abajo. Me oprimía el pecho pero pensé, qué importa todo mejorará cuando adelgace un poco. Siguió ciñéndome a presión el tronco, después la cintura, y yo lejos de desanimarme no dejaba de intentarlo ¡Aquel era El Vestido, el más maravilloso del mundo! Unos kilitos de más no iban a apartarme de él.
Por fin el traje bajó hasta donde prestó la tela. Con esfuerzo levanté los brazos y vi que en ambas axilas se habían formado marcas de sudor dibujando en la tela dos círculos. Me avergonzaba un poco que el dependiente viese aquello, la verdad. Entonces entendí que no era solo la vista lo que iba a alarmar a al dependiente, la del probador de al lado se quejó airada: ¡Qué olor a sudor!
Tenía que salir urgentemente de allí. Doble mi ropa y la introduje en el bolso. Salí de aquel cubículo apestoso y me dirigí con la barbilla alzada hasta la caja.
—Me lo llevo puesto, no puedo resistirme ¿Me puedes cortar la etiqueta? Gracias.
El chico de la tienda dudo unos segundos pero terminó por cortar la etiqueta y cobrarme. ¿Serían así los corsés que se usaban antaño? Por Dios cómo apretaba aquello. No seas quejica, me dije. Deja de hacerte la blanda. Ya de bien pequeña mi prima me había enseñado el refrán, para presumir había que sufrir, y yo quería ser una mujer bella a la altura de la belleza de aquel vestido. Ya en la calle las costuras de ambos lados comenzaron a rozarme la piel con cada paso. Me sentía como un trozo de mortadela embutida en su envoltorio. En mi cabeza se hacia hueco toda la familia léxica de constreñir. Me gusta jugar con las palabras, me entretiene, así que para aligerar la incomodidad me vi repitiendo un soniquete que al distraerme me liberaba del dolor incómodo: Constreñir, apretar oprimir, estrujar. Constreñir, apretar, oprimir, estrujar. 
Definitivamente tenía que llegar rápida a casa y quitarme aquello hasta lograr adelgazar. No volvería a probar la cerveza. Mis labios a partir de aquel momento permanecerían sellados, mis papilas gustativas ya despedían con la mano al placer del sabor. 
Al llegar a casa, un  piso que comparto con amigas en el barrio del Cabañal, noté como todas me miraban desde un silencio incómodo.
—A ver, me esta un poco justo —dije tratando de justificarme— pero unas sesiones de andar por el río y todo cambiará para mejor.
—¿Estas segura? —se atrevió a decirme mi mejor amiga.
Todas me miraban. En sus ojos se leía a las claras la reprobación atemperada quizá por unas migajas de la conmiseración que hay siempre dentro de toda vergüenza ajena.
Atravesé la sala y con bastante dificultad me senté en el borde del sofá. Crucé una pierna sobre la otra y reuniendo ambas manos sobre la rodilla dije:
¿Os acordais de la Bombi?
De pronto estalló la risa general. 
Todas reían, y yo, como si cayera de un guindo, comencé a hacerlo con ellas.
Mis amigas me ayudaron a arrancarme aquel vestido maravilloso. Al levantarlo por encima de la cintura vimos que me había hecho rozaduras y que sangraba un poco en la cadera izquierda.
—Era tan bonito en el escaparate —les dije—. Os juro que parecía hecho para mí.
Entonces Isa, mi amiga de más tiempo, mi medio hermana, mi otro yo en esta tierra, me pasó la mano por la cabeza y me miró directamente a los ojos. Me dijo:

El vestido no tiene ningún defecto. Es maravilloso, la verdad, y entiendo que te hayas enamorado de él porque yo en tu lugar también lo habría hecho. Mira Ana, es sencillo y tienes que entenderlo. Es solo que… no es tu talla. Los vestidos son como el amor, Ana, no le des más vueltas, si aprietan y hacen daño, no son tu talla.



Esta historia es una crítica al papel asignado al ama de casa, casi siempre clandestino, normalmente desprestigiado, y por lo general, alienante para la mujer. No se considera trabajo y sin embargo funciona como una auténtica economía doméstica, aunque no se contabilice en el PIB. Ahora hemos pasado al pluriempleo, trabajo fuera y dentro del hogar, sin embargo seguimos sin estar reconocidas a nivel salarial y social. Tenía razón Clarice Lispector -y aún sigue teniendo vigencia en la actualidad por desgracia-, cuando hablaba de " un destino de mujer".



Amor
[Cuento - Texto completo.]
Clarice Lispector


Un poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en busca de comodidad, con un suspiro casi de satisfacción. Los hijos de Ana eran buenos, algo verdadero y jugoso. Crecían, se bañaban, exigían, malcriados, por momentos cada vez más completos. La cocina era espaciosa, el fogón estaba descompuesto y hacía explosiones. El calor era fuerte en el departamento que estaban pagando de a poco. Pero el viento golpeando las cortinas que ella misma había cortado recordaba que si quería podía enjugarse la frente, mirando el calmo horizonte. Lo mismo que un labrador. Ella había plantado las simientes que tenía en la mano, no las otras, sino esas mismas. Y los árboles crecían.
Crecía su rápida conversación con el cobrador de la luz, crecía el agua llenando la pileta, crecían sus hijos, crecía la mesa con comidas, el marido llegando con los diarios y sonriendo de hambre, el canto importuno de las sirvientas del edificio. Ana prestaba a todo, tranquilamente, su mano pequeña y fuerte, su corriente de vida. Cierta hora de la tarde era la más peligrosa. A cierta hora de la tarde los árboles que ella había plantado se reían de ella. Cuando ya no precisaba más de su fuerza, se inquietaba. Sin embargo, se sentía más sólida que nunca, su cuerpo había engrosado un poco, y había que ver la forma en que cortaba blusas para los chicos, con la gran tijera restallando sobre el género. Todo su deseo vagamente artístico hacía mucho que se había encaminado a transformar los días bien realizados y hermosos; con el tiempo su gusto por lo decorativo se había desarrollado suplantando su íntimo desorden. Parecía haber descubierto que todo era susceptible de perfeccionamiento, que a cada cosa se prestaría una apariencia armoniosa; la vida podría ser hecha por la mano del hombre.
En el fondo, Ana siempre había tenido necesidad de sentir la raíz firme de las cosas. Y eso le había dado un hogar, sorprendentemente. Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se había casado era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había surgido de ella muy pronto para descubrir que también sin la felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada a la que tantas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo había querido ella y así lo había escogido. Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde, cuando la casa estaba vacía y sin necesitar ya de ella, el sol alto, y cada miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los muebles limpios, su corazón se apretaba un poco con espanto. Pero en su vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa. Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar, cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, le exigían. Así llegaba la noche, con su tranquila vibración. De mañana despertaba aureolada por los tranquilos deberes. Nuevamente encontraba los muebles sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo había querido y elegido ella.
El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros es que él estaba realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo inquietante estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada, miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente y de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír -como si él la hubiese insultado, Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada -el tranvía arrancó súbitamente, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla rodó de su regazo y cayó en el suelo. Ana dio un grito y el conductor dio la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión desde hacía tiempo no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta, incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus paquetes. Pero los huevos se habían quebrado en el paquete de papel de diario. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicle y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la marcha.
Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre. Pero el mal ya estaba hecho.
La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la había tejido. La bolsa había perdido el sentido, y estar en un tranvía era un hilo roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por qué?, ¿acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba, y Ana respiraba con dificultad. Aun las cosas que existían antes de lo sucedido ahora estaban precavidas, tenían un aire hostil, perecedero… El mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad; y por un momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan súbito que Ana se agarró al asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Aquello que ella llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso con que ahora gozaba de las cosas, sufriendo espantada. El calor se había vuelto menos sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle Voluntarios de la Patria parecía que estaba pronta a estallar una revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, el aire cargado de polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido al mundo en oscura impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada, rápido. ¡En la acera, una mujer dio un empujón al hijo! Dos novios entrelazaban los dedos sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad extremadamente dolorosa.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Solamente entonces percibió que hacía mucho que había pasado la parada para descender. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto; descendió del tranvía con piernas débiles, miró a su alrededor, asegurando la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
Era una calle larga, con altos muros amarillos. Su corazón latía con miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los portones del Jardín Botánico.
Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en un banco de un atajo y allí se quedó por algún tiempo.
La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Ella se adormecía dentro de sí.
De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda. Pero la penumbra de las ramas cubría el atajo.
A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas sorpresas entre los “cipós”. Todo el Jardín era triturado por los instantes ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño por el cual estaba rodeada? Como por un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño, demasiado suave, demasiado grande. Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó: se volvió rápida. Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un poderoso gato. Su pelaje era suave. En una nueva marcha silenciosa, desapareció.
Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de repente, con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se hacía un trabajo secreto del cual ella comenzaba a apercibirse.
En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El banco estaba manchado de jugos violetas. Con suavidad intensa las aguas rumoreaban. En el tronco del árbol se pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comerlo con los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y a la vez era fascinada.
Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría. Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada. La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde las victorias-regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas sobre el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de un mal oro y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero todas las pesadas cosas eran vistas por ella con la cabeza rodeada de un enjambre de insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se insinuaba entre las flores. Ana, más adivinaba que sentía su olor dulzón… El Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
Ahora era casi noche y todo parecía lleno, pesado, un esquilo pareció volar con la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia. Era fascinante, y ella se sentía mareada.
Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se había vuelto culpable, se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el atajo oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y veía el Jardín en torno de ella, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los sacudía apretando la madera áspera. El cuidador apareció asustado por no haberla visto.
Hasta que no llegó a la puerta del edificio, había parecido estar al borde del desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el pecho: ¿qué sucedía? La piedad por el ciego era muy violenta, como una ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, sucio, perecedero, suyo. Abrió la puerta de la casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban limpios, los vidrios de las ventanas brillaban, la lámpara brillaba: ¿qué nueva tierra era ésa? Y por un instante la vida sana que hasta entonces llevara le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto había sido creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre había sido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco que la proximidad de la verdad le provocaba, avisándola. Abrazó al hijo casi hasta el punto de estrujarlo. Como si supiera de un mal -¿el ciego o el hermoso Jardín Botánico?- se prendía a él, a quien quería por encima de todo. Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida es horrible, dijo muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en caso de seguir el llamado del ciego? Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella precisaba de ellos…
-Tengo miedo -dijo. Sentía las costillas delicadas de la criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado.
-Mamá -exclamó el niño. Lo alejó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó.
-No dejes que mamá te olvide -le dijo.
El niño, apenas sintió que el abrazo se aflojaba, escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, de donde la miró más seguro. Era la peor mirada que jamás había recibido. La sangre le subió al rostro, afiebrándolo.
Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de malla. ¿De qué tenía vergüenza?
No había cómo huir. Los días que ella había forjado se habían roto en la costra y el agua se escapaba. Estaba delante de la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no se trataba de piedad, no era solamente piedad: su corazón se había llenado con el peor deseo de vivir.
Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El hombre poco a poco se había distanciado, y torturada, ella parecía haber pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico, tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo -¿y qué nombre se debería dar a su misericordia violenta? Sería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solamente su hermana. Un ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó asustada. Sentíase expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas? Pero era una piedad de león.
Humillada, sabía que el ciego preferiría un amor más pobre. Y, estremeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la llamaba como el lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba al ciego!, pensó con los ojos humedecidos. Sin embargo, no era con ese sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la sala. Se levantó y fue a la cocina para ayudar a la sirvienta a preparar la cena.
Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela, lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte inferior del fogón, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero para cambiar el agua -estaba el horror de la flor entregándose lánguida y asquerosa a sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía allí en la cocina. Cerca de la lata de basura, aplastó con el pie a una hormiga. El pequeño asesinato de la hormiga. El pequeño cuerpo temblaba. Las gotas de agua caían en el agua inmóvil de la pileta. Los abejorros de verano. El horror de los abejorros inexpresivos. Horror, horror. Caminaba de un lado para otro en la cocina, cortando los bifes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en una ronda, en torno de la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor. La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
Después vino el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron los hijos de los hermanos.
Comieron con las ventanas todas abiertas, en el noveno piso. Un avión estremecía, amenazando en el calor del cielo. A pesar de haber usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos se quedaron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era verano, sería inútil obligarlos a ir a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía suavemente con los otros.
Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, ellos, la familia. Cansados del día, felices al no disentir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente alrededor de ellos. Y como a una mariposa, Ana sujetó el instante entre los dedos antes que desapareciera para siempre.
Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, ella era una mujer inerte que miraba por la ventana. La ciudad estaba adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero con una maldad de amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias-regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del Jardín Botánico.
¡Si ella fuera un abejorro del fogón, el fuego ya habría abrasado toda la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente al café derramado.
-¿Qué fue? -gritó vibrando toda.
Él se asustó por el miedo de la mujer. Y de repente rió, entendiendo:
-No fue nada -dijo-, soy un descuidado -parecía cansado, con ojeras.
Pero ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención. Después la atrajo hacia sí, en rápida caricia.
-¡No quiero que te suceda nada, nunca! -dijo ella.
-Deja que por lo menos me suceda que el fogón explote -respondió él sonriendo. Ella continuó sin fuerzas en sus brazos.
Ese día, en la tarde, algo tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico, triste.
-Es hora de dormir -dijo él-, es tarde.
En un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad.
Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.
FIN



“Amor”,
Lazos de familia, 1960

Mi aparición, David Foster Wallace

MI APARICIÓN
Soy una mujer que apareció en vivo en el programa de televisión Late Night with David Letterman el 22 de marzo de 1989.
Como dice Rudy, mi marido, soy una mujer cuyo rostro y cuyas opiniones son conocidas por la mitad aproximada de la población estimable de Estados Unidos. Mi nombre está en boca de la gente, sale en portadas y en pantalla. Pero mi corazón tiene un núcleo invisible y escondido en un lugar al que nadie puede llegar. Y eso, pensó Rudy, es lo que tenía que salvarme de las consecuencias de aquella aparición.
La semana del 22 de marzo de 1989 fue también la semana en que el programa de entrevistas y variedades de David Letterman incluyó una serie de sketches satíricos pregrabados sobre las actividades privadas y los pasatiempos de los ejecutivos de la NBC. Mi marido, cuyo nombre es más conocido dentro de la industria del espectáculo que fuera de ella, estaba nervioso: conocía a Letterman y le temía. Decía saber a ciencia cierta que a Letterman le encantaba ensañarse con las invitadas femeninas. Que era un misógino. El domingo me dijo que creía que tanto él como Ron y la mujer de éste, Charmian, tenían que prepararme para que mantuviera a raya a Letterman y me defendiera de él. El 22 de marzo caía en miércoles.
El lunes, los telespectadores acompañaron a David Letterman en una sesión de pesca de altura con el presidente de la división de informativos de la NBC. El ejecutivo en cuestión, un conocido de mi marido a quien le asomaban sendos mechones de pelo de sus orejas coloradas, tenía el último grito en barca, caña de pescar y carrete, y al parecer practicaba la pesca de altura sin anzuelo. Él y Letterman sujetaban el cebo a la línea con gomas elásticas.
-Está esperando a ver si al pobre abuelete se le ocurre decir «¡rediez!» -dijo Rudy, sonriente y fumando.
El martes, Letterman examinó con atención la enorme colección de imanes de nevera del jefe de creativos de la NBC. Dijo:
-¿Es esto entretenimiento, señoras y señores? ¿O qué es?
Yo notaba en la boca el sabor amargo de un Xanax.
Le dijimos a Ramon que nos trajera algunas grabaciones de ediciones viejas del Late Night y nos pusimos a verlas.
-¿Cómo te sientes? -me preguntó mi marido.
A cámara lenta, Letterman dejó caer desde el tejado de un piso veinte sobre una parcela de cemento varias botellas de champaña, varias frutas rubicundas, el cristal de una ventana y lo que durante un instante dio la impresión de ser un cochinillo vivo.
-El hecho de que se note que todo es falso es vital -dijo Rudy mientras Letterman dejaba caer el cochinillo desde un tejado a todas luces falso que habían montado en el estudio. Vimos cómo algo caía desde el tejado original durante un buen rato antes de impactar sobre el cemento y resultó ser tan solo un cochinillo de peluche-. Pero eso no le quita maldad. -Mi marido vislumbró su propia imagen reflejada en el vidrio ahumado de nuestra sala de proyecciones y se removió en su asiento-. No quiero que pienses que esa falsedad es de verdad.
-Yo pensaba que la falsedad se considera generalmente como algo que no es verdad.
Me hizo un gesto para que mirara a la pantalla, donde Paul Shaffer, el amigo y acompañante musical de David Letterman, hacía un ademán de «¡allá vamos!» con los hombros y las manos.
Los dos habíamos tomado sendos Xanax antes de pedirle a Ramon que pusiera las cintas de vídeo. Yo también había tomado un vaso de chablis. A la hora en que se pusieron a examinar y comentar los imanes de nevera yo ya estaba muy cansada. Mi marido también estaba cansado, pero cada vez se mostraba más preocupado por el hecho de que la aparición en el programa pudiera acarrear problemas. De que pudiera ser algo grave.
La llamada había llegado de Nueva York el viernes anterior. La persona que llamó me felicitó porque mi serie policial hubiera llegado a su quinta temporada, me preguntó si me gustaría aparecer como invitada la semana siguiente en Late Night with David Letterman y me dijo que a Letterman le encantaría tenerme con él. Le dije que en principio aceptaba. No me quedan muchas ilusiones en la vida, pero estoy superorgullosa de nuestra serie. Tengo buen carácter, trabajo mucho, interpreto bien a mi personaje y se puede decir que adoro al resto de actores y gente relacionada con la serie. Llamé a mi agente, al director de mi departamento y a mi marido. Acordé que aceptaba aparecer el miércoles 22 de marzo. Era el único hueco que Rudy y yo teníamos en una agenda semanal que me impedía incluso un par de días seguidos de descanso: mi serie se grababa los viernes y requería estudiar el guión y llevar a cabo una sesión de vestuario completo el día anterior. El mero hecho de aparecer el día 22, dijo mi marido mientras tomábamos unas copas, representaba salir del aeropuerto de Los Ángeles a primera hora de la mañana, porque yo estaba contratada para rodar un anuncio de salchichas durante todo el jueves. A mi agente se le ocurrió que podíamos cambiar la hora del anuncio de salchichas -la gente de Oscar Mayer se había mostrado muy comprensiva durante toda la campaña-, pero mi marido se había impuesto a sí mismo la norma de cumplir escrupulosamente las obligaciones contractuales, y como compañera suya yo también había elegido vivir de acuerdo con aquella norma. Eso implicaba quedarme levantada hasta última hora del martes por la noche para ver a David Letterman, al cochinillo, los imanes de nevera y una sucesión interminable de mascotas con habilidades excéntricas, y luego, a la mañana siguiente, subir al avión antes del amanecer. Aunque la grabación de Late Night no empezaba hasta las 5.30 según el horario de la costa Este, Rudy se había tomado muchas molestias para organizar una larga reunión estratégica previa con Ron.
Antes de quedarme dormida el martes por la noche, David Letterman había metido a Teri Garr en un traje de velero y la había adherido a una pared de velcro. Esa noche su Libromóvil de la NBC presentaba la Guía del comprador de fármacos de Nueva York de 1989. Letterman mostraba el libro mientras Teri permanecía detrás de él, adherida a la pared a una distancia considerable del suelo.
-Esa podrías ser tú -dijo mi marido, y llamó al timbre de la cocina para que le trajeran un vaso de leche.
El programa parecía tener una obsesión fetichista por ordenarlo todo en listas de diez. Vimos lo que los investigadores de Late Night consideraban los diez peores anuncios televisivos de la historia. Recuerdo el número cuatro o cinco: un fabricante alemán de automóviles intentaba asociar la adquisición de un coche que tenía forma de caja de zapatos con el placer sexual, y para ello mostraba un paisaje de pinos y molinos de viento y a una lánguida modelo nórdica que sucumbía a los encantos de la palanca de cambios del coche.
-¡Caramba, me he quedado subyugado! -dijo Letterman cuando terminó el anuncio-. ¿No les ha pasado lo mismo, señoras y señores?
Luego emitió un anuncio falso de un supuesto programa cultural que la tele pública había decidido no insertar en su programación de otoño. El anuncio en cuestión era un clip muy sencillo que mostraba a cuatro rebeldes kurdos con turbantes y armas de bajo calibre que se tomaban un rato libre en medio de su revolución para interpretar un cuarteto de Handel en un prado lleno de flores purpúreas. El eslogan afirmaba que el capullo de la cultura florece incluso en el suelo más áspero. Letterman carraspeó y afirmó que la PBS había cedido finalmente a las presiones conservadoras de las asociaciones de padres y había decidido no emitir el anuncio. Paul Shaffer dio un redoble de tambores y preguntó por qué. Letterman sonrió con una timidez que a mí y a Rudy nos pareció muy atractiva. Había, cómo no, diez respuestas. Las dos que recuerdo fueron «sikhs y violencia gratuita» y «sexo y violines gratuitos». Todo el mundo se puso a abuchear, encantado. Incluso Rudy se rió, aunque dijo que no le sonaba que la tele pública hubiera encargado aquel programa. Yo me reí, muerta de sueño, y me apoyé en su brazo, que estaba extendido sobre el respaldo del sofá.
David Letterman iba diciendo a intervalos regulares: «¡Vamos a divertirnos, chico!». Todo el mundo se reía. Recuerdo que Letterman no me resultó nada especialmente amenazador, aunque me inquietaba la idea de que tuvieran que arrancarme de una pared.
Tampoco me preocupó lo más mínimo la manera en que la sombra alargada e inclinada del avión se precipitó sobre la pista de aterrizaje y se unió con el aparato cuando tocamos tierra. Incluso di un salto y dije «¡Oh!» cuando el morro del avión se acopló sobre su sombra en el momento de aterrizar. Me eché a llorar, aunque no de manera muy espectacular. Soy una mujer que llora cuando está preocupada: no me avergüenzo de ello. Estaba nerviosa y agotada. Mi marido me acarició el pelo. Me dijo que a pesar de todo era mejor que no tomara ningún Xanax y yo estuve de acuerdo.
-Tendrás que estar bien despierta -me explicó. Me cogió del brazo.
El chófer de la NBC puso nuestras bolsas muy por detrás de nosotros. Oí el ruido pesado del maletero.
-Tendrás que estar bien despierta y preparada -dijo mi marido. Calculó que yo estaría lo bastante nerviosa como para desear darle la razón. Rudy conocía bien la naturaleza humana.
Pero a esas alturas me sentía irritable. Yo sabía de dónde procedía buena parte del nerviosismo que me causaba aparecer en el programa.
-¿Exactamente cómo de preparada se supone que tengo que estar? -dije. Charmian y yo ya habíamos mantenido una conferencia a larga distancia sobre mi aspecto. Ella me había aconsejado seriedad y simplicidad. Saldría con un conjunto azul muy sencillo y sin joyas. Llevaría el pelo suelto.
Las preocupaciones de Rudy eran muy distintas. Aseguraba que tenía miedo de lo que me podía pasar.
-Yo no veo todas esas cosas sombrías y temibles que tú pareces ver en David Letterman -le dije-. Es un tipo con pecas. Antes trabajaba como hombre del tiempo en un canal local. Es verdad que es ingenioso. Pero yo también lo soy, Rudy -yo quería un Xanax-. Los dos sabemos quién soy. Soy una actriz que acaba de cumplir cuarenta años y tiene cuatro hijos. Tú eres mi segundo marido y has cambiado de carrera con un éxito enorme. Yo he hecho tres series dramáticas. Las dos últimas han triunfado. Me han nominado para un premio Emmy. Probablemente nunca voy a tener una carrera en el cine ni tampoco se va a reconocer en serio mi trabajo como actriz. -Me di la vuelta en el asiento trasero y le miré fijamente-. ¿Y qué? Todo esto ya se sabe. Es totalmente del dominio público. Sinceramente, no veo qué tengo yo o qué tenemos nosotros con lo que puedan ensañarse.
Mi marido pasó su brazo fornido por encima del asiento trasero en donde estábamos. La limusina olía a monedero caro. El interior era de cuero rojo y suave como la mantequilla. Tenía un tacto casi húmedo.
-Te va a martirizar por lo de las salchichas.
-Pues que lo haga -dije.
Mientras nos llevaban en coche por uno de los distritos situados más al sudeste de Manhattan, a mi marido lo puso nervioso el hecho de que el chófer de la NBC, un joven moreno con pinta de hispano, pudiera estar oyendo lo que decíamos, a pesar de que había un grueso panel de cristal entre el asiento trasero donde estábamos nosotros y el chófer, y además hacía falta activar un interfono para comunicarnos con él. Mi marido palpó el cristal y la rejilla del interfono. La cabeza del chófer solamente se movía para vigilar el tráfico que se reflejaba en los retrovisores. La radio estaba puesta para nosotros: del interfono salía música clásica.
-No puede oírnos -le dije.
-¿Y si nos estuvieran grabando para emitirlo después en el programa mientras tú no puedes hacer otra cosa que mirar horrorizada? -murmuró mi marido mientras comprobaba el interfono-. Letterman se saldría con la suya. Nos haría quedar como unos completos idiotas.
-¿Por qué te empeñas en que es tan malvado? No parece malvado.
Rudy intentó apoyarse en el respaldo mientras nos internábamos en el corazón de Manhattan.
-Edilyn, es el mismo hombre que le preguntó en público a Christie Brinkley en qué estado se corre el Derby de Kentucky.
Recordé lo que me había dicho Charmian por teléfono y sonreí.
-Pero ¿fue o no fue capaz de dar la respuesta correcta? Mi marido sonrió también.
-La verdad es que se puso nerviosísima -dijo. Me acarició la mejilla y yo le acaricié la mano. Empecé a tranquilizarme un poco.
Me cogió la mejilla y dirigió mi rostro hacia el suyo.
-Edilyn -me dijo-, no se trata de ser malvado. Se trata de ridiculizar. Ese hijo de puta se alimenta del ridículo ajeno como un enorme parásito con pinta de muñeco. Todo el programa se basa en el ridículo: se hincha y crece cuando las cosas se vuelven absurdas. Entonces Letterman se pone gordo, moreno y resplandeciente. Pregúntale a Teri por lo del velcro. Pregúntale a Lindsay por aquel vídeo falso donde salía él con el Papa. Pregúntale a Nigel o a Charmian o a Ron. Ya has oído lo que dicen. Ron puede explicarte historias que te pondrían la carne de gallina.
Yo llevaba una polvera en el bolso. Tenía la piel irritada y escocida como resultado de haber llevado maquillaje de televisión durante dos días enteros.
-Pero es simpático -dije-. A juzgar por lo que vimos, me dio la impresión de que a Letterman le gusta ponerse en ridículo tanto como poner en ridículo a los invitados. Al menos no es hipócrita.
Estábamos metidos en un pequeño atasco de tráfico. Un individuo despeinado intentaba limpiar el parabrisas de la limusina con la manga. Ruddy golpeó con los nudillos el panel de cristal hasta que el chófer activó el interfono. Le dijo que preferíamos que nos llevara directamente al Rockefeller Center donde se grababa el programa sin pasar antes por nuestro hotel. El chófer no dijo que sí ni tampoco se giró.
-Eso es parte de lo que lo hace tan peligroso -dijo mi marido, quitándose las gafas para acariciarse el puente de la nariz-. El programa se basa en el ridículo que hace todo el mundo. Es el hecho de que la gente diga que él elige ridiculizarse a sí mismo lo que libra al muy cabrón de hacer realmente el ridículo.
El chófer hizo sonar la bocina y el vagabundo salió disparado.
Nuestro coche se dirigió al oeste y hacia las afueras. A lo lejos pude ver el edificio donde Letterman grababa su programa y donde Ron trabajaba, en una oficina del piso sesenta. Ron había estado asociado con mi marido antes de que Rudy decidiera pasarse a la televisión pública. Pero todavía éramos amigos.
-El hecho de que aguantes el tipo o te derrumbes dependerá de cómo se vea tu ridículo -dijo Rudy, mirándose en el espejo de mi polvera para arreglarse el nudo de la corbata.
El rascacielos del Rockefeller Center iba quedando gradualmente fuera de nuestro campo visual a medida que nos acercábamos. Pedí medio Xanax. Soy una mujer a quien no le gusta estar confusa. Me angustia. En resumidas cuentas, quería estar despierta y a la vez relajada.
-Tienes que «aparecer» -me corrigió mi marido- despierta y a la vez relajada.
-Harán que te pongas en ridículo -dijo Ron. Él y mi marido estaban sentados juntos en un sofá, en una oficina situada tan alta en el rascacielos que mis oídos sentían lo mismo que al despegar nuestro avión. Miré a Ron sentada en una silla discretamente cara de acero recubierto de lona-. Eso no lo puedes controlar -dijo-. Pero sí puedes con tus reacciones.
-¿Qué puedo hacer con ellas?
-Controlarlas -dijo Ron, llevándose el vaso a la boca.
Tenía la boca muy pequeña.
-Si quiere hacerme parecer tonta, le invito a que lo intente -dije-. Bueno, eso creo.
Rudy agitó el contenido de su vaso. El hielo tintineó. -Esa es exactamente la actitud que he intentado inculcarle -le dijo a Ron-. Ella cree que Letterman es realmente como parece.
Los dos sonrieron y negaron con la cabeza.
-Bueno, no es como parece, por supuesto -me dijo Ron. Ron tal vez tenga la boca más pequeña que he visto en un rostro humano, y eso que mi marido y yo lo conocemos desde hace muchos años, y él y Charmian son muy buenos amigos nuestros. Carece por completo de labios y tiene unas comisuras muy estrechas. Su boca no parece una boca sino una especie de incisión en su cara-. Porque nadie es así -dijo-. Eso es lo que él considera su mayor descubrimiento. Por esa razón todo lo que sale en su programa tiene que ser ridiculizado -sonrió-. Pero ahí reside nuestra ventaja, Edilyn: que nosotros lo sabemos. Si uno sabe de antemano que van a ponerlo en ridículo, entonces puede adelantarse a su rival y ponerse a sí mismo en ridículo en lugar de dejar que sea él quien lo haga.
Creo que al menos a Ron sí que podía entenderlo.
-¿Se supone que tengo que ponerme en ridículo a mí misma?
Mi marido encendió un cigarrillo. Cruzó las piernas y miró el gato blanco de Ron:
-La cuestión es si tenemos que dejar que Letterman se ría de ti delante de todo el país o si vas a ganarle en su juego. Si vas a unirte a la fiesta y arreglártelas tú sola. -Miró a Ron y Ron se puso de pie-. Hay que decidirse -dijo Rudy-. De eso depende que aguantemos o nos hundamos -suspiró. El sol caía de lleno sobre el sofá. A esa altura, la luz tenía un aspecto frío y brillante. Parecía que su cigarrillo sangrara humo, de tan brillante como era la luz del sol que bañaba el sofá.
Ya entonces Ron era conocido por su temperamento inquieto. Le gustaba levantarse y sentarse, una y otra vez.
-Ese es un buen consejo, Rudolph. Hay cosas muy claras por hacer y otras totalmente prohibidas. No puede parecer que intentas ser ingeniosa o inteligente. Eso funciona con Carson, pero no con Letterman.
Le dediqué a Rudy una sonrisa cansada. Su cigarrillo era muy largo y casi parecía que sangrara humo, de tan brillante que era la luz que caía sobre el sofá.
-Carson te seguiría el juego. -Rudy afirmó con la cabeza-. Carson es sincero.
-La sinceridad ya no se lleva -dijo Ron-. Ahora se mofan de la gente que es sincera.
-O de los que parecen sinceros, de los que creen que son sinceros, como diría Letterman -dijo mi marido.
-Muy bien explicado -dijo Ron, examinándome de arriba abajo. Su boca era pequeña y su cabeza, grande y redonda. Tenía una rodilla levantada y el codo apoyado en la rodilla. Su pie descansaba sobre el brazo de otra silla de aluminio muy fina. Su gato se arremolinaba trazando un ocho alrededor del pie que Ron tenía en el suelo-. Ese es el peor pecado que se puede cometer en Late Night. Ese es el talón de Adidas de todos los invitados a los que destroza -bebió un trago-. O sea, que has de estar alerta.
-Creo que esa es la cuestión: creo que el peligro es que parezca que estás alerta -dijo mi marido, escupiendo una esquirla de hielo en la palma de su mano.
El gato de Ron se acercó y olisqueó el pedazo de hielo. El calor de los dedos con que mi marido sostenía el hielo acabó de fundirlo mientras yo le dedicaba una mirada inexpresiva. El gato estornudó.
Me alisé el vestido azul que me había puesto en el camerino de color masilla de Letterman.
-Lo que yo quiero saber es si va a reírse de mí por el anuncio de las salchichas -le dije a Ron. Eso sí que me preocupaba de verdad. Los de Mayer se habían portado como unos señores durante toda la negociación y la campaña y me parecía que habíamos hecho una serie de anuncios buenos, honestos y atractivos para un producto que únicamente pretendía ser intrascendente y divertido. No quería que pusieran en ridículo a las salchichas Oscar Mayer por mi culpa. No quería que pareciera que yo había prostituido mi nombre, mi cara o mi talento por una compañía cárnica-. Es decir, ¿va a ir más lejos de la pura broma? ¿Se va a ensañar?
-¡No si tú te adelantas! -dijeron Ron y Rudy a la vez, mirándose entre sí. Se rieron. Era una broma privada. Me reí. Ron se dio la vuelta y se sirvió otra bebida. Yo di un sorbo a la mía. El hielo de mi Coca-Cola me hizo daño en los dientes-. Así podrás desmontárselo todo -dijo Ron.
Mi marido aplastó la colilla de su cigarrillo.
-Ensáñate contigo misma antes de que él pueda hacerlo.
-Le tendió el vaso a Ron.
-Asegúrate de que parece que te burlas de ti misma, pero de una manera consciente e irónica. -La botella borboteó mientras Ron le rellenaba el vaso a Rudy.
Pregunté si podía tomar al menos un tercio de Xanax.
-En otras palabras, muéstrate ante Letterman tal y como Letterman se muestra. -Ron se sentó de nuevo e hizo un gesto como si estuviera haciendo una lista-. Haz bromas pero poniendo cara de póquer. Actúa como si supieras desde que naciste que todo es tópico, que todo está comercializado, que todo es superficial y absurdo. Y que ahí está precisamente la gracia de todo.
-Pero yo no soy así para nada.
El gato bostezó.
-Ni siquiera soy así cuando estoy actuando -dije.
-Ya -dijo Ron, viniendo hacia mí y echando un chorrito de licor sobre los cubitos de hielo de mi vaso, rebozados de una capa de Coca-Cola helada.
-Pues claro que no eres así -dijo mi marido, quitándose las gafas. Cuando estaba nervioso siempre se frotaba las marcas rojas que la montura de las gafas le hacía en la nariz. Era un tic-. Por eso este tema es tan grave. Si alguien como tú asoma su precioso trasero por las inmediaciones del estudio de grabación de Letterman, van a despellejarlo sin contemplaciones. -Aplastó otra colilla y miró a Ron.
-Al menos está preciosa -dijo Ron, sonriente. Se llevó la mano a la boca diminuta y su expresión delató algo que me pareció cariño. ¿Por mí? No éramos particularmente íntimos, a diferencia de lo que me ocurría con su mujer. El licor de mi vaso sabía a humo. Cerré los ojos. Me sentía cansada, confusa y nerviosa. También estaba un poco enfadada. Miré el reloj que me habían regalado por mi cumpleaños.
Soy una mujer que demuestra sus sentimientos en vez de ocultarlos. Me parece más sano. Le dije a Ron que Charmian, cuando me había llamado, me había dicho que David Letterman era un poco tímido pero básicamente un hombre agradable. Le dije que me parecía que la angustia que estaba pasando tal vez fuera culpa de mi marido, y ahora también de Ron. Y que lo único que yo quería ahora era, o bien un Xanax, o algún consejo amigable y constructivo que no me exigiera que fuera artificial, superficial ni tampoco que me pusiera en guardia hasta el punto de quitarle toda la diversión posible a lo que supuestamente no era, a fin de cuentas, nada más que una entrevista divertida.
Ron me escuchó y sonrió pacientemente. Rudy estaba llamando al coordinador de actores. Ron le dio instrucciones a Rudy para que avisara de que no hacía falta que yo bajara a maquillaje hasta después de las cinco y media. Esta noche el monólogo de Letterman era largo y enrevesado, y antes de que yo saliera había un sketch sobre los pasatiempos de otro ejecutivo de la NBC.
Mi marido empezó a disertar sobre la confianza y su relación con el hecho de estar alerta.
Resultó que una sección de la pared del despacho de Ron se retiraba a un lado automáticamente para mostrar varias hileras de monitores, todos los cuales recibían señales de distintos canales de la NBC. Junto al plató de un parte meteorológico local y la emisión correspondiente al 22 de marzo de Live at Five, la secuencia inicial pregrabada de Late Night empezó a emitirse. El presentador, que llevaba un jersey de cuello redondo, leyó su texto ante un micrófono antiguo que parecía una maquinilla de afeitar eléctrica rodeada de un halo:
-¡Damas y caballeros! -dijo-. Les presento al hombre que en este preciso momento está comprobando si se ha abrochado la bragueta: ¡DAVID LETTERMAN!
Hubo un aplauso tremendo. La cámara hizo un zoom hasta filmar el primer plano de un letrero que decía: APLAUSOS. En todos los monitores aparecieron las palabras APLAUSOS DE LATE NIGHT – LETRERO – CÁMARA. Las palabras se encendieron y se apagaron mientras el público aplaudía. David Letterman apareció de la nada vestido con una tremenda chaqueta de yachting y unas zapatillas de lucha libre.
-¡Qué público más majo! -dijo.
Toqué mis cubitos de hielo, rebozados de una capa de ron caro y Coca-Cola.
-De verdad, creo que esto no es necesario.
-Confía en nosotros, Edi.
-Ron, díselo -dije.
-Solo es una prueba -dijo Ron.
Ron estaba en la ventana junto al sofá, que ya no recibía la luz directa del sol. La ventana daba al sur. Mirando hacia abajo vi tejados erizados de antenas y oí el sonido lejano y apenas audible de las bocinas de los coches. Ron tenía una especie de transmisor, lo bastante pequeño como para caber en la palma de su mano. Mi marido mantuvo la cabeza gacha y el pulgar levantado mientras Ron iba probando la señal. El diminuto micrófono de oreja que Rudy llevaba puesto había sido inventado originalmente para que los comentaristas deportivos pudieran recibir instrucciones e informaciones de última hora sin tener que dejar de hablar. Mi marido lo había usado en ocasiones para la dirección técnica de comedias en directo antes de abandonar la televisión privada. Se quitó el micrófono de la oreja y lo limpió con el pañuelo.
El micrófono supuestamente tenía que ser del color de la carne, pero en realidad era de color prótesis. Les aseguré que me negaba rotundamente a llevar en la oreja un micrófono del color de la carne de cerdo y a seguir instrucciones de mi marido para no ser sincera.
-No -me corrigió mi marido- para ser no-sincera.
-Hay una gran diferencia -dijo Ron, intentando entender las instrucciones del transmisor, que estaban principalmente en coreano.
Pero yo lo que quería era estar despierta y a la vez relajada, bajar las escaleras y terminar de una vez con todo aquello. Quería un Xanax.
Así que mi marido y yo empezamos a negociar.
-Gracias -le dijo Paul Shaffer al público del estudio-. Muchísimas gracias.
Yo me reí entre bastidores, en medio de las sombras irregulares que las luces proyectaban al caer en ángulos distintos. Shaffer recibió un aplauso. La cámara enfocó otra vez el letrero de APLAUSO.
De lejos me dio la impresión de que el pelo de Letterman era una especie de casquete. Tenía un aspecto denso y muy duro. No paraba de meterse su tarjeta en el hueco que tenía entre los incisivos y de juguetear con ella. Él y su plantilla pronto presentaron una lista de diez medicamentos, con y sin receta, que podían confundirse con golosinas famosas, de una manera que a Letterman le parecía sospechosa. Mostró una serie de transparencias, agrupadas de dos en dos, a modo de comparación. Era verdad que el Advils parecía un M&M marrón. El Motrin, bien mirado, podía pasar por un SweetTarts. Una marca de antiácido llamado Nardil era idéntico a aquellos Red Hots pequeñitos y redondos que todos comíamos de niños.
-¿No te parece inquietante? -le preguntó Letterman a Paul Shaffer.
Y el Xanax, el ansiolítico de moda de la temporada, supuestamente parecía una versión en miniatura de esas horrorosas golosinas en forma de cacahuetes de color rosa anaranjado que se ven en todas partes pero que nadie nunca admite haber probado.
Al final había conseguido que mi marido me diera un Xanax. Había sido idea de Ron. Me toqué la oreja e intenté meterme el auricular más adentro para que no se viera. Me tapé la oreja con el pelo. Me estaba planteando muy en serio quitármelo.
Mi marido conocía muy bien la naturaleza humana: el micrófono no paraba de repetirme al oído: «Un trato es un trato».
El rubicundo ayudante que estaba conmigo me había explicado que yo iba a ser el segundo invitado en la edición del 22 de marzo de Late Night with David Letterman. El primero sería el coordinador ejecutivo de deportes de la NBC, que iba a sentarse en el centro de un círculo de dinamita cuando esta explotara, solo para divertirse. En el mismo cartel que nosotros también estaba el autoproclamado rey de la venta a domicilio de utensilios de cocina.
Nos pasaron un documental veterinario sobre la dispepsia en el cerdo.
-Así que su obra ha pasado desapercibida a los críticos. -El vídeo mostraba a Letterman hablando con el director del documental, un veterinario de Arkansas que se había pasado toda la entrevista muerto de miedo porque, según afirmaba la voz eléctrica que sonaba en mi oído, no sabía si podía o no hablar en serio con Letterman sobre el trabajo de toda su vida.
El coordinador de deportes de la NBC, por lo visto, fabricaba círculos perfectos de explosivos potentes, los llevaba al patio de su casa y se sentaba en el centro de las explosiones. Era un hobby. David Letterman le pidió que le aclarara una cuestión: si alguien se sentaba en el centro exacto de un círculo perfecto de dinamita estaba totalmente a salvo, ya que quedaba cobijado en un hueco, una especie de ojo del huracán. Pero ¿era cierto que si uno solo de los cartuchos de dinamita del círculo era defectuoso, la explosión podía, en teoría, matarlo?
-¡Matarlo! -Letterman siguió repitiendo la palabra, mirando a Paul Shaffer y riéndose.
Los bolcheviques usaban el círculo de dinamita para «ejecutar» ceremonialmente a aquellos nobles rusos a quienes deseaban perdonar la vida, explicó el ejecutivo. Era un truco muy antiguo y consagrado por la tradición. Me pareció un hombre muy elegante y pensé que el sentido común no tiene cabida en los hobbies de los hombres.
Mientras esperaba mi aparición, me imaginé al coordinador en el centro exacto del patio de su casa en Westchester, ileso pero cubierto de hollín mientras a su alrededor volaban jirones de dinamita despanzurrada. Me imaginé una especie de tornado de color rosa, porque la dinamita amontonada en el decorado era de color rosa.
Pero la explosión que tuvo lugar en directo resultó ser gris.
Fue decepcionantemente rápida y sonó amortiguada, pero me entró la risa cuando Letterman fingió que la explosión no se había grabado bien y aseguró que el coordinador de deportes de la NBC, que tenía aspecto de haber recibido una especie de bofetada cósmica, iba a tener que hacer el número otra vez. Por un momento el coordinador pensó que Letterman lo decía en serio.
-Fíjate -me dijo Ron cuando llegó la hora de que me maquillaran-, es imposible que ese hombre hable en serio, Edilyn. ¡Un millonario que lleva zapatillas de lucha libre!
-Cuando lo ves -dijo mi marido, agachándose para comprobar si el pequeño micrófono rosa estaba bien puesto en mi oído-, es como si vieras a todo el país, mirando y dándose codazos en las costillas.
-Tú sal ahí y empieza a pelear -dijo Ron para darme ánimos. Miré su boca, su cabeza y su gato-. Olvida todas las reglas que has aprendido sobre las apariciones en programas de entrevistas. Ese chaval les ha dado la vuelta. Si se mofa de algo, es de las reglas del humor televisivo. -Su mirada se ensombreció-. Hace dinero burlándose de las mismas cosas que lo han puesto en posición de hacer dinero burlándose de las cosas.
-Bueno, ya hace tiempo que hay una tendencia parricida contra las reglas de la industria televisiva -dijo mi marido mientras esperábamos que subiera el ascensor-. Está claro que no la ha inventado él. -Ron le encendió el cigarrillo y sonrió para mostrar que estaba de acuerdo. Ambos sabíamos de qué estaba hablando Rudy. El Xanax empezaba a hacerme efecto y me sentía bien. Estaba mentalizada para salir.
-Se puede decir que es lo mismo que pasó con Saturday Night Líve -dijo Ron-. Es exactamente el mismo fenómeno. Los mismos decorados baratos que tienen que parecer más baratos de lo que son en realidad. La misma manera de moverse ante la cámara como si fuera un vídeo casero. Los cachivaches que parecen sacados del trastero como la Monkey-cam o los capirotes de papel maché de mala calidad. Late Night y Saturday Night Live no son espectáculos, son antiespectáculos.
Estábamos al fondo del enorme y silencioso ascensor. Parecía como si no se moviera. Parecía una habitación vuelta hacia dentro. Rudy pulsó el 6. Los dos oídos me zumbaban. Ron hablaba despacio, como si yo no pudiera entenderle.
-Pero aunque algo sea un antiespectáculo, si es un éxito, se convierte en un espectáculo -dijo Ron. Hizo que su gato levantara la cabeza y le rascó la garganta.
-Imagina la tensión que tiene que soportar ese hijo de puta -murmuró mi marido.
Ron sonrió con indiferencia, sin mirar a Rudy.
Los cigarrillos que fuma mi marido son de una marca extranjera que avisa a todo el mundo de que algo se quema. Su cigarrillo susurraba, crepitaba y borboteaba cuando él tragaba humo y miraba fijamente a su antiguo superior. Ron me miró.
-¿Te acuerdas de que Saturday Night Live tenía aquellas parodias geniales de anuncios justo cuando empezaba el programa, Edilyn? Eran tan buenas que tardabas un rato en darte cuenta de que eran parodias y no anuncios de verdad. Pues esas parodias se convirtieron en un éxito. ¿Y qué pasó entonces? -me preguntó Ron. Yo no dije nada. A Ron le gustaba hacer preguntas y luego responderlas. Llegamos a la planta de Letterman. Rudy y yo salimos detrás de él-. Lo que pasó -dijo por encima del hombro- fue que los patrocinadores empezaron a poner anuncios en Saturday Night Live que se parecían tanto a las parodias que tardabas un rato en darte cuenta de que se trataba de auténticos anuncios. De pronto los patrocinadores se encontraron con un público enorme que observaba sus anuncios con una atención desmesurada, y, por supuesto, con la esperanza de que fueran parodias. -Las secretarias y los becarios se ponían en pie cuando Ron pasaba, seguido por nosotros. Su gato bostezaba y se desperezaba en sus brazos-. Sin embargo -Ron se rió, evitando mirar a mi marido-, los patrocinadores le habían dado la vuelta a la broma de los antianuncios de Saturday Night Live y estaban usándola en su provecho. Estaban usando esa broma para manipular al mismo público de cuya manipulación original se habían burlado antes las parodias.
La entrada de artistas del estudio 6-A estaba al final de un pasillo alfombrado, al lado de un póster enorme que mostraba a David Letterman sacándole una foto a la persona que estaba haciéndole la foto para el póster.
-Por tanto, tu verdadera manera de ser es algo que no puede sacarse a colación en esta clase de programas -dijo Rudy, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo y evitando mirar a Ron.
-Qué tiempos aquellos, ¿verdad? -Ron le susurró al oído al gato mientras lo acariciaba.
Las puertas cerradas del estudio amortiguaron el estruendo de un montón de risas. Ron introdujo un código en un panel luminoso que había junto al póster de Letterman. Él y Rudy iban a regresar arriba para ver el programa desde el despacho de Ron, donde la hilera de monitores les permitiría observarme desde diversos ángulos.
-Tendrás que actuar, eso es todo -dijo mi marido, tapándome la oreja con el pelo. Luego me acarició la mejilla-. Eres una actriz polifacética y con talento.
Ron le movió la pata blanca al gato para que pareciera que me estaba diciendo adiós y dijo:
-Ella sabe actuar, Rudolph. Gracias a la ayuda que tú le das, nosotros te estamos ayudando a ti a solucionar todo este asunto.
-Y ella lo aprecia, señor. Más de lo que se imagina ahora mismo.
-Así pues, ¿voy a convertirme en una especie de antiinvitada? -dije.
-¡Es un placer terrible tenerte aquí! -es lo que me dijo Letterman. Yo había entrado al plató justo después de que me presentaran.
Un ayudante con un jersey me llevó del brazo y se apartó de mí en el momento preciso en que llegué bajo los focos. -¡Es un placer terrible! ¡No! ¡Es un placer grotesco tenerte aquí! -dijo Letterman.
-Está tanteándote -zumbó en mi oído-. Está palpándote en busca de engreimiento ingenuo. Buscando algo en donde clavar sus garras. Cualquier cosa.
-Pse -le dije a Letterman con voz cansina. Bostecé y me toqué la oreja con gesto casual.
Visto de cerca, resultaba deprimente lo joven que era. Como mucho tendría treinta y cinco años. Me felicitó por la renovación de mi serie durante otra temporada, por la nominación para el Emmy y comentó que la cadena había llevado muy bien el asunto de mi embarazo inesperado durante el tercer año de la serie, apañándoselas para que yo saliera tapada de cintura para abajo por distintos obstáculos visuales durante trece episodios seguidos.
-Qué gracioso -dije en tono sarcástico. Solté una risita cortante.
-Ha sido un chiste muy, muy gordo -dijo Letterman. El público se echó a reír.
-¡Por Dios bendito, demuéstrale que eres fría y sarcástica! -dijo mi marido.
Paul Shaffer hizo un gesto de «vamos allá» con las manos en respuesta a algo que le preguntó Letterman.
David Letterman llevaba una etiqueta pegada a la mejilla (tenía un montón de pecas). La etiqueta decía: MAQUILLAJE. Era un resto que había quedado allí de un chiste anterior que había hecho durante su largo monólogo: Letterman había regresada de una pausa publicitaria totalmente cubierto de etiquetas. De la fuente borboteante que había entre nosotros y las candilejas sobresalía una flecha con una inscripción en letras toscas que decía: AGUA DANZANTE.
-Así pues, Edilyn, ¿son ciertos esos rumores que relacionan ese jaleo tremendo que hay en la cadena de tu marido con esa especie de rumores secundarios…? -levantó la vista de sus papeles y miró a Paul Shaffer-. Oye, Paul, aquí pone «rumores secundarios». ¿Tú crees que puedo llamarlos «rumores secundarios» y seguir como si nada? ¿Qué diantres quiere decir esto de «rumores secundarios»?
-Los músicos de la orquesta creemos que podría significar cualquier cosa… Puede ser cientos de cosas, Dave -dijo Shaffer, sonriente. Yo sonreí. La gente se rió.
La voz de Ron sonó en mi oído:
-Di que no.
Me imaginé a mí misma apareciendo en una hilera de pantallas; me imaginé aquella boca de Ron que parecía una herida, el transmisor frente a esa boca y a mi marido sentado con las piernas cruzadas y los brazos extendidos sobre el respaldo del asiento.
-¿Esos rumores, secundarios o no, según los cuales tú y esa serie tan, tan buena de Tito podríais, hum, abandonar definitivamente la televisión privada al final de la próxima temporada y marcharos a esa otra televisión que no es privada y cuyo nombre no voy a mencionar?
Carraspeé y dije:
-Absolutamente todos los rumores sobre mi marido son ciertos.
El público se echó a reír.
Letterman dijo «ja, ja» en tono irónico y el público se rió más todavía.
-En cuanto a mí -me alisé la falda como hacen las mujeres remilgadas-. Yo no sé apenas nada, David, ni sobre la producción ni sobre el aspecto empresarial del espectáculo. Yo solo soy una mujer que actúa.
-¿Y eso no quedaría de maravilla estampado en las camisetas de todas las mujeres del mundo? -preguntó Letterman, toqueteando la etiqueta de su alfiler de corbata.
-Menudo jaleo se ha montado en esa cadena, Dave, por lo que he oído -dijo Reese, el coordinador de deportes de la NBC, sentado a mi lado, en otra de esas sillas que parecen como si las hubieran destripado. Alrededor de los ojos elegantes de Reese había dos círculos de hollín causados por su afición a las explosiones y que le hacían parecer un mapache.
Miró a Letterman-: ¡Una lucha de poder en la televisión pública!
-Es como… un tremendo golpe de estado en la Liga de Mujeres Votantes, ¿no te parece, Edilyn?
Yo me reí:
-Sí, como patrullas antidisturbios y pelotas de goma asaltando una reunión de té.
Letterman, Reese, Shaffer y yo estábamos muertos de risa.
El público también se reía.
-Los polisílabos deben estar alborotados -dije yo.
-¡Debe haber… puñaladas en la espalda totalmente correctas a nivel gramatical!
Intentamos recobrar la compostura mientras mi marido me daba algunas instrucciones.
-La verdad es que no tengo ni idea -dije, mientras Letterman y Shaffer todavía estaban mirándose y riendo-. De hecho -dije-, ni siquiera estoy muy al corriente ni tengo mucho talento ni soy una actriz tan polifacética.
David Letterman invitó al público, a quienes volvió a llamar «damas y caballeros» (eso me gustaba mucho) a que se imaginaran SOY UNA MUJER QUE ACTÚA estampado en una camiseta.
-Por eso ahora me dedico a hacer todos esos anuncios que habéis visto -dije en tono casual, bostezando.
-¡Mira por dónde! Precisamente quería hablarte de eso, Edilyn -dijo Letterman-. El único problema -se rascó la barbilla- es que tengo que preguntarte de qué son esos anuncios sin que por supuesto nadie mencione ese producto… ¿puedo llamarlo delicioso?
-Adelante.
-El nombre de ese delicioso producto -sonrió-. Porque entonces estaríamos anunciándolo nosotros.
Asentí con la cabeza y sonreí. El micrófono permanecía callado. Miré a mi alrededor con aire inocente, fingí que me hundía en mi asiento y silbé el primer compás de una famosa melodía publicitaria.
Letterman y el público se rieron. Shaffer se rió. La voz electrónica de mi marido murmuró su aprobación. Podía incluso oír la risa de Ron de fondo. Su risa me pareció irónica.
-Creo que ya nos hacemos una idea, sí. -Letterman sonrió. Tiró sus papeles por una ventana imaginaria detrás de nosotros. Hubo un ruido claramente falso de cristales rotos.
El tipo parecía extremadamente amigable.
Mi marido me transmitió algo que no pude entender porque Letterman se había puesto las manos detrás de la cabeza y del casquete de pelo y estaba hablando:
-Así pues, creo que la cuestión es: ¿por qué, Edilyn? Ya sabemos que ahí hay dinero, que hay muchísimo dinero de por medio en esas emisiones en franjas de máxima audiencia. Aquí en los lavabos de la NBC se oyen rumores vagos, nada más que alusiones, en realidad, sobre el dinero que se paga en las franjas de máxima audiencia. Son unas cantidades que solo se comentan en voz baja. En tu caso -dijo-, ¿qué has hecho, tres series de calidad? ¿Apariciones incontables en otros programas…?
-Ciento ocho -dije yo.
Miró compungido a la cámara durante un instante y el público se rió:
-Bueno, pues apariciones casi incontables -dijo-. Tienes un drama policial con muy buenas críticas que lleva ya tres o cuatro temporadas. Tienes una… -consultó una tarjeta- hija con gran talento que ha hecho muchas buenas películas y actualmente hace una serie. Y tienes a un marido que es un auténtico agitador televisivo y casi una leyenda en el mundo de la producción de comedias.
-¿Os acordáis de Laugh-in? -dijo el coordinador de deportes de la NBC-. ¿De Flip Wilson, de The Smothers? ¿Os acordáis de Saturday Night Live en la época en que era bueno, durante bastantes años? -Movió la cabeza con admiración.
Letterman movió también la cabeza:
-Así pues, está tu serie, la serie de tu hija, una nominación al Emmy, tu marido con todas las series que hizo y su papel como agitador, uno de los mejores matrimonios de toda la industria televisiva, o mejor dicho, del hemisferio norte. -Fue contando todos estos logros profesionales con los dedos. Tenía unas manos totalmente corrientes-. ¡Estás forrada, guapa! -dijo-. Si me permites que te lo diga -sonrió y jugueteó con la taza de café. Yo le devolví la sonrisa-. Así pues, Edilyn, todo el país se pregunta por qué diantres vas y haces esos… anuncios de salchichas -preguntó con un tono lastimero que enseguida exageró hasta convertirlo en un quejido.
Se oyó la voz flojita de Rudy:
-¿Ves cómo ha exagerado el quejido en cuanto ha visto cómo…?
-Porque no soy una gran actriz, David -dije yo. Letterman parecía afligido. Por un instante le miré bajo aquellas luces blancas y oblicuas y me pareció que yo le daba lástima. Yo estaba convencida de que estaba hablando con un tipo básicamente sincero.
-Esas cosas que has contado -dije- son logros profesionales, pero nada más. -Le miré-. Yo soy yo, David, no soy mis logros profesionales. Solo soy una actriz de televisión privada. ¿Por qué no debería actuar en anuncios televisivos?
-Sé honesta -susurró Rudy. Su voz sonaba débil y metálica como los teléfonos de mala calidad. Letterman fingió que tomaba un sorbo de café de su taza vacía.
-Seamos honestos -dije yo. El público permanecía callado-. He tenido un cumpleaños muy traumático y he tenido que ir renunciando a todas mis ilusiones sin parar. Tienes delante a una mujer sin ilusiones, David.
Letterman pareció reanimarse al oír esto. Carraspeó. El auricular me susurró la orden de que nunca usara la palabra «ilusión».
-Esa es una coincidencia muy graciosa -dijo Letterman, pensativo-. Porque yo soy una ilusión sin mujeres. ¿No ves una especie de paralelismo, Paul?
Me reí con el público mientras Paul Shaffer hacía un gesto de «vamos allá» desde la orquesta.
-Catástrofe -me transmitió mi marido desde el despacho de un hombre cuyos subordinados pescaban sin anzuelo y se sentaban en medio de círculos de explosivos. Me toqué el pelo que me tapaba la oreja.
-Tengo cuarenta años, David -le dije-. Cumplí los cuarenta la semana pasada. Estoy en ese punto en que tengo que pararme y pensar quién soy -le miré-. Tengo cuatro hijos. ¿Conoces muchas actrices de televisión privada en activo que tengan cuatro hijos?
-Hay actrices que tienen cuatro hijos -dijo Letterman-. ¿No nos visitó hace poco una joven con cuatro hijos, Paul?
-Dime diez actrices que tengan cuatro hijos -le retó Shaffer.
Letterman fingió una réplica nerviosa:
-¿Diez?
-¿Meredith Baxter Birney? -dijo Reese.
-Meredith Baxter Birney.
-Letterman hizo que sí con la cabeza-. Y Loretta Swit también tiene cuatro, ¿verdad, Paul?
-¿Y Marion Ross?
-Me parece que en realidad Meredith Baxter Birney tiene cinco hijos, Dave -dijo Paul Shaffer, inclinándose sobre el micrófono de su teclado. La calva que tenía en la coronilla tenía una etiqueta que decía: CALVA.
-Creo que la cuestión, señores -los interrumpí con una sonrisa-, es que tengo hijos que son estrellas más importantes que yo. Yo he aparecido en un total de dos películas de cine en toda mi carrera. Y ahora que tengo cuarenta años me doy cuenta de que si he hecho solo dos películas y tres series bastante largas, mi papel en el mundo probablemente no vaya a ser hacer películas. David, soy una actriz de televisión.
-Eres una mujer que actúa en la televisión -me corrigió Letterman con una sonrisa.
-Y ahora también salgo en anuncios. -Me encogí de hombros como si no pudiera entender a qué venía tanto jaleo.
Paul Shaffer, inclinado sobre su teclado, tocó un «cumpleaños feliz» breve pero muy tierno.
Letterman volvió a meterse la tarjeta entre los dientes: -Si no lo he entendido mal, estás diciendo que pensaste que los anuncios de salchichas no iban a perjudicar tu carrera, ¿no es esa tu explicación?
-Oh, no, por Dios, nada de eso -me reí-. No he querido decir eso para nada. Lo que quiero decir es que también son mi carrera, ¿entiendes? ¿No es de eso de lo que estábamos hablando?
Letterman se acarició la barbilla. Miró al coordinador de deportes:
-Así pues, temores tales como por ejemplo… comprometer tu integridad o alguna clase de, hum, factor artístico, no entraron en juego en tu decisión, ¿es eso lo que estás diciendo?
Ron le estaba pidiendo a Rudy que le dejara el transmisor un momento.
-Pero es que sí ha habido factores artísticos -dije yo-. ¿Has intentado emocionarte alguna vez delante de un trozo de carne, David? -miré a mi alrededor-. ¿Alguno de ustedes? ¿Han intentado poner mostaza con sentimiento?
Letterman parecía incómodo. El público hizo algún que otro ruido extraño: no sabían si tenían que reírse. Ron empezó a hablarme por el transmisor en tono tranquilo.
-¿Han intentado simular que tienen hambre cuando ya se han comido quince salchichas de frankfurt? -dije mientras Letterman sonreía y bebía de su taza. Me encogí de hombros-. Hay mucho arte en esos anuncios, David.
Apenas podía oír la voz lejana de Ron que me estaba avisando de que era muy peligroso parecer que estaba a la defensiva. Porque Letterman de pronto parecía inseguro, como si no se atreviera a decir algo. Miró a la izquierda del escenario, luego a sus papeles y a mí:
-Mira, Edilyn, supongo que un cínico como por ejemplo Paul -Shaffer se rió- estaría tentado de preguntarte una cosa -dijo-. Con todos esos logros profesionales que hemos mencionado aquí, y teniendo en cuenta que estás, entre comillas, forrada… ya sé que esto no es asunto nuestro, pero es que Paul siente una gran curiosidad -Se tocó el cuello de la camisa, incómodo-. Quiero preguntarte, con todos los respetos, cuánto dinero, aunque sea una gran cantidad, puede sacar una actriz de talento, aunque no sea una gran actriz, pero sí una actriz de éxito, y sobre todo una actriz forrada… por emocionarse delante de un trozo de carne.
Ron, o tal vez Rudy, murmuró: «Oh, Dios mío».
-Por simular que tienes hambre cuando le has puesto mostaza a la enésima salchicha de frankfurt -dijo Letterman, con la cabeza inclinada, y recuerdo con precisión que estaba mirándome fijamente al ojo derecho-. Y esto es algo que si no quieres contestar lo entenderemos perfectamente. ¿No es cierto, Paul?
Parecía incómodo. Como si le hubieran persuadido en el último momento para que hiciera aquello. Yo le miré como si se hubiera vuelto loco. Ahora que acababa de soltar su estúpida pregunta yo tuve la sensación de que habíamos estado manteniendo conversaciones distintas desde el momento de mi aparición. Bostecé, esta vez de verdad.
-Limítate a ser honesta -iba diciendo Ron.
-Venga, explícale cuánto te retienen de impuestos -murmuró Rudy.
-Mira -le dije, sonriente-. Me parece que uno de los dos no ha hablado lo bastante claro. Así pues, ¿me permitís que sea honesta?
Letterman miró a la izquierda del escenario como si pidiera ayuda a alguien. Yo estaba convencida de que él pensaba que había ido demasiado lejos, y su incomodidad había hecho que el público se quedara callado como una tumba.
Sonreí hasta que mi silencio llamó la atención de todos.
Me incliné hacia él como si estuviéramos conspirando. Después de un instante durante el cual no supo qué hacer, se inclinó hacia mí por encima de su mesa. Yo miré despacio a un lado y a otro. En un susurro teatral le dije:
-He hecho los anuncios de salchichas gratis.
Levanté las cejas y volví a bajarlas.
Letterman se quedó con la boca abierta.
-Gratis -dije-. Por el amor al arte, para divertirme, por unos cuantos perritos calientes y por el placer del trabajo bien hecho.
-¡Oh, venga, por favor!… -dijo Letterman, apoyándose en el respaldo de su asiento y tocándose la cabeza. Fingió que estaba pidiendo ayuda al público-. ¡Señoras y señores…!
-Un placer que estoy segura de que conocemos bien todos los presentes -sonreí con los ojos cerrados-. En realidad, fui yo quien los llamó a ellos. Me presenté voluntaria. Casi les supliqué. Tendríais que haberlo visto. No fue un espectáculo agradable.
-¡Qué bromista! -intervino Paul Shaffer, fingiendo que se secaba una lágrima bajo sus gafas. Letterman le tiró sus papeles y el técnico de sonido, vestido con un jersey rojo, rompió otro cristal con su martillo. Oí cómo Ron le decía a Rudy que aquello había sido muy acertado. De pronto parecía que Letterman estaba pasándoselo en grande. Sonrió. Dijo «ja, ja» en tono irónico. Sus ojos se animaron. Parecía un juguete enorme. Todos parecían estar pasándolo bomba. Me toqué la oreja y oí cómo mi marido le daba las gracias a Ron.
Seguimos riéndonos y charlando durante un par de minutos sobre el hecho de que el arte y la autoestima eran mucho más importantes que los logros profesionales. La entrevista terminó con una especie de explosión de buena voluntad. Letterman hizo confetti con unas cuantas de las etiquetas que llevaba en el cuerpo. Me apené sinceramente de que la cosa se terminara. Letterman me sonrió afablemente mientras dábamos paso a una pausa publicitaria.
En aquellos momentos no me cupo ninguna duda de que toda la angustia y los sermones, todos los miedos de Rudy, habían sido completamente infundados. Porque cuando dimos paso a los anuncios, David Letterman era exactamente el mismo. El director, vestido con una chaqueta de punto, hizo el gesto de cortarse la garganta con un dedo. Un parachoques fotografiado con gracia ocupó todos los monitores del estudio 6-A. La orquesta tocó un tema funky bajo la dirección de Shaffer y se apagaron las luces de las cámaras. Letterman relajó su postura. Se inclinó con gesto cansino sobre su mesa deliberadamente barata y se secó la frente con un pañuelo de papel raído que se sacó del bolsillo de su chaqueta de yachting. Sonrió desde lo más hondo de su ser y me dijo que de verdad era un placer grotesco tenerme allí, que el público estaba pasándolo bomba y que esperaba que mi hija Lynelte, por su propio bien, tuviera al menos la mitad de la presencia escénica que yo tenía. Y que si hubiera sabido que yo era una invitada tan interesante habría movido montoncitos de tierra para traerme mucho antes.
-Dijo todo eso, de verdad -le dije más tarde a mi marido en el coche de la NBC-. Dijo «placer grotesco», «pasarlo bomba» y que yo era una invitada interesante. Y no había nadie escuchando.
Ron había pedido un chófer y había ido a recoger a Charmian para encontrarnos más tarde en el River Café, adonde siempre intentamos ir los cuatro cada vez que Rudy y yo podemos visitar la ciudad. Miré a nuestro chófer a través del panel de cristal: se había quitado la gorra, tenía el pelo rapado y la cabeza inmóvil como si fuera una fotografía.
Mi marido, que iba conmigo en el asiento de detrás, cogió mi mano en las suyas. Llevaba una corbata y un pañuelo sosos y sin adornos. Su alivio era tan evidente que casi podía olerse. Estaba tremendamente aliviado cuando lo vi después de la grabación. Letterman le había explicado al público que yo tenía que marcharme ya y me habían acompañado fuera del plató mientras él presentaba al autoproclamado rey de la venta a domicilio de utensilios de cocina, que llevaba una chapa de Elks.
-Claro que dijo todo eso -dijo mi marido-. Es justo la clase de cosas que siempre dice.
-Exacto -afirmé, mirando mi mano entre las suyas. Íbamos hacia el sur.
-Pero eso no significa que lo diga de verdad -dijo, mirándome fijamente. Luego miró también nuestras manos. Nuestros tres anillos estaban muy juntos. Sentí que le quería y me deslicé sobre el asiento de cuero para estar más cerca de él. Tenía la cara escocida e irritada. Notaba como si me hubieran extirpado algo de la oreja.
-Él estaba fingiendo, igual que tú, mientras nosotros lo estábamos manteniendo a raya como nadie más lo ha hecho -dijo. Me miró con admiración-. Eres una actriz con mucho talento y polifacética -dijo-. Has seguido nuestras instrucciones. Has mantenido la calma y has sobrevivido a una aparición en un antiespectáculo -sonrió-. Has hecho un buen trabajo.
Me alejé de mi marido lo bastante como para mirarle a la cara, que estaba muy limpia.
-Yo no estaba actuando delante de David Letterman -le dije. Y lo decía en serio-. Ha sido más bien a ti y a Ron a quienes he tenido que… mantener a raya. -Rudy no dejó de sonreír-. Me habría quitado el auricular de Ron sin dudarlo si no fuera porque Charmian me había hecho llevar el pelo suelto. Habría herido los sentimientos de Letterman. Y desde el mismo momento en que me senté delante de su estúpida mesa, supe que no iba a necesitar instrucciones de ninguna clase. No se ha comportado con saña -dije-. Ha sido divertido, Rudy. Me lo he pasado bien.
Encendió un Gauloise largo, sonriente.
-Lo has hecho solo para divertirte, ¿eh? -preguntó irónicamente. Fingió que me daba un codazo en las costillas. A ambos lados del coche pudimos ver un barrio caro que yo creía recordar que era barato.
Y debo admitir que sentí un profundo pesar cuando mi marido hizo el gesto de darme un codazo. Me pareció muy triste que mi propio esposo no fuera capaz de distinguir cuándo yo hablaba en serio. Y así se lo dije.
-Me comporté tal como soy normalmente -afirmé.
Y entonces pude ver en la cara de Rudy lo mismo que debió de mostrar mi cara cuando comprendí que no tenía ni idea de qué estaban hablando él y Ron, o incluso David. Y experimenté esa especie de pánico extraño que ahora supongo que él debió de haber vivido toda la semana. Los dos escuchamos una suave melodía barroca que salía de la rejilla del interfono de la limusina.
-Es como mi cumpleaños -dije, cogiendo la mano de mi segundo marido-. En mi cumpleaños estuvimos de acuerdo los dos. Tengo cuarenta años, tengo hijos mayores y también pequeños, un marido a quien aprecio mucho y soy una actriz de televisión que ha aceptado anunciar una marca de salchichas. Brindamos por todo eso, Rudy. Estuvimos analizando los hechos, los dos juntos. Hace solo una semana estuvimos de acuerdo acerca de cómo soy. ¿De qué otro modo se supone que tengo que ser ahora?
Mi marido me soltó la mano y palpó la rejilla del interfono. La cabeza descubierta del chófer hispano se movió a un lado. Vi que una parte de su cuello sufría falta de pigmento. El área sin pigmento era redonda, trazaba una espiral bajo su pelo moreno y salía de mi campo visual.
-Lo tuve muy cerca, Rudy. Pude ver sus rasgos de cerca. Tenía pecas. Vi que tenía puntitos de sudor de estar bajo las luces. Y un pequeño lunar junto a la etiqueta. Tenía los ojos del mismo color de pantalones vaqueros que los ojos de Jamie y Lynnette en verano. Le miré. Le vi bien.
-Pero ya te lo hemos explicado, Edilyn -dijo mi marido, buscando en el bolsillo de la chaqueta-. Lo que le ha permitido estar allí, en este mismo momento, para que lo pueda ver gente como tú, es el hecho de que nadie puede verle en realidad. Esa es precisamente la cuestión. Que nadie es realmente de la manera en que tiene que mostrarse.
Le miré:
-¿De verdad crees que eso es verdad? Su cigarrillo susurró.
-No importa lo que yo crea. El espectáculo es así. Ellos hacen que sea verdad. Quienes lo miran.
-¿Y tú crees eso?
-Yo creo lo que veo -dijo, apartando su cigarrillo para abrir el tapón del frasco de las pastillas.
La etiqueta escrita a máquina decía: «Tome varias con regularidad».
-Si no fuera cierto, ¿crees que él podría usar el programa tal como lo hace…?
-Ese punto de vista me parece realmente ingenuo.
-¿Tal como nosotros hacíamos antes?
Hay pastillas que son literalmente amargas. Cuando me terminé la bebida del minibar del coche, todavía tenía el regusto del Xanax en la lengua. La resaca de la adrenalina me había dejado agotada. Dejamos atrás los rascacielos, ya muy cerca del río. Vi cómo dejábamos atrás el puente de Manhattan. Apareció ante nosotros el sol vespertino. Quedaba a nuestra derecha, encarnado. Los dos miramos el agua del río mientras el coche pasaba al lado. La superficie del agua tenía el color de una herida bajo la luz de aquel crepúsculo de marzo.
Tragué saliva:
-Así pues, ¿tú crees que nadie es como parece?
No obtuve respuesta. Rudy estaba mirando por la ventana.
-Ron casi no tiene boca, me he dado cuenta hoy. Es más bien como una herida en su cara -hice una pausa-. No hace falta que confíes en él en lo tocante a nuestra vida privada solamente por tus decisiones de trabajo, Rudy -sonreí-. Estamos forrados, cariño.
Mi marido se rió sin sonreír. Dirigió una última mirada al agua teñida por el sol mientras nos acercábamos a la estructura de sombras angulosas del puente de Brooklyn.
-Porque si nadie es como parece en realidad -le dije-, eso me incluye a mí. Y a ti.
Rudy elogió en voz alta la puesta de sol. Dijo que tenía un aspecto explosivo, rodeándonos por todas partes y a tan poca distancia del agua. Se reflejaba y se duplicaba en aquella parte del río. Pero él únicamente se había fijado en el agua. Yo había estado mirándolo.
-Oh, Dios mío -es lo que dijo Letterman cuando la cara del coordinador Reese, elegante pero con dos círculos de hollín alrededor de los ojos como si fuera un mapache, consiguió salir ilesa del círculo perfecto de explosivos humeantes. Al cabo de unos meses, después de que yo misma saliera indemne de una situación gracias a que me quedé en el centro, protegida por la quietud que se creó a partir del enorme estruendo del que yo, que era su causa, estaba justo en medio, y resguardada, me asombré nuevamente de lo sinceras y naturales que esas palabras resultaban en alguien que permanecía en aquella posición.
Y he recordado, y he trabajado muy duro para demostrarlo, que si algo tengo claro, es que soy una mujer que dice lo que piensa. Es así como quiero verme a mí misma para seguir adelante en la vida.
Y es por eso por lo que le pregunté a mi marido, mientras íbamos en nuestra limusina a reunirnos con Ron y Charmian y puede que también con Lindsay para tomar unas copas y cenar al otro lado del río, a costa de la NBC, cómo pensaba que él y yo éramos en realidad, si es que pensaba algo.
Lo cual resultó ser un error.

CHICA

Lava la ropa de cama junto con la ropa blanca el lunes y tiéndela en la azotea; lava la ropa de color el martes y ponla a secar en las cue...