Familia

Aquí os dejo mi particular tributo a la Ginzburg. No esta acabado, falta la tercera parte, pero como es tan largo lo cuelgo ya y así no se hace tan cuesta arriba.
El hecho de que no os gustase Léxico familiar me ha sugerido este poema:

Colores

Dicen que
el sentido del gusto
vive
sin sentido del gusto
en 
mi sentido del gusto

Otros 
con sentido del gusto
anhelan
cierto sentido del gusto
excluyendo 
su sentido del gusto

Pienso
un sentido del gusto
contenedor 
del sentido del gusto
de exigentes
de sentido del gusto

Pero ni
mil sentidos del gusto
objetivan
un sentido del gusto
incluyente
del sentido del gusto
global

Y todo esto por la penosa rabieta que me ha dado porque a las amasadoras no les ha gustado Léxico Familiar. 
Todo esto, total, para decir aquello de para gustos colores. Y es que en poesía: 
¡subjetiva es la actitud y objetivo el resultado!

Y ahora ya sí os dejo con:

Familia

A un hombre que vivía solo lo convencieron para que acogiese en su casa a un extranjero. El extranjero había llegado al pueblo andando por el camino que va a la ciudad. No hablaba ni una sola palabra de castellano pero con gestos se mostraba dispuesto a ayudar a quien le diese cobijo. Llevaba como únicas pertenencias un macuto de color azul fuerte con poca ropa, un cuenco de loza basta y un libro de color cereza escrito en lo que parecía ser cirílico.  
Tienes que echarle un cable al pobre ruso, le había dicho la señora Aparicio. Puede ayudarte a encalar la fachada de los huertos, a podar los naranjos, a quitar malas hierbas. Tú ya estas viejo, en tu familia son vagos, el ruso es lo que tú necesitas. El ruso sonreía y asentía con la cabeza todo el tiempo. El hombre dijo a la señora Aparicio que no necesitaba encalar ninguna fachada y que hiciese el favor de meterse en sus asuntos, que si le daba pena del pobre ruso que se lo llevase a su casa. La señora Aparicio dijo que ella no podía porque su marido “era muy suyo”, <<mi marido es muy suyo>> dijo, y que no fuese tan desalmado, porque el karma siempre devolvía con una bofetada la falta de humanidad. Esto último lo dijo levantando el dedo indice con gesto acusador. El ruso solo necesitaba un plato en la mesa y una cama con una manta. Podría dormir en la buhardilla y hacerle compañía; encalar la fachada, podar naranjos, quitar malas hierbas… La señora Aparicio se marchó dejando al ruso sentado en la puerta. Tú espera aquí hasta que este viejo cascarrabias se ablande. Espera aquí, dijo señalando al suelo, tienes el karma de tu parte.
Y fue a eso del medio día, al sentir el propio rugido en sus tripas, cuando el hombre se ablandó. El hombre se llamaba José Sánchez aunque todos lo conocían como José “el Pérbola”. Era viudo desde hacía unos años. Estaba gordo y tenía grandes surcos en la frente, el cabello blanco y frondoso y unas gafas metálicas que le caían hasta mitad de la nariz. Acostumbraba a echar hacia atrás la cabeza, lo que le daba un gesto defensivo además de sacarle papada. Sus ojos eran marrones y pequeños. Vivía solo. En la casa de al lado vivía una pintora con su hija y en el otro lado sus cuñados Raquel y Javi, agricultores de productos ecológicos que sobrevivían gracias a un grupo de consumo llamado Huerta Viva Niños Sanos. Javi era el hermano menor de la difunta esposa de José “el Pérbola”, la señora Camino, poeta aficionada. Las tres casas pertenecían a José “el Pérbola” quien no cobraba ni un céntimo a la pintora ni a sus cuñados por un extraño sentimiento a medio camino entre la caridad y la necesidad afectiva. Las tres casas tenían patios traseros con huerta. Entre la huerta de sus cuñados y la suya había una valla metálica de unos dos metros de alto con una puerta justo a la mitad. Todos los medios días José “el Pérbola” atravesaba esa puerta y comía en casa de sus cuñados. Cocinaba una nicaragüense gruesa y ciclotímica llamada Araí que vivía con ellos a cambio de ayudarles en las tareas domésticas. Como tenía dolores de espalda, decía, y algo de artritis en las manos, decía, toda su labor se reducía a cocinar. Y esto lo hacía despidiéndose cada semana porque eran muchos, decía, a los que alimentar. Todos los días comían con ellos la pintora, que no sabía cocinar y su hija, que sí sabía un poco pero llegaba tarde del instituto. La pintora pasaba toda la mañana pintando en su estudio. Pintaba descalza y siempre llevaba negras las plantas de los pies. Apostaba su caballete junto a un gran ventanal y la luz natural le daba justo encima, por lo que lucía siempre un moreno intenso. Por las tardes se echaba la siesta y roncaba sonoramente. Dejaba allá por donde fuera unos babis harapientos llenos de manchas de pintura. La hija decía que su madre solo pintaba con pinceles de pelo de camello que costaban un dineral.  <<Mi madre usa pinceles de pelo de camello que cuestan un dineral>>. Esos pinceles tan caros eran regalo de una abogada rica, llamada Laura, a la que había retratado desnuda unos años atrás. La pintora siempre recordaba las tres semanas que pasó retratando a la abogada en su finca del sur. Parecía como si esa historia no se gastase, que fuese eterna como los pinceles de pelo de camello.
—Anda pasa —le dijo Jose “el Pérbola” al ruso—. Araí se va a poner hecha una furia.
José “el Pérbola” sabía que Araí detestaba su trabajo, es decir, cocinar para todos ellos. Además un ruso de casi dos metros de alto, aunque estaba bastante flaco, no comería poca cosa y podría ocurrir que dijera que con una boca más ella colgaba el delantal. Y eso fue lo que dijo: <<¡Yo cuelgo el delantal!>> Dijo que todos eran unos desagradecidos, que se sentaban a la mesa y engullían sin decir si quiera si estaba bueno. Dijo entre llantos que ella se iba, que los muslos de pollo estaban justos y que podían darle el suyo al ruso. Raquel dijo que le resultaba odioso que Araí se despidiese todas las semanas.  Y le rogó que volviese a la mesa y no hiciese la tonta. Ella le daba su muslo al ruso y se ponía un bocadillo. 
El ruso se acercó hasta Araí y le pasó la mano por la espalda para consolarla. 
—No es por ti sólo — le dijo secándose las lágrimas con una punta del delantal— es que me tienen harta.
Desde ese día en la mesa de Raquel y Javi se puso un cubierto más.

La casa de José “el Pérbola” tenia dos pisos y una buhardilla toda en una pieza. Después de comer, el ruso, siguiendo las ordenes de su anfitrión, colocó allí un somier y un colchón. Sonrió y levantó sus pulgares en señal de agradecimiento. Acto seguido se tumbó en la cama y se puso a leer su libro color cereza. José “el Pérbola” observó al ruso  tumbado leyendo en su buhardilla. Acordándose de varios de los parientes de la señora Aparicio se encaminó, como cada tarde, a la biblioteca del pueblo a leer el periódico. José “el Pérbola” era un hombre de rutinas y la llegada del ruso lo había agitado por dentro. Verlo moverse con libertad dentro de su casa lo inquietaba al tiempo que lo hacía feliz. El ruso, joven y fuerte, estaba desvalido y él, viejo y decrépito, era su protector. Algo no encajaba y sin embargo no podía evitar sentirse dichoso. Y esa felicidad lo hacia sentirse mezquino. 
José “el Pérbola” siempre tamborileaba los dedos mientras leía el periódico en la biblioteca. Le gustaba hacer este movimiento pese a que desconcentraba a los que estudiaban a su lado. También se chupaba el dedo antes de pasar página y se rascaba sonoramente el cuello haciendo crujir su piel bajo sus uñas. <<Si chupa las hojas –le dijo una estudiante escuálida y triste– después otros usuarios tendrán el periódico chupado>>. La estudiante era la hija del Señor Fusset, el tendero del barrio que resistía el azote de las grandes superficies dando buena conversación a sus clientas. El señor Fusset siempre había insistido en su casa, los domingos por la mañana cuando disfrutaba de un tiempo con su familia, que chupar el periódico era peligroso porque las hojas de los periódicos albergaban infinidad de gérmenes. <<Un periódico tiene siempre –le dijo al hombre– infinidad de gérmenes y éste ahora, además, tiene todos sus virus>>. El hombre miró a la estudiante escuálida y triste, echó hacia atrás la cabeza, carraspeó como si fuese a decir algo y se levantó a por otro periódico. 
José “el Pérbola” leía en la biblioteca y leía, también, después de comer en la butaca de terciopelo verde que había en el salón de sus cuñados. Se levantaba de la mesa e iba al aseo de la planta baja. Se limpiaba la dentadura a conciencia y con ella limpia y un libro se sentaba en la butaca verde y decía: “Herberet”. Araí le acercaba entonces una copa generosa de herbero fresco. Los habitantes de las tres casas lo veían tamborilear sus dedos en el brazo de la butaca, con los labios apretados, escrutándolos a todos con sus pequeños ojos marrones y cierto rictus de aprensión y esto, sin saber muy bien por qué, les aportaba seguridad. A las cinco en punto terminaba su lectura y salía al huerto de atrás con una despedida queda. La casa cobraba tras su marcha cierta laxitud y levedad. 
La llegada del ruso varió algunos equilibrios. Al día siguiente de conocerlo, Araí quiso impresionar a Vladimir, apodado de esta manera por unanimidad, e hizo una comida especial: estofado de tofu. Le sirvió al ruso un gran plato con montera y una sonrisa. Raquel sabía que su cuñado detestaba la comida vegana. Por ello reprendió a Araí cuando se reunieron alrededor de la pila para fregar los platos. Toda la comida excepto las verduras del  huerto ecológico la pagaba su cuñado y por ello, en consideración, pidió a Araí que en el menú incluyera al menos un pedazo de carne. <<¡La carne da cáncer!>>, dijo Araí. Raquel dijo que para evitar el cáncer ya comían brócoli y que por ello resistía estoica el olor que desprendía la col por toda la casa. La pintora dijo que le resultaba francamente repugnante el olor a col y que lo del cáncer era genético. Dijo que en las tres semanas que estuvo retratando a la abogada rica en su finca del sur nunca faltó la carne en las comidas y que casi todos los días comían solomillo. <<So-lo-mi-llo>> dijo haciendo una pausa entre cada sílaba. La hija de la pintora, queriendo ayudar, empezó a dar ejemplos a Araí de comidas con carne: guisado de ternera, cazuela con cerdo, carrilleras en salsa, pollo al limón. Por sus estudios no tenía tiempo de cocinar pero sí grandes ideas, dijo la pintora orgullosa de su hija. Araí dijo que a partir de ahora comerían carne pero que no contasen con ella para cuidarlos en las sesiones de quimioterapia. 
El ruso resultó ser de poca ayuda para José “el Pérbola” pero un gran lector de su libro color cereza. No podaba árboles ni quitaba malas hierbas. Tampoco pintó las fachadas de los huertos. Por las mañanas tomaba el sol en la terraza de la buhardilla con el torso al descubierto. Después de comer se sentaba en el sofá que había al lado de la butaca verde y leía junto a José “el Pérbola” hasta las cinco en punto. Araí ahora preparaba dos copas generosas de herbero fresco aunque a Vladimir se la llenaba un poco más y se la ofrecía con una sonrisa más grande. 
Habían llegado a acostumbrarse a la presencia apacible y callada del ruso y tenerlo cerca les gustaba a todos. Semanas después, cuando volvían la vista atrás y se acordaban de Vladimir, todos coincidían en la paz que desprendía aquel hombre tranquilo. 
Fue una mañana, pasados exactamente 19 días desde su llegada al pueblo, cuando los habitantes de las tres casas de José “el Pérbola” advirtieron que Araí y el ruso no bajaban a desayunar.
<<Ni café —dijo José “el Pérbola” al encontrarse la mesa del comedor vacía—. En esta casa no hay ni café para desayunar>>.
No volvieron a saber de ellos. 
Javi les dijo que su vieja moto había desaparecido del garaje. El ruso se llevó el libro color cereza, el cuenco de loza basta y el macuto color azul fuerte con poca ropa. Araí se llevo la moto y el corazón del ruso. Dejó una nota sobre la almohada de su cama deshecha donde les aclaraba que para ella era de vital importancia deshacer aquella comunidad familiar en la que se la explotaba e infravaloraba. Y que su deseo, a partir de entonces, era rodearse de gente que la quisiera y que la hiciese sentirse única e irrepetible, como era el caso de Vladimir.
José “el Pérbola” pidió a Raquel que llamase a la señora Aparicio y se volvió a casa sin desayunar. Subió a la buhardilla y se acostó en el colchón del ruso en medio de la estancia vacía. No quiso comer ni tampoco cenar. Le parecía mentira que pudiese sentir tanto la marcha del ruso. Un hombre al que apenas conocía unos días, un extranjero con el que solo podía comunicarse por medio de gestos, un inmigrante que había llegado al pueblo huyendo de vete a saber qué. La gente hablaba siempre de los inmigrantes con desconfianza, que si venían a abusar de los servicios sociales, que si colapsaban la seguridad social. No había que mezclarse mucho con ellos porque solo buscaban aprovecharse. Le chocaba este cambio de perspectiva. Él se había sentido en paz con la compañía silenciosa del ruso. Le daba rabia haber confiado en que se quedaría con él para siempre.
A media tarde subió Raquel y le trasmitió literal lo que la señora Aparicio había dicho: que a veces el Karma se torcía sin motivos y que iría a verlo al día siguiente por la mañana para intentar enderezarlo. Al verlo tumbado en la cama Raquel le preguntó a su cuñado si necesitaba algo más, si se encontraba bien. <<No se puede vivir del aire –dijo en su habitual tono pacato– en esta vida no se puede vivir del aire>>.
A Raquel le sorprendió el desvalimiento que desprendía la mirada de su cuñado, y se extrañó echando de menos la displicencia con las que solía tratarlos a todos.  Raquel era una mujer pausada y reflexiva, prudente y apocada. Era tímida y hablaba en un tono bajo y dulce inclinándose siempre hacia delante al hablar. Tenía la tez oscura y se peinaba de medio lado su cabellera rala y castaña. Sus dos pasiones eran la agricultura ecológica y la cultura asiática. Había vivido en la India muchos años; También en Sudamérica, pero echaba de menso sus raíces y un día decidió volver. Contaba que nunca había tenido una relación estable hasta se casó con Javi y esto ocurrió apenas tres meses después de su vuelta al pueblo. Raquel pensaba que de la vida en pareja no emanaba ninguna tranquilidad, más bien cierta angustia y desazón. Si trataba de imaginarse desde afuera se visualizaba como una equilibrista de circo tratando de mantener pelotas en el aire. Todos giraban en torno suyo buscando el calor de su protección y ella, que había vivido soltera hasta los 48 asistía entre perpleja y aprensiva a su recién estrenado rol. Cuando Javi no podía dormir por la noches se acurrucaba a su lado buscando el hogar que solo hallaba en el hueco de su abrazo. Si Araí necesitaba ropa interior acudía a ella e iban al mercado de puestos ambulantes que todos los lunes se montaba en el barranquet. Cuando su cuñado caía enfermo de gripe era ella la que acudía al médico de cabecera para pedir que lo visitaran en casa. Una noche que la pintora había salido con sus amigas apareció la hija con la mano envuelta en una toalla llena de sangre, se había cortado tratando de prepararse una fritanga de patatas con huevo y bacon. La subió rápida a su coche y le puso su chaqueta sobre los hombros porque hacia una noche de frió asqueroso. En la sala de urgencias del hospital, sola, mientras una enfermera cosía con puntos el corte de la niña, miró a su alrededor y vio a otras madres acompañantes. Aquella noche Raquel se sintió parte de una estirpe de mujeres singular, omnipresentes como Dios a lo largo de la historia, mujeres a las que la sociedad modelaba desde pequeñas responsabilizándolas de que el mundo no dejase de funcionar abriéndose en dos mitades.
Entró Javi y le recordó que aquella tarde debían preparar las cajas del grupo de consumo. Miró por un instante a su cuñado. <<¿Qué haces acostado? —dijo— ¡Será posible por un ruso mudo! ¡Valor tendrás!>> 
Javi era un hombre del campo. Tenía la piel tostada por el sol. Era de carácter afable aunque poco dado a la conversación. Raquel era su segunda esposa. Su primer matrimonio duró 17 años. La mujer había muerto de un infarto mientras dormía. No tuvieron hijos. Al quedarse viudo se volvió hosco y se encerró en si mismo. Finalmente estuvo ingresado en un hospital para enfermedades mentales. Al recuperarse, su hermana, la señora Camino, le pidió que se instalara en la casa de al lado que tenían vacía y sin arrendar. Estuvo varios años trabajando en collas de recolectores temporeros. Todas las mañanas a las cinco y media de la mañana acudía al bar El tirador y pedía un barrejat. Cuando su nombre era pronunciado por uno de los capataces se subía a la furgoneta y recogía fruta de sol a sol. Se acostumbro a guardar silencio, las cosas dolían menos cuando no se pronunciaban en voz alta. Si alguien le preguntaba cómo estaba sonreía y decía: bien, bien. La misma tarde que Raquel regresó de Nicaragua, Javi se presentó en su casa y la invitó a cenar. Hablaron de los viejos tiempos, de sus años de primaria, de la época en que cazaban ranas y cangrejos en la acequia del molino. Y les gustó detenerse ahí. Borraron todo lo que les había sucedido entre medias y desde ese día se hicieron inseparables. A la semana Raquel se trasladó a la casa que pertenecía a sus cuñados y a los tres meses, para dar gusto a la hermana de Javi, la señora Camino, se casaron en el juzgado. Fue una boda civil muy bonita donde se recitaron versos de Ángel González. Había una instantánea en el mueble del salón de José “el Pérbola” donde se veía a la señora Camino en el atril del juzgado recitando emocionada. Le gustaba decir a todas sus visitas que era momento en que ella decía aquello de:

sin cansarme jamás del fuego idéntico
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada

Fue Raquel la que, con sus modales amables y su tono de voz melódico, le metió en la cabeza la idea del grupo de consumo. Teniendo tierras como tenían su hermana y su cuñado era una lástima que Javi trabajase de temporero. Dinero no habría igualmente pero al menos podrían cultivar de forma ecológica. Raquel le habló de sentir orgullo al final del día y paz al dormir por las noches. Javi estuvo de acuerdo. Probaron a comprar las tierras a sus cuñados pero la señora Camino se negó en rotundo. Esas tierras estaban baldías y su hermano podía disponer de ellas como si fueran propias. <<La tierra para el que la trabaja>> dijo sin consultar a su marido.

Al día siguiente de la marcha del ruso la señora Aparicio se presentó en casa de José “el Pérbola”. Abrió la puerta con la llave que la difunta Sra. Camino le había dado <<por si un día pasaba algo>> y subió hasta la buhardilla. Descorrió las cortinas de un golpe seco y dejó que la luz del día cegara a José “el Pérbola”.
Se sentó al borde de la cama. 
—Estas viejo —le dijo—. ¡Viejo y chocho! Si te viera tu difunta…
La señora Aparicio había sido la mejor amiga de la extinta señora Camino. En vida les gustaba considerarse mutuamente amigas-medio-hermanas. De niñas jugaban juntas a la goma o a la comba en el patio del colegio, de adultas al parchís y al bingo en el centro social. La pintora y su hija, al igual que el ruso, habían llegado al pueblo y a casa de José “el Pérbola” de manos de la señora Aparicio. 
Hacía ya varios años que la señora Aparicio había tenido el capricho de hacerse retratar. Quería un cuadro al óleo de sí misma <<para encima de la chimenea —decía entreabriendo las manos y mirando al vacío— del salón de Villa Paqui>>. Villa Paqui era la finca de más de doscientas hectáreas que heredó tras la muerte de su madre. La señora Aparicio eligió para <<su proyecto>> a una pintora que, según dijo, venía muy recomendada desde la capital. Retrataba a famosas de la copla y a maestros del toreo y se rumoreaba que había hecho un retrato a la mismísima reina. Decían de ella que sabía captar la esencia de las personas con sus pinceles. La pintora quedó prendada del pueblo y de sus gentes. Sobre todo de la señora Aparicio con la que mantuvo una relación amorosa durante unos meses. 
<<Todo es aquí…—decía la pintora buscando las palabras— tan… rural>>.
No era cierto que en los pueblos todas las cosas se supiesen. Había quien sabía guardarse su intimidad. La señora Aparicio se enamoró perdidamente de la pintora. En su casa, su marido y sus hijos, apenas notaron cambios en el día a día pero si en su aspecto. Mamuchi, como la llamaban cariñosamente su marido y sus 3 hijos, parecía estar cada día más radiante. Desde la llegada de la pintora, todas las mañanas, se veía a la señora Aparicio vestida con ropa deportiva ajustada dar varias vueltas al perímetro del pueblo. Y como quiera que la equis por aquellos lares era una letra de difícil pronunciación, cuando la veían pasar con pantalones cortísimos, dos coletas, gafas de sol y calcetines hasta debajo de la rodilla la gente del pueblo murmuraba: <<Tiene “anoresia”, tiene “anoresia”>>.
El marido de la señora Aparicio, el señor Carlos, pensaba que hacer tanto ejercicio era una perdida de tiempo absoluta además de un gasto de dinero tonto en ropa deportiva. Sin embargo, en cuanto supo que en el pueblo se murmuraba que su Mamuchi tenía “anoresia” montó en cólera y regaló a su mujer tres chándales de la marca deportiva más cara que encontró. La señora Aparicio agradeció a su marido el detalle tan bonito que había tenido con ella. Él siempre la animaba en todo lo que emprendía. Colgó los tres chándales en el armario con pompa y boato y allí permanecieron el resto de sus días pues a la señora Aparicio le gustaban los pantalones cortísimos y las mallas apretadas.
—Esta todo arreglado —dijo la señora Aparicio a José “el Pérbola”— Esta tarde mismo llega en tren otro Vladimir. He llamado a una agencia que conozco en la ciudad y esta todo arreglado. Cuando un ruso se fuga por amor es justo y pertinente que venga otro en su lugar.

A las cinco menos cuarto salieron andando hacia la estación del tren. José “el Pérbola” con su chaqueta de lana desgastada y la señora Aparicio con sus mallas apretadas. 
—Deberías tirar a la basura esa chaqueta, comprarte ropa nueva. Con la edad te vuelves tacaño —dijo la señora Aparicio. Ella en cambio iba a la ciudad una vez al mes y compraba aquello que necesitaba—. El mes que viene te vienes conmigo y renuevas ropero.
José “el Pérbola” dijo a la señora Aparicio que él tenía mucha ropa, tanta como bocas que alimentar y que ir con ella a la ciudad le parecía, además de soporífero, poner en riesgo su vida tontamente. Todos en el pueblo sabían que la señora Aparicio no se veía un pimiento y que no llevaba gafas graduadas por coquetería. 
—Me veo perfectamente —dijo la señora Aparicio achinando los ojos—. A la gente de este pueblo el único ejercicio que le gusta hacer es el de mover la lengua ¡Ahí llega el tren!
Una hilera de 5 vagones de color verde musgo se detuvo junto a ellos. Ambos miraban a un lado y a otro pero no se veía a nadie. Se abrió la puerta de uno de los vagones y en su interior vieron a una mujer gruesa de rasgos moldavos. Era pelirroja, de piel blanquísima y ojos del color del Mar Caribe. 
El ruso resultó ser una rusa, dato que Mamuchi acogió con afectada extrañeza. Dijo <<Uy qué fallo>>. José “el Pérbola” quedó sin palabras. Apenas acertó a decir muy bajo <<Chorlita y botarate>>. La rusa al verlos en el anden se lanzó hasta ellos sin utilizar los escalones. Su salto fue diestro y atlético. Decidieron bautizarla como Karenina.

Victoriya Ledovskih, conocida desde su llegada al pueblo como Karenina, traía consigo algo más que un macuto de color azul fuerte. Dos voluminosas maletas de plástico duro auguraban que había venido para quedarse. Al llegar a la casa fue presentada a todo el clan. Todos estuvieron de acuerdo en que era mucho menos sonriente que Vladimir. <<Y más gorda>> dijo la hija de la pintora. Raquel propuso que ayudara en las tareas de casa y que se ocupara de las comidas. Ella le enseñaría a cocinar. José “el Pérbola” y la señora Aparicio mostraron la buhardilla a Karenina. 
—Aquí tienes tu habitación, tu armario, tu cama. 
La señora Aparicio señalaba cada objeto y vocalizaba muy despacio con evidente intención didáctica. Entonces Karenina habló por primera vez desde su llegada al pueblo. Dijo:
—¿Hay cucarachas?
José “el Pérbola” rió sonoramente. Dijo:
—Sí que hay, sí. De metro sesenta y aficionadas a la ropa deportiva.
Victoriya Ledovskih vivió en la casa de José “el Pérbola” durante algo más de un año. Al principio a José le parecía que la rusa no tenía parangón con Vladimir. No era aficionada a la lectura y tampoco a los baños de sol en la terraza de la buhardilla. Por el contrario era hacendosa y ordenada y se pasaba las horas ocupándose de las tres casas. Iba a comprar, pasaba la aspiradora, vaciaba vitrinas y limpiaba pieza por pieza la vajilla de navidad. Estaba en constante movimiento de sol a sol. Le gustaba ser la primera que se levantaba en la casa. Iba hasta el horno con el saco de pan de ganchillo colgado del brazo cuando aún no era de día y sonreía orgullosa cuando el panadero le decía: <<Aquí esta la mujer más madrugadora del pueblo>>. Cocinaba muy bien. Raquel, la pintora, su hija, Javi, todos estaban encantados. José “el Pérbola” aprendió a hallar paz en el constante trasiego de Karenina. Se sentía acompañado y atendido. También ridículo y mezquino. José “el Pérbola”era, por así decirlo, feliz, con la compañía en movimiento de Karenina.
La estudiante escuálida y triste, hija del señor Fusset, apareció un día buscando a la hija de la pintora. Por accidente se equivocó de casa y fue a llamar a la de José “el Pérbola”. Este al verla dijo: <<¡En esta casa solo hay gérmenes y virus y nos gusta chupar los periódicos!>> Acto seguido le cerró la puerta en las narices. 
La estudiante y la hija de la pintora se hicieron grandes amigas. Ambas tenían el pelo largo y liso y no paraban de atusárselo y manoseárselo todo el tiempo. Vestían con grandes sudaderas y pantalones pitillo por encima de los tobillos. Les gustaba agujerearse las orejas la una a la otra con una aguja que desinfectaban quemándole la punta con un mechero. Lucían entre cinco y seis agujeros en cada oreja. En alguno de ellos usaban dilatadores que permitían mirar el mundo a través de ellos como si se tratase de una mirilla. José “el Pérbola” cada vez que se cruzaba con ellas mascullaba <<Trogloditas>>. Ellas al verlo resoplaban y levantaban la parte derecha del labio superior. 
Un día, después de la comida, mientras José “el Pérbola” leía en la butaca verde, la estudiante y la hija de la pintora les anunciaron su nuevo deseo: querían hacerse un “septum”. Karenina puso cara de interrogación, la pintora bostezó. Sólo Raquel se atrevió a preguntar. Una perforación del tabique nasal con un pendiente, dijo la estudiante escuálida y triste. José “el Pérbola”, que tamborileaba sus dedos en el brazo de la butaca, se levantó y dijo: ¡Como los bueyes! Cerró el libro y salió hacia los huertos dejando en toda la estancia ese aire lívido que quedaba tras su marcha. Karenina arqueó un segundo las cejas y siguió fregando. La pintora dijo: <<Cuanto antes pasen por esto… >> y se fue a dormir la siesta. Raquel siguió secando los platos. Pensó que las entendía. Querían crecer y distinguirse. Transgredir. Se sentían de vuelta de todo y despreciaban el conocimiento de sus mayores. Sin embargo en su altiva sabiduría adolescente se escondía toda la ingenuidad del mundo. Y este pensamiento la llenó de vértigo.
Faltaban pocos días para el inicio del verano. Javi y Raquel volvían de entregar unas cajas de verduras cuando encontraron a Karenina tumbada en el sofá enroscada de dolor. Raquel le toco la frente. Ardía. Un sudor frío le perlada el bigote y le mojaba las sienes. Tenía los ojos vidriosos. Karenina se cogía la tripa y repetía <<queso rojo, queso rojo>>. La llevaron de urgencias al ambulatorio y desde allí una ambulancia la llevó al hospital. Tuvieron que hacerle un lavado de estómago. Al parecer Karenina, siempre hacendosa, siempre sacrificada, se había comido la corteza de cera del queso para ahorrar. La médica, una mujer morena, de pelo rizado y voz profunda, le dijo a Raquel que era mejor que se quedase 24 horas en observación. 
La pobre Karenina siempre hacendosa, siempre sacrificada, no se movía de la cama. Sólo miraba por la ventana el negro de la noche con el ceño fruncido. Raquel dijo que se quedaría con ella a pasar la noche. Javi asintió y dijo que era verdaderamente extraordinario ver a Karenina quieta. Los dos la miraron. Raquel se sentó en la butaca que había junto a la cama y la observó unos segundos. Pensó que incluso inmóvil y con la mirada fija en el vació parecía translucirse al observarla un movimiento socavado, como si una fuerza invisible orlase su externa parálisis: Karenina estaba curándose.
Al día siguiente acudió José “el Pérbola” con un ramillete de crisantemos violetas. Mamuchi también fue a verla y le llevó bombones. José “el Pérbola” dijo a la señora Aparicio si no había encontrado nada más apropiado que llevar tras una intoxicación alimentaria. La señora Aparicio observó que con la edad Jose “el Pérbola” era la viva imagen de la alegría de la huerta. Llegaron la pintora y su hija. Desde que había terminado la relación amorosa entre la señora Aparicio y la pintora se trataban con educada y distante corrección. Se saludaron con dos besos y la señora Aparicio dijo que iría a hablar con la médica de voz profunda para ver si a lo largo del día darían el alta a Karenina. La pintora acaricio con suavidad la cabeza de Karenina. La hija la besó en la mejilla. Tenía que curarse urgentemente o en la casa morirían todos de hambre. Karenina sonrió pero aún estaba débil, de lo contrario hubiese corrido a prepararle a la hija de la pintora su plato favorito: lentejas con chorizo. 
Dieron el alta a Karenina con la recomendación de que hiciese reposo. Al día siguiente los habitantes de las tres casas de José “el Pérbola” se levantaron con olor a café. Había pan del día y mermelada casera. También nueces y zumo de naranja recién exprimido. Todos empezaron el día con un sentimiento de felicidad recuperada.
José “el Pérbola” se acordaba de aquella mañana en que la señora Aparicio había aparecido con Vladimir en su casa y le había dicho que el ruso solo necesitaba un plato en la mesa y una cama con una manta. Pensó que la vida era muy curiosa y a veces, también, muy hermosa. 
Llegó el verano y con él la diáspora.  
La hija de la pintora y la estudiante escuálida y triste, para celebrar el fin del bachiller, se fueron a recorrer Europa en el Interrail. Tenía edad para hacerlo, dinero no, pero José “el Pérbola” subvencionó el viaje a las trogloditas. Dijo: <<Con tal de perderlas de vista>>.
La pintora volvió a su ciudad natal dispuesta a reencontrarse con la cultura y el bullicio que tanto echaba de menos, retirada como estaba a una vida rural. 
La señora Aparicio se marchó con su familia dos meses a Ibiza. Pasaban el verano en el Carta de ajuste, un pequeño y desvencijado velero, herencia de la familia de la señora Aparicio. Repartían el tiempo entre nadar en inaccesibles calas y el casino. La señora Aparicio lucía un moreno color ciruela y gastaba cantidades ingentes en el casino.
Javi y Raquel se trasladaron a la caseta que tenían a varios kilómetros del pueblo, una construcción destinada en un principio para almacenar aperos de labranza que verano tras verano ganaba más habitabilidad. 
En el pueblo sólo quedaron la hacendosa Karenina y José “el Pérbola”.  La actividad de Karenina no menguó por el hecho de que las casas estuvieran vacías. Al contrario, se embarcó en grandes limpiezas a fondo de rincones y recovecos a los que no llegaba con el ajetreo rutinario. 
José “el Pérbola” se preparó para el verano. Sacó de la estantería las tres trilogías que tenía de Robertson Davies: Salterton, Deptford y Cornish y las apiló encima de la mesa del salón. Nueve libros como nueve soles. Y la soledad acompañada del ajetreo constante de Karenina. 
Tomó A merced de la tempestad entre sus manos. Una imperceptible sonrisa le iluminó el rostro cuando pronunció su requerimiento a Karenina. Dijo: “Herberet”.

Pasó el verano.
La primera en regresar fue la pintora y lo hizo con el semblante serio de quien se incorpora a un trabajo alienante para el que no ha nacido. Encontró al “Pérbola” de muy buen humor y a Karenina bastante más gruesa. Trajo salazones de su tierra pero como no especificó a Karenina la forma de prepararlos esta los pasó por la plancha vuelta y vuelta y hubo que tirarlos a la basura. 
La pintora reanudó su trabajo en el estudio junto al gran ventanal que vertía luz natural justo encima de sus lienzos. Pero nada era ya lo mismo. El pueblo, otrora tan… rural, se le antojaba una ciénaga olvidada del mundo. Durante el verano, en su cuidad natal, se había enamorado de una joven estudiante de Bellas Artes delgada y altísima, 30 años más joven que ella. La veían vagar como alma en pena por la casa, apenas probaba la comida y lo más inquietante: se había comprado unos zuecos de enfermera y ya no andaba descalza con las plantas de los pies negras. << ¡Se ha enamorado! >> le dijo la señora Aparicio a José “el Pérbola” cuando lo llamó por teléfono para anunciar su próxima llegada. La señora Aparicio desde Ibiza estaba al corriente de todo por una amiga común que la telefoneaba. << 22 años tiene. Con rastas de esas llenas de piojos. Flaca, fea y sin un duro. Cuidado, Pérbola, que se te viene encima otra boca que alimentar>>. 
José “el Pérbola” temía más los celos de la señora Aparicio que la posibilidad de una nueva inquilina. Nadie en el pueblo, excepto José, estaba al corriente de la relación fallida entre la pintora y la señora Aparicio. Tras la muerte de la señora Camino, José era su único confidente. De todas formas nada hacia indicar ese desenlace pues a la pintora se la veía triste y cabizbaja, ebria de dolor, no expectante e ilusionada. Después de comer se sentaba junto a José y miraba el móvil constantemente. Karenina le rellenaba dos y hasta tres veces la copa de herbero que ahora tomaba junto a José. Empezó a preocuparles cuando vieron que había dejado de mezclar colores y hacía unas birrias de cuadros con machurrones estampados directamente del bote. En el estudio había varias botellas vacías de DYC. Hablaba con la boca pastosa y lloraba a hurtadillas constantemente. 
<< Vaya perra que has cogido este verano>> Le dijo una tarde José. La pintora dijo que el mundo acababa dónde empezaba la soledad absoluta. Y que no le importaba nada ni nadie, ni su hija, ni su arte. Solo quería estar cerca de Marisol, pero lo suyo era imposible. ¡Eran 30 años de diferencia!
<< El corazón no sabe de relojes>> trató de animarla “el Pérbola”. <<Si esa es la única traba ya estas tardando>>. 
Las siguientes en llegar fueron las trogloditas. Venían delgadísimas, parecía que no habían invertido el dinero del viaje en comer. Seguían atusándose el pelo y moviéndolo de un lado a otro sin parar pero la larga melena de la estudiante escuálida y triste peligraba, había venido llena de piojos. La hija de la pintora no apreció ningún cambio en su madre preocupada como estaba en mirarse el propio ombligo, perforado tras el viaje con un piercing. Contaron que habían conocido a unos chicos belgas a los que habían invitado a las fiestas del pueblo. Sería el último oasis antes de empezar la universidad.
Encontraron a Karenina más gorda ellas también. No entendían como en verano se podía ganar peso, con el calor lo único que apetecía era el gazpacho de bote. Bebían litros y litros a todas horas. Decían que les gustaba porque el de bote no sabía realmente a tomate. 
Raquel y Javi apuraron hasta el último minuto en la caseta. Allí no usaban ropa y se paseaban como Adan y Eva en el paraíso antes de tomar postre. Tampoco tenían baño y hacían sus necesidades por los bancales. Como ducha utilizaban una regadera que llenaban de una balsa de regadío llena de musgo. Para cocinar utilizaban un pequeño hornillo de butano o la leña y la nevera era de gas porque en la caseta no había enganche de luz. Por las noches, después de cenar, encendían una única vela y miraban el cielo estrellado, oscuro y de opacidad insondable. Cuando agotaban la vela daban por terminada la velada y se iban a dormir. Se despertaban con los primeros rayos de sol y se demoraban unos minutos deleitándose con el fresco de la mañana y el trino escandaloso de los pájaros que vivían en el gran pino que había junto a la caseta.  
En el pueblo, apurar hasta el último minuto era apurar hasta el mismo día en que empezaban las fiestas. Pero nadie, ni el más pintado, faltaba la última semana de agosto.
La señora Aparicio desembarcó el mismo día que Raquel y Javi: el 22 de agosto.
A todos les horrorizó su moreno color ciruela pasa y su rubio platino aclarado por las aguas de Ibiza.
<<No me importa que se haya enamorado. Podría ser su hija. Para mí supuso un consuelo muy grande, pero ya eso pasó>>.
Llegaron los jóvenes belgas atraídos por la fiesta española y por las trogloditas de pelo ondulante. Eran 5 y viajaban en una furgoneta volkswagen de color blanco que solo tenía 3 asientos delanteros y un somier de lamas con colchón dejado caer de forma precaria y sin ninguna fijación en la parte trasera. Mientras unos se sentaban en la parte delantera, los otros  viajaban tumbados durmiendo o leyendo. Había una palabra que en neerlandés y en español sonaba igual y significaba lo mismo: Gratis. Los belgas lo aprendieron rápidamente, fue como si esa palabra los hubiese hermanado con España. Concurso de paellas: gratis. Conciertos nocturnos: gratis. Exposición de bonsáis con vino de honor: gratis. Los belgas estaban encantados. 
El asunto de dormir se solventó rápido, se quedaban en casa de la pintora porque a su madre, con tal de que no le molestaran en la siesta…
Su madre anunció que se marchaba fuera todas las fiestas. No estaba de humor, no podía aguantar la alegría y el bullicio de la gente. Dijo que la masa cuando es masa se aborrega y su simple cercanía embrutece al individuo. La hija la miró unos segundos como quien intenta captar algún significado de un idioma que desconoce y le pidió que antes de irse comprase mucho gazpacho de bote, con tantos como eran iban a necesitar un camión entero de botes de gazpacho.
La pintora contó a José “el Pérbola” que se iba para intentar comprender qué es lo que buscaba en la vida, cuál era el significado último de su existencia. La joven estudiante de Bellas Artes no contestaba correos, mensajes ni llamadas. Para ella solo había sido una excentricidad de verano, liarse con una abuela, probar una madurita. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de volver a verla, no iba tras ella. Solo sentía que había en su interior una fuerza centrípeta que la conducía hasta su ciudad natal, que la atraía sin remedio hasta sus raíces. Volvería cuando acabase el barullo generalizado del pueblo y dejase de haber por las calles maltrato animal. No comprendía como en el siglo XXI seguían existiendo “bous al carrer”.
<<Esto sólo se soporta —dijo José “el Pérbola”— si has nacido y crecido en este pueblo. Ya quisiera yo haber nacido en Suiza>>.
Cuando lo supo la señora Aparicio montó en cólera. Le dijo a José que si le daba confianzas a la pintora, si se hacían ahora confidentes, allí se le plantarían las dos, ella y “la rastas con sus piojos”, y no habría forma de sacarlas, dijo, ni con agua caliente. 
Por lo demás la señora Aparicio estaba ocupadísima en fiestas. Comida en la comparsa, desfile por la noche, invitación del alcalde al salón protocolario para celebrar el 25 aniversario de su “filà"… Las fiestas de su pueblo eran un no parar, a ella le encantaban. Su comparsa era la de los ricos del pueblo, un espacio donde año tras año la familia Aparicio lucía su poderío despilfarrando en festejos millares de euros.
Karenina no encanjó bien la llegada de los belgas. Tenían la casa llena de cajas de pizzas vacías, ceniceros rebosantes de colillas y ropa sucia esparcida por todas partes. Un absoluto caos. Se acostaban al alba y dormían durante el día por lo que ella no tenía tiempo de limpiar. La hija de la pintora había tomado prestada la habitación de la madre y dormía en ella con la estudiante escuálida y triste, hija del señor Fusset, y con un belga moreno, alto, de ojos oscuros y almendrados. 
<<Casa sucia. Cama tres. Dormir todo día.>> Decía Karenina a José con cara de pocos amigos. El Pérbola ponía los ojos en blanco, se encogía de hombros y decía: <<Trogloditas en fiestas… ya quisiera yo haber nacido en Suiza>>.
Raquel y Javi salían en las danzas tradicionales del pueblo bailando la Jota de los Contrabandistas. Todas las noches el grupo de danza ensayaba en casa de Raquel y Javi y se montaba bastante alboroto. Después del ensayo armaban varios tableros con caballetes y hacían lo que en el pueblo se llamaba “sopar de cabasset”. Cada uno traía su cena y algo para compartir por lo que la juerga se extendía hasta las tantas.
Karenina, acostumbrada como estaba a la soledad del verano y a tenerlo todo más limpio que una patena, estaba malhumorada y malcarada. Y pagaba su enfado con el que tenía más a mano: Jose “el Pérbola”, a sus ojos responsable de todo el desastre que ocurría en las tres casas.
– Tú dueño –decía empuñando su escoba con gesto amenazante– tú culpa. 
José se encogía de hombros. 
–¿Y yo qué quieres que le haga? Esto es España y la fiesta todo lo puede. Ya quisiera yo haber nacido en Suiza.
A Karenina se la observaba cada vez más triste y desanimada. Entre el gentío del pueblo alcoholizado contrastaba como una auténtica extranjera y su vitalidad y su fuerza menguaban a pasos agigantados. De un día para otro su cuerpo parecía ganar peso de forma alarmante: tenía la cara hinchada y redonda, y el gesto diferente, como si su constante vitalidad interior estuviese siendo absorbida por una rémora. 
El día del Cristo, fiesta patronal que ponía el colofón a una semana de festejo alcoholizado, Karenina anuncio que se marchaba. Lo hizo en ante la atenta mirada resacosa de toda la familia justo cuando servía los platos de la “cassola” un arroz típico del último día de fiestas.
Dijo: <<Yo marchar mi tierra>>, y golpeó secamente el plato con el cucharón de servir.
Raquel, Javi, José “el pérbola”, las trogloditas y los belgas se miraron unos a otros sin comprender. 
Puso delante el plato a José y comenzó a servir el siguiente.
Entonces dijo: <<Yo embarazada. Ir con mi madre>>.


En casa de José “el pérbola” nunca supieron quién era el padre del niño que esperaba Karenina y durante un tiempo dudaron de si era verdad aquello del embarazo o había sido una simple excusa para marcharse dejándolos atrás. Y aquella duda se respondió meses después, por Navidad, cuando el cartero llevó a casa de José “el pérbola” una carta de Karenina con una foto de ella con su hija en brazos. Tenía, como su madre, el pelo pelirrojo, la tez blanquísima y los ojos del color del Mar Caribe.

CENA DEL DIA DEL TRABAJO (ALICE MUNRO)



  Justo antes de las seis de la tarde, George y Roberta, Angela y Eva salían de la camioneta de George (cambió su coche por una camioneta cuando se trasladó al campo) y cruzaron el patio delantero de Valerie, bajo la sombra de dos apartados y espléndidos olmos que han sido costosamente conservados. Valerie dice que aquellos árboles le han costado un viaje a Europa. La hierba que tienen debajo se ha mantenido verde durante todo el verano y está rodeada de dalias rojas. La casa es de ladrillo de un rojo apagado y alrededor de las puertas y de las ventanas hay un contorno decorativo de ladrillos de un color más claro, que originalmente eran blancos. Este estilo se encuentra a menudo en Grey Country; quizá fuese especialidad de alguno de los primeros constructores.

  George lleva las sillas plegables de linón que Valerie les pidió que llevasen. Roberta lleva el postre, un helado de frambuesas hecho con las que cogieron en su propia granja (en la granja de George) a principios del verano. Lo ha rodeado de cubitos de hielo y lo ha envuelto en paños de cocina, pero está deseando meterlo en el congelador. Angela y Eva llevan botellas de vino. Angela y Eva son las hijas de Roberta. Roberta y su esposo han quedado en que pasen los veranos con ella y con George, y el curso escolar en Halifax con él. El marido de Roberta está en la Marina. Angela tiene diecisiete años; Eva doce.

  Esas cuatro personas van vestidas de un modo que sugiere que van a cenas distintas. George, que es un hombre robusto, moreno y de ancho tórax, con una apariencia intimidante y profesional de confianza en sí mismo y de impaciencia (antes era profesor), lleva una limpia camiseta y unos pantalones indefinidos. Roberta lleva unos pantalones de algodón color tostado claro y una camiseta suelta y sin mangas de seda cruda color marrón ladrillo (un color que le va muy bien al oscuro color de su pelo y a su blanca piel cuando está en plena forma; pero hoy no lo está). Cuando se arregló en el cuarto de baño, pensó que su piel parecía un trozo de papel encerado que había sido arrugado hasta hacer una bola apretada para luego volverlo a alisar. Estaba momentáneamente contenta con su delgadez y tenía pensado ponerse un sedoso corpiño plateado sin mangas, una broma sugestiva, pero en el último momento cambió de idea. Lleva gafas oscuras y es porque le ha dado por tener ataques de llanto, nunca en los momentos realmente malos, sino en medio; los ataques son tan espontáneos como los estornudos.

  En cuanto a Angela y a Eva, van teatralmente ataviadas con prendas inventadas sacadas de una caja de cortinas viejas que han encontrado en el piso de arriba de la casa de George. Angela lleva un tejido de damasco verde esmeralda a rayas largas y descoloridas por el sol, envuelta de manera que deja al desnudo un hombro dorado. Ha cortado hojas de parra del mismo damasco, las ha pegado sobre cartulina y se las ha puesto en el pelo. Angela es alta y de pelo rubio, y está desconcertada con su recientemente adquirida belleza. Se toma muchas molestias para hacer ostentación de la misma, como ahora, y luego se ruboriza, frunce el entrecejo y parece obstinadamente insultada cuando alguien le dice que parece una diosa. Eva lleva unas cuantas cortinas de encaje frágiles y amarillentas, envueltas, unidas y atadas con alfileres, cintas y ramilletes de polemonios silvestres, ya caídos y desparramados. Una de las cortinas está prendida alrededor de la frente y le cuelga por detrás, como un velo nupcial de los años veinte. Se ha puesto unos pantalones cortos debajo, por si alguien pudiera vislumbrar sus bragas a través del velo. Eva es puritana, extravagante: una acróbata, una parodista, una optimista, una alborotadora. Su rostro, bajo el velo prendido, está sensualmente pintado con sombra verde, un pintalabios oscuro, colorete y rimmel. Los violentos colores acentúan su aspecto infantil de atolondramiento y coraje.

  Angela y Eva han viajado aquí en la parte trasera de la camioneta, echadas sobre las sillas de linón. Sólo hay unos cinco kilómetros desde la casa de George hasta la de Valerie, pero a Roberta no le parecía que fuese seguro viajar así, quería que se bajasen y se sentaran en el suelo de la camioneta. Para su sorpresa, George habló a su favor, diciendo que sería ignominioso para ellas tener que acomodarse en el suelo con sus galas. Dijo que conduciría despacio y que evitaría los baches, y así lo hizo. Roberta estaba algo nerviosa, pero la tranquilizó el verle tan favorablemente dispuesto e indulgente con las mismas cosas (teatralidad y exhibicionismo) que ella había esperado que le molestasen. Ella misma había dejado de llevar faldas largas y túnicas por lo que decía que le disgustaba ver a las mujeres arrastrándose por ahí de esa guisa, lo que le indica, dice, no sólo la intención de una mujer de no realizar un trabajo serio, sino también su persistente deseo de ser admirada y cortejada. Este es un deseo con el que George no tiene paciencia y en el que ha gastado energía, durante toda su vida adulta, para frustrarlo.

  Roberta pensó que después de hablarles a las chicas de aquella forma tan amable y de haberlas ayudado a subir a la camioneta, hablaría con ella cuando entrase en la cabina, que incluso podría cogerle la mano, barriendo sus crímenes ocultos, pero no sucedió. Encerrados juntos, conduciendo por las carreteras de gravilla caliente y a un paso casi fúnebre, estaban inmovilizados por un silencio devastador. Al filo del silencio, Roberta se siente encoger como una hoja amarillenta. Sabe que ésa es una imagen histérica. También histéricas son las ganas de gritar, de abrir la puerta y tirarse sobre la grava. Debería esforzarse en no ser histérica, en no exagerar. Pero seguramente es odio, ¿qué otra cosa puede ser?, lo que George está elaborando ininterrumpidamente y vertiendo sobre ella, y seguramente es un gas mortífero. Intenta romper el silencio, chasqueando ligeramente la lengua de preocupación mientras aprieta los paños sobre el helado y luego suspirando, un ruidoso suspiro de imitación que quería sonar a cansancio, contento y comodidad. Viajan entre altas cosechas de maíz y ella piensa en lo feo que se ve el maíz, una cosecha monótona, de hojas ásperas, un ejército ridículo. ¿Cuánto tiempo hace que dura esto? Desde ayer por la mañana: lo notó en él antes de que se levantasen de la cama. Salieron y se emborracharon la noche anterior para intentar mejorar las cosas, pero el descanso no duró.

  Antes de que salieran para casa de Valerie, Roberta estaba en el dormitorio, ajustándose el corpiño, y George entró y le dijo:

  —¿Eso es lo que te vas a poner?

  —Eso es lo que pensaba, sí. ¿No se ve bien?

  —Tienes los brazos fláccidos.

  —¿Sí? Me pondré algo con mangas.

  En la camioneta, ahora que ella sabe que él no va a hacer las paces, se permite escucharle diciéndole aquello. Hay en su voz una cruel satisfacción. La satisfacción de ventilar el asco. Le repugna el envejecimiento del cuerpo de ella. Eso se podía haber previsto. Ella empieza a tararear algo, sintiendo la ligereza, la libertad, la gran ventaja táctica de ser la persona a quien se le ha hecho el agravio, el cortante desafío, la imperdonable cosa dicha. Pero supongamos que a él no le parece que sea imperdonable, supongamos que a sus ojos ella es la única imperdonable… Ella es siempre la culpable, los desastres la sorprenden diariamente. Antes, en cuanto percibía algún deterioro buscaba remediarlo tenazmente. Ahora los remedios traen más problemas. Se pone crema en las arrugas frenéticamente, y su cara se llena de manchas, como la de una adolescente. El régimen que hizo hasta que tuvo la cintura lo suficientemente delgada como para agradar le produjo una apariencia demacrada en las mejillas y el cuello. Los brazos fláccidos, ¿cómo se pueden ejercitar?, ¿qué hay que hacer? Ahora hay que pagar, ¿y por qué? Por vanidad. Incluso a duras penas por eso. Sólo por tener una vez uno de esos agradables aspectos, y dejar que hable por ti, sólo por permitir que un arreglo de pelo y de hombros y de pecho tenga su efecto. No se detiene una a tiempo, en vez de eso no sabe una qué hacer, se queda una expuesta a la humillación. Eso piensa Roberta, sintiendo compasión de sí misma, lo que ella sabe que es autocompasión, subiendo y arremolinándose en su amarga bilis.

  Tiene que irse, vivir sola, llevar mangas.

  Valerie les llama desde una ventana con las persianas bajadas, bajo la parra:

  —Entrad, entrad. Me estoy poniendo las medias.

—¡No te pongas medias! —gritaron George y Roberta a la vez. Por el sonido de sus voces hubiera parecido que durante todo el camino de venida han estado ocupados en una conversación tierna y animada.

  —No te pongas las medias —protestaron Angela y Eva.

  —Bueno, está bien. Si hay tanta predisposición contra las medias —dice Valerie tras la ventana—. Ni siquiera me pondré vestido. Vendré tal como estoy.

  —¡Eso no! —grita George, y se tambalea, levantando las sillas de linón a la altura de su cara.

  Pero Valerie, que aparece en el umbral, está maravillosamente vestida, con un traje suelto color verde, oro y azul. Ella no tiene que preocuparse por la opinión de George acerca de los vestidos largos. Ella está libre de culpa de todos modos, porque nunca se podría decir que Valerie está buscando ser cortejada ni admirada. Es una mujer alta, de poco pecho, cuya cara larga y ordinaria parece resplandecer de agrado, de impaciente comprensión, de humor, inteligencia y aprecio. Su cabello es grueso, canoso y rizado. Este verano se lo cortó excesivamente, de modo que lo que le queda es un corte de pelo masculino y rizado, que revela su cuello, lleno de nervaduras, las arrugas en el inicio de las mejillas y sus largas y aplastadas orejas.

  —Creo que parezco una cabra —dice—. Me gustan las cabras. Me gustan sus ojos. ¿No sería maravilloso tener esas pupilas horizontales? ¡Grotesco!

  Sus hijos le dicen que ya es lo bastante grotesca.

  Aquí llegan ahora los hijos de Valerie, mientras George, Roberta, Angela y Eva entran en el vestíbulo a la vez, Roberta diciendo que el hielo se le está derritiendo y que debe meter su ambiciosa mixtura en el congelador. Primero Ruth, que tiene veinticinco años, mide más de metro ochenta y se parece mucho a su madre. Ya ha dejado de querer ser actriz y está aprendiendo a enseñar a niños desequilibrados. Lleva los brazos llenos de varas de San José, zanahorias silvestres y dalias, malas hierbas y flores todas mezcladas, las arroja al suelo del vestíbulo con un gesto teatral y abraza el helado.

  —¡Postre! —dice cariñosamente—. ¡Oh qué bien! ¡Angela, estás increíblemente preciosa! Eva también. Sé quién es Eva. ¡Es la novia de Lammermoor!

  Angela admite, incluso le encanta, el elogioso manifiesto de Ruth, porque Ruth es la persona a quien más admira del mundo; probablemente la única persona a quien admira.

  —¿La novia de quién? —pregunta Eva, feliz—. ¿La novia de quién?

  David, el hijo de veintiún años de Valerie, estudiante de historia, está en la puerta de la salita, sonriendo con tolerancia y afecto ante la excitación. David es alto y delgado, de cabello y piel morenos, como su madre y su hermana, pero él es pausado, habla despacio, nunca se precipita. En este hogar de muchos controles y equilibrios delicados es digno de atención el que las animadas y abiertas mujeres se sometan a la consideración de David, de un modo ceremonioso, pareciendo solicitar el gesto de su protección, aunque la misma protección es algo que no es probable que necesiten.

  Cuando los saludos decaen, David dice:

  —Esta es Kimberly —y presenta a cada uno de ellos a la mujer joven que tiene bajo el brazo. Está muy bien proporcionada, es bonita y lleva una falda blanca y una camisa rosa de manga corta. Lleva gafas y no va maquillada. Tiene el pelo corto, liso y cuidado, de un agradable castaño claro. Estrecha las manos de cada uno de ellos y les mira a todos a los ojos, a través de sus gafas, y aunque sus maneras son absolutamente educadas, incluso sumisas, da una ligera sensación de ser una persona oficial saludando a los miembros de una delegación ingobernable y estrafalaria.

  Valerie hace años que conoce a George y a Roberta. Los conocía mucho antes de que ellos se conocieran. Ella y George formaban parte de la junta directiva de la misma escuela secundaria de Toronto. George era jefe del departamento de arte; Valerie era asesora de la escuela. Ella conocía a la esposa de George, una mujer nerviosa y bien vestida, que se mató en un accidente aéreo en Florida. George y su esposa ya estaban separados para entonces. Y, desde luego, Valerie conocía a Roberta porque el marido de Roberta, Andrew, es su primo. Nunca se preocuparon mucho el uno del otro, y cada uno de ellos ha descrito al otro a Roberta como un palo. Andrew decía que Valerie era un palo de aspecto estrafalario y completamente asexuada, y cuando Roberta le dijo a Valerie que le dejaba, Valerie dijo:

  —Oh, qué bien. Es tan palo…

  A Roberta le gustó encontrar tal comprensión y no tener que buscar razones aceptables; aparentemente Valerie pensaba que el que fuera un palo era razón suficiente. Al mismo tiempo Roberta deseaba defender a su esposo y preguntar cómo demonios Valerie podía presumir de saber si era un palo o no lo era. No puede evitar desear defenderle, le parece que él tuvo muy mala suerte al casarse con ella.

  Cuando Roberta se trasladó y dejó Halifax se fue a vivir con Valerie en Toronto. Allí conoció a George, y él la llevó a visitar su granja. Ahora Valerie dice que ellos son creación suya, el resultado de sus actividades de casamentera totalmente accidentales.

  —Fue la primera vez que vi al amor hacer eclosión tan cerca —dice—. Era como mirar un amarilis. Sorprendente.

  Pero Roberta tiene la idea de que, por mucho que les quiera a los dos y les desee bien, el amor es realmente algo de lo que Valerie podría pasarse sin que se lo recordaran. En compañía de Valerie una se pregunta a veces de qué va todo el jaleo. La misma Valerie se lo pregunta. Su vida y su presencia, más que cualquier opinión de las que expresa, te recuerdan que el amor no es amable ni honesto y que no contribuye a la felicidad de ninguna forma fiable. Cuando le habló a Roberta de George (eso fue antes de que supiera que Roberta estaba enamorada de él), Valerie dijo:

  —Es un hombre realmente misterioso. Creo que es muy idealista, aunque no le gustaría oírme decir eso. Esa granja que ha comprado. Esa vida autosuficiente, aislada y productiva en el campo.

  Siguió hablando de cómo él había sido criado en Timmins, hijo de un zapatero húngaro, el menor de seis hermanos, el primero en terminar la escuela secundaria, y por supuesto la universidad.

  —Es la clase de persona que sabría qué hacer en una pelea callejera, pero que no sabe nadar. Trajo a su anciano, gruñón y encorvado padre a Toronto y le cuidó hasta que murió. Creo que deja a las mujeres con bastante dureza.

  Roberta escuchó todo esto con gran interés y pasándolo básicamente por alto, porque lo que otras personas sabían de George ya le parecía que no tenía importancia. Estaba alarmada y encantada. Enamorarse no era algo con lo que ella hubiese contado. Todo lo más que había esperado era una vida como la de Valerie. Había ilustrado un par de libros de niños y pensó que podría tener más encargos; podría alquilar una habitación en Beaches, en la zona este de Toronto, pintar las paredes de blanco, sentarse en cojines en lugar de sillas y aprender a ser autodisciplinada e indulgente consigo misma, como pensó que las personas solitarias debían de serlo.

  Valerie y Roberta atraviesan la casa llevando una botella de vino frío y dos de las copas de agua de la abuela de Valerie. Roberta cree que la casa de Valerie es exactamente en lo que la gente piensa cuando dice con anhelo «una casa en el campo», o más especialmente, «una granja antigua de ladrillo». El cálido ladrillo, rojo pálido, con el adorno de ladrillo claro, las parras y los olmos, los suelos lijados, los tapices colgados y las paredes blancas, el desportillado aguamanil en una cómoda maciza frente a un espejo empañado. Desde luego, Valerie ha tenido quince años para hacer aquello. Ella y su esposo compraron la casa para el verano, y luego, cuando él murió, ella vendió su casa de la ciudad, se mudó a un piso y dedicó su dinero y su energía a esto. George había comprado la casa y la tierra hacía dos años, habiéndole dado a conocer esta parte del país Valerie, y hacía catorce meses que había dejado el trabajo de sus clases y se había trasladado allí para siempre. Al poco de esa mudanza llegó su primer encuentro con Roberta. El pasado diciembre se fue a vivir con él. Ella pensó que les costaría aproximadamente un año arreglar la casa, y entonces George podría volverse a poner a esculpir. Escultor es lo que realmente quiere ser. Por eso es por lo que quería dejar de dar clases y vivir modestamente en el campo, cultivar muchas verduras, tener pollos. Todavía no ha empezado con los pollos.

  Roberta tenía la intención de seguir ilustrando libros. ¿Por qué no lo ha hecho? Ni tiempo, ni dónde trabajar (sin sitio, sin luz, sin mesa). Sin momentos claros de autoridad, ahora que la vida ha puesto sobre ella esta nueva clase de garra.

  Lo que han hecho hasta ahora, lo que George ha hecho, mayormente, mientras Roberta barre y cocina, es poner un nuevo tejado en la casa, instalar ventanas de marcos de aluminio, echar saco tras saco de polvoriento aislamiento de guijarros en el espacio de detrás de las paredes, fijar láminas amarillas de fibra de vidrio de aspecto lanoso contra el tejado de la buhardilla, limpiar todos los tubos de la chimenea, substituir parte de ellos y enladrillar de nuevo parte de la chimenea, reponer los aleros podridos. Después de todas estas reparaciones esenciales y laboriosas la casa sigue sin ser atractiva por fuera, revestida con su ladrillo de imitación rojo oscuro, y con su porche hundido, lleno de montones de leña nueva secándose, de madera vieja recuperada y de láminas suplementarias de fibra de vidrio y desechos útiles. Y dentro está oscuro y huele a rancio. Roberta quisiera levantar el linóleo y arrancar el deprimente papel de la pared; pero todo debe hacerse en orden y George ha establecido el orden; no sirve de nada levantar y arrancar hasta que la instalación eléctrica y el aislamiento no hayan sido terminados y se  haya reconstruido el armazón de la casa. Últimamente ha estado diciendo que antes de comenzar por el interior de la casa o de poner las tablas de forro en el exterior tiene que hacer un trabajo más importante en el granero; si no apuntala y refuerza la estructura de las vigas todo el edificio podría venirse abajo con las tormentas del próximo invierno.

  Además de esto está el jardín: el manzano y el cerezo (que han sido podados), los tallos de las frambuesas (que se han eliminado) el césped (que ha sido replantado, recuperado de pedazos de hierba alta y silvestre y pedazos de suelo pelado) y guijarros bajo la sombra de algunos pinos desiguales. Al principio Roberta tenía una idea de toda la casa en la mente, de todas las cosas que se habían hecho, de las que se estaban haciendo, y de las que todavía quedaban por hacer. Ahora no piensa en el trabajo de ese modo, no tiene una idea general del mismo, sino que se queda en la cocina y hace los trabajos según aparecen. Encargarse de los productos de la huerta, hacer salsa de chile, preparar tomates, pimientos, judías y maíz para congelarlos, hacer zumo de tomate y mermelada de cerezas, le ha llevado un montón de tiempo. A veces mira el congelador y se pregunta quién se comerá todo aquello, ¿George y quién más? Puede sentir sus propios derechos encogiéndose.

  La mesa está puesta en la larga galería cerrada en la parte de atrás de la casa. Valerie y Roberta salen por una puerta al final de la misma, bajan unos pequeños escalones y se dirigen hacia una pequeña zona de suelo y paredes de ladrillo que Valerie ha hecho hacer este verano, pero a la que no le gusta llamar patio. Dice que no se puede tener un patio en una granja. Aún no ha decidido cómo le gustará llamarla. Tampoco ha decidido si poner pesadas sillas de madera y de linón, cuyo aspecto le gusta, o cómodas y livianas sillas de metal y de plástico, como aquellas que han llevado George y Roberta.

  Echan el vino y levantan los vasos, los anchos y antiguos vasos de agua en los que les encanta beber vino. Pueden oír a Ruth, a Eva y a Angela riendo en el dormitorio de Ruth. Ruth ha dicho que tienen que ayudarla también a disfrazarse, va a pensar en algo que las va a superar a todas. Y pueden escuchar el sonido sibilante de la guadaña que ha traído George para cortar la alta hierba y los lampazos de alrededor del pequeño establo de piedra de Valerie.

  —El establo sería un precioso estudio —dice Valerie—. Debería alquilárselo a un artista. George, ¿a ti? Te la alquilaría por segar y por un helado de frambuesas. Aunque George va a hacer un estudio en el granero, ¿no?

  —Con el tiempo —dice Roberta.

  Ahora todo el trabajo de George está en la fachada de la casa, en la antigua sala de recibo. Algunas piezas terminadas y casi terminadas están allí, cubiertas con sábanas polvorientas y también algunos bloques de madera (George trabaja sólo en madera), un gran pedazo de roble desecado y trozos de nogal ceniciento y de cerezo secados al horno. Su sierra de cortar, escoplos y gubias, el aceite de linaza, la trementina, la cera de abejas y las resinas están todas allí, con las tapas polvorientas y bien cerradas. Eva y Angela daban vueltas alrededor y, puestas de puntillas sobre los escombros y la maleza, miraban por la ventana delantera las cubiertas formas.

  —Uf, se ven espantosas —le decía Eva a George—. ¿Qué son por debajo?

  —Donuts de madera —decía George—. Escultura pop.

  —¿De veras?

  —Una patata y un bebé de dos cabezas.

  La siguiente vez que fueron a mirar se encontraron con una sábana clavada sobre la ventana. Era una sábana de color grisáceo, rota por la parte superior. A cualquiera que pasara por allí le haría ver la casa todavía más triste y abandonada.

  —¿Sabéis que tenía cigarrillos? —dice  Valerie—. Tengo medio cartón. Lo escondí en el armario de mi habitación.

  Ha enviado a David y a Kimberly a la ciudad, diciéndoles que no le quedaban cigarrillos. Valerie no puede dejar de fumar, aunque toma pastillas de vitaminas y tiene cuidado de no comer nada con colorante alimenticio rojo.

  —No he podido pensar en nada más que decirles que me faltaba, y quería que se marcharan un rato. Ahora no me atrevo a fumar o  lo notarán cuando regresen y sabrán que he mentido. Y necesito uno.

  —Bebe, en lugar de fumar —dice Roberta. Cuando llegó allí pensó que no podría hablar con nadie; iba a decir que le dolía la cabeza y a preguntar si podía echarse. Pero Valerie la tranquiliza, como siempre. Valerie hace interesante lo que no es soportable.

  —Entonces, ¿cómo estás? —pregunta Valerie.

  —Ohhh —dice Roberta.

  —La vida sería maravillosa si no fuese por las personas —dice Valerie malhumoradamente—. Eso suena a cita, pero creo que lo acabo de inventar. El problema es que Kimberly es cristiana. Bueno, está bien. Podríamos utilizar a una o dos cristianas. En cuanto a eso, yo no soy anticristiana. Pero ella es una cristiana muy notable, ¿no crees? Estoy asombrada de lo miserable que me hace sentir.

  George está disfrutando de la siega. Por una cosa, le gusta trabajar sin espectadores. Siempre que trabaja en casa esos días, es consciente de una multitud de mujeres que le observan. Aunque no estén a la vista, nota como si le estuvieran mirando, descansando, mirando sus trabajos con perplejidad y distracción. Él admite, si lo piensa, que Roberta hace algún trabajo, aunque no ha hecho nada para ganar dinero que él sepa; no se ha puesto en contacto con los editores y no ha trabajado en ideas propias. Permite que sus hijas no hagan nada en todo el día, en todo el verano. Ayer por la mañana se levantó sintiéndose cansado y desanimado: se había ido a dormir pensando en el trabajo que tenía que hacer en el granero y su preocupación había penetrado en sus sueños, que estaban llenos de hundimientos, cálculos erróneos y falsedades estructurales, y salió a la pérgola, con idea de tomarse allí los huevos y pensar en los trabajos del día. Aquella superficie es la única que ha construido hasta ahora, el único cambio que ha hecho en la casa. La hizo la primavera pasada en respuesta a las quejas de Roberta acerca de la oscuridad de la casa y de su mala ventilación. Él le dijo que la gente que construía esas casas trabajaba tanto al sol que nunca pensaron en sentarse a tomarlo.

  Salió entonces a la pérgola, llevando su plato y su jarra, y ya estaban allí las tres. Angela iba vestida con unos leotardos color azul zafiro, hacía ejercicios de ballet en la baranda de la pérgola. Eva estaba sentada con la espalda contra la pared de la casa, sacando con la cuchara copos de salvado de un bol de sopa; lo hacía con tal entusiasmo que muchos se derramaban sobre el suelo de la pérgola. Roberta, en una hamaca, tenía la sempiterna jarra de café agarrada entre las manos, una rodilla arriba y la espalda doblada, y con las gafas de sol puestas, parecía tensa y afligida. Él sabe que llora detrás de esas gafas. Le parece que ella ha dejado que sus hijas le saquen la vitalidad del cuerpo. Se pasa el tiempo apaciguándolas, recogiendo detrás de ellas; tiene que rogarles que se hagan la cama y limpien sus habitaciones; la ha oído rogarles que recojan los platos sucios para poder lavarlos. O eso es lo que le parece oír. ¿Es esta la forma de criar a los hijos de la clase media? Ahora ella está admirando a Angela, admirando pacientemente a su propia hija, la pierna desnuda, levantada y dorada, el perfil desdeñoso. Si cualquiera de sus hermanas se hubiese atrevido a hacer una exhibición semejante, su madre les hubiera zurrado.

  Angela bajó la pierna y dijo:

  —¡Saludos, amo!

  —No te veo golpeándote la cabeza contra el suelo —dijo George. Normalmente bromeaba con las chicas, no importaba cómo se sintiera. Tenía costumbre de hacer bromas rudas, y había tenido mucho éxito en la clase, donde había mantenido un carácter algo exagerado, en ocasiones cruel, y siempre entretenido. Lo había hecho también con la mayoría de los demás profesores, expresando su desprecio por ellos de un modo tan pintoresco que no podían creer que realmente lo hiciera con intención.

  A Eva le encantaba representar cualquier sugerencia de esa clase. Se estiró cuan larga era sobre la pérgola y se dio fuerte con la cabeza contra las tablas.

  —Te vas a hacer un chichón —dijo Roberta.

  —No. Sólo me voy a hacer una lobotomía.

  —George, ¿te das cuenta que dentro de unos cuantos días nos habremos ido? —dijo  Angela—. ¿No se te parte el corazón?

  —En dos.
—¿Pero dejarás que mamá cuide de Diana cuando nos hayamos ido? —dijo Eva levantándose y palpándose la cabeza en busca de golpes. Diana era una gata extraviada que alimentaba en el granero.

  —¿Qué quieres decir, con «dejarás»? —dijo Roberta, y George al mismo tiempo dijo:

  —Por supuesto que no. La ataré a las patas de la cama si alguna vez intenta acercarse al granero.

  Esta gata es un punto sensible. Si Angela considera la granja como un escenario para sí, o a veces como la Naturaleza, una engendradora de pensamientos y poemas, ante la que ella se rinde vagando y soñando, Eva la ve como un lugar en el que cuidar animales, con un poco de la atención sobrante para insectos, peces y babosas. Ambas la consideran, ciertamente, como un lugar de vacaciones, puesto ante ellas para cualquier uso o disfrute que puedan conseguir. Ninguna de ellas ve los trabajos que esperan ser hechos delante de sus narices. Eva ha pasado el verano acechando marmotas y conejos, atrapando ranas y dejándolas ir, cogiendo peces en un tarro, intentando imaginar cómo podría albergarse a varios animales en el granero. George la hace responsable, por la misma fuerza de su deseo, de atraer al ciervo fuera del bosque, de modo que tuvo que dejar todo lo que estaba haciendo y construir una valla de alambre de dos metros y medio alrededor del huerto. El único animal que ha conseguido instalar en el establo es a Diana, delgada como un palo, fea y medio sal vaje, cuyas mamas colgantes indican que mantiene a una familia de gatitos en alguna parte. Eva se ha pasado gran parte del tiempo intentando descubrir el paradero de estos gatitos.

  George considera la gata como a una gorrona, una gran molestia potencial, una invasora de su propiedad. Al alimentarla y animarla, Eva se ha lanzado a una conducta de pequeñas, pero significativas falsedades, que Roberta ha soportado sin reservas. Él sabe que sus sentimientos sobre esta cuestión son exagerados, incluso cómicos; eso no le ayuda. Una de las cosas que no ha querido ser nunca, y que ha evitado ser, es un papá cómico, un fulminador, un chapucero. Pero es la conducta de Roberta la que le preocupa, más que la de Eva. Aquí Roberta demuestra con toda claridad el error que ha cometido al criar a sus hijas. Mentalmente puede oír a Roberta hablando a alguien en una fiesta:

  —Eva ha adoptado a una gata terrible, a una vagabunda con un aspecto realmente horrible: ésa es su hazaña del verano. Y Angela se pasa todo el día haciendo «jetés» y enfurruñándose con nosotros.

  Realmente no ha escuchado a Roberta decir eso (no han ido a fiestas), pero se lo puede imaginar muy bien. Emplazaría a sus hijas para distracción de otros, las convertiría en personajes de los que nada serio podría esperarse. Eso a George le parece no sólo frívolo, sino también cruel. Roberta, que es tan indulgente con sus hijas, que se preocupa constantemente de que puedan encontrarla insuficientemente afectuosa, interesada, comprensiva, no obstante las está desposeyendo. No las está tomando en serio, no las está educando. ¿Y qué tiene que hacer George a la vista de todo esto? No son hijas suyas. Una de las razones por las que no ha tenido hijos es que duda de si podría darles su atención sin reservas y durante tanto tiempo como fuese necesario, para esta cuestión de la educación. Como profesor, sabe cómo hacer mucho ruido y llevarles la delantera, pero es agotador tener que hacer eso en el frente del hogar. Y era principalmente a los chicos a quienes aprendió a vencer con sus estrategias. Los chicos eran la amenaza en una clase. Las chicas nunca molestaban mucho, fuera de alguna cuidadosa finta con las sexy. Eso no funciona aquí.

  Aparte de todo esto, a menudo no puede evitar que le gusten Angela y Eva. Le parecen desorientadas y atractivas. Ellas le encuentran muy divertido, lo que unas veces le irrita y otras le gusta. Su forma de comportarse con la gente es, o muy reservada o muy divertida, y él cree que prefiere ser reservado. No obstante, le gusta que la diversión se aprecie.

  Pero cuando terminó de desayunar y cogió dos grandes cestos y se fue al huerto a coger tomates, nadie se movió para ayudarle. Roberta siguió meditando melancólicamente y bebiendo café. Angela había terminado sus ejercicios y estaba escribiendo en el cuaderno que utiliza como diario. Eva se había ido al establo. Angela está sentada al piano en el salón de Valerie. No hay piano en la casa de George y lo echa en falta. ¿No lo echa en falta su madre? Su madre se ha convertido en una persona que no pide nada.

  «La he visto cambiar —ha escrito Angela en su diario— de ser una persona muy respetada a ser una persona a punto de tener los nervios destrozados. Si esto es amor, yo no quiero ni un poco. Él quiere esclavizarla a ella y a nosotras y ella camina por la cuerda floja intentando evitar que se vuelva loco. No disfruta de nada y si le dieras a escoger preferiría estar tumbada en una habitación oscura con un pañuelo sobre los ojos y no ver a nadie ni hacer nada. Esta es una mujer inteligente que creía en la libertad».

  Empieza a tocar la «Marcha Turca», que le trae a la mente la imagen de una casa que sus padres vendieron cuando ella tenía cinco años. Había una pequeña estantería cerca del techo en el comedor, donde su madre había puesto los platos de postre para decorar. Un árbol o un matorral del jardín tenía hojas del color de la lechuga, grandes como platos.

  Ha escrito en su diario:

  «Sé que la nostalgia es una emoción inútil. A veces siento que me gustaría romper algunas cosas de las que he escrito donde quizá he sido demasiado dura al juzgar a ciertas personas o situaciones, pero he decidido dejarlo todo porque quiero tener una relación de lo que realmente sentía en aquel momento. Quiero tener un relato fiel de toda mi vida. Cómo evitar mentirse es el mayor problema que veo en todas partes».

  Durante el verano Angela ha pasado mucho tiempo leyendo. Ha leído Ana Karenina, El segundo sexo, Emily of New Moon, La antología Norton de Poesía, La autobiografía de W.B. Yeats, The Happy Hooker, The Act of Creation, Seven Gothic Tales. Algunas de estas, para ser exactos, no las ha leído enteras. Su madre también leía siempre. Angela llegaba a casa de la escuela a las doce, y también por la tarde, y la encontraba leyendo. Su madre leía sobre la conquista de Méjico, leyó The Tale of Genji. Angela se maravilla de lo segura que su madre parecía entonces.

  Angela tiene una imagen en su mente de Eva antes de que naciera. Los tres, Angela, su madre y su padre, están en una playa. Su padre está cavando un gran agujero en la arena. Su padre es un dotado constructor de castillos de arena con calles y sistemas de irrigación, así que Angela contempla con interés cualquier proyecto que emprenda. Pero el agujero no tiene nada que ver con un castillo de arena. Cuando está terminado, su madre se echa, riendo, y coloca su barriga en él. En su barriga está Eva, y el agujero es como una cuchara para un huevo. La playa es extensa, kilómetros y kilómetros de blanca arena inclinándose suavemente hacia el agua azul-verdosa. La orilla no es pedregosa y no hay ni una pequeña caleta. Un lugar radiante y generoso. ¿Dónde pudo ser?

  Pasa de la «Marcha turca» a hacer un intento con «Eine Kleine Nachtmusik». Roberta, que escucha el piano al mismo tiempo que escucha a Valerie hablando graciosamente y sin esperanzas sobre su temor hacia Kimberly, de lo poco que le gustan los intrusos, de su inexcusable repugnancia a renunciar a sus hijos, piensa. No, no era un error. ¿Qué quiere decir con eso? Quiere decir que no fue un error dejar a su marido. Suceda lo que suceda, no fue un error. Era necesario. De otro modo no lo hubiese sabido.

  —Es un mal momento para ti —dice Valerie juiciosamente—. Estás exactamente bajo una espectacular tensión.

  —Eso es lo que yo me digo —dice Roberta—. Pero a veces pienso que no es eso. No es por la casa, no es por las niñas. Es sólo que hay algo negro que se está levantando.

  —Oh, siempre hay algo negro —dice Valerie refunfuñando.

  —Pienso en Andrew, ¿qué le estaba yo haciendo? Poniendo las cosas para encontrar el fallo en él, quejándome, luego echándome atrás y haciendo las paces. Gradualmente, la necesidad de librarme de él surgía de nuevo, pero yo siempre estaba segura de que era culpa suya… si él hiciera esto o aquello yo podría quererle. Tan horroroso para él que se convirtió en, ¿recuerdas lo que dijiste que era? Un palo.

  —Era un palo —dice Valerie—. Siempre lo fue. Tú no tienes la culpa de todo.
—Pienso en ello, porque me pregunto si eso es lo que George me está haciendo a mí. Quiere librarse de mí, luego ya no, luego sí, luego no puede admitirlo, ni siquiera ante sí mismo; tiene que montar fallos. Siento que sé por lo que Andrew pasó. No es que yo fuese a volver a atrás. Nunca. Pero lo veo.

  —Dudo que las cosas sucedan tan simétricamente.

  —Yo tampoco lo creo así, realmente. No creo que reciba uno su castigo de una forma tan sencilla. ¿No es divertido cómo se siente uno atraído, como yo me siento atraída, ante la idea de una pauta como esa? Quiero decir que la idea es atractiva, la de que haya un equilibrio. Pero no la experiencia. Me gustaría evitarla.

  —Te olvidas de lo feliz que eres cuando eres feliz.

  —Y viceversa. Es como un parto.

  George ha terminado de segar y está limpiando la hoja. Puede oír el piano a través de las ventanas abiertas de la casa de Valerie, y del río suben corrientes erráticas de aire agradable y frío. Se siente mucho mejor ahora, ya sea por el simple ejercicio o por el alivio de no sentirse observado; quizá sea bueno evadirse de las enormes exigencias de su propia casa. Se pregunta si es Roberta la que toca. La música se adapta con precisión a lo que está haciendo: primero la alegre y cotidiana «Marcha turca», para acompañar a la siega; ahora, mientras está limpiando la hoja y oliendo la hierba cortada, las sutiles alegrías, aunque ejecutadas con una ligera vacilación, de «Eine Kleine Nachtmusik». Como siempre, cuando su humor mejora realmente, al romper el alba, desea irse y encontrar a Roberta y rodearla, asegurarle, asegurarse a sí mismo, que no se ha hecho ningún daño real. Esperaba haber sido capaz de hacerlo anoche, cuando fueron a tomar unas copas, pero no pudo; algo sordo se lo impedía.

  Recuerda la primera visita de Roberta a su casa. Eso fue a finales de agosto o a principios de septiembre, hace ahora casi un año. Montaron una especie de indecoroso picnic, prepararon banquetes y pusieron discos, sacaron un colchón al patio. Noches claras, en las que Roberta le indicaba las inverosímiles formas en que las estrellas se unen en sus constelaciones, y cada día como oro en paño. Roberta le dijo que debía conocer cuál era la situación: ella tiene cuarenta y tres años, es seis años mayor que él. Ha dejado a su marido porque todo entre ellos parecía artificial; pero no le gusta decir eso, porque puede ser sólo hipocresía, ella no está segura de lo que quiere decir, y por encima de todo, no sabe de lo que es capaz. A él le pareció valerosa, sincera, sin vanidad. Cómo de eso podía surgir esa susceptibilidad, ese estado lacrimoso, ese abatimiento, esa amenaza de postración, eso no puede imaginárselo.

  Pero vale la pena respetar la primera impresión, cree.

Eva y Ruth están decorando la mesa de la cena en la terraza. Ruth lleva una camisa blanca y la parte de abajo de un pijama a rayas que pertenecen a su hermano, y un monumental turbante negro. Tiene el aspecto de un orgulloso sikh, pero de buen corazón.

  —Creo que la mesa debiera ponerse esparcida —dice Ruth—. La sutileza queda fuera, Eva.

  A intervalos ponen dalias color naranja y oro, un molinillo de pimienta muy bonito a rayas, calabacines, calabazas amarillas, maíz.

  Al amparo de la música, Eva dice:

  —Angela tiene más problemas que yo viviendo aquí. Cree que siempre que se pelean es por ella.

  —¿Se pelean? —pregunta Ruth suavemente. Luego dice—: No es asunto mío.

  Ella estaba enamorada de George cuando tenía trece o catorce años. Era al principio de que su madre hiciese amistad con él. Ella odiaba a su mujer, y le encantó que se separasen. Recuerda que la esposa era hija de un ginecólogo, y que esto era citado por su madre como la razón de que George y su esposa no pudieran llevarse nunca bien. Probablemente era a la prosperidad de su padre a lo que se refería su madre, o a la forma en que la hija había sido educada. Pero a Ruth la palabra «ginecólogo» le parecía cortante y horrorosa, y veía a la hija del ginecólogo vestida con una ropa de metal frío y dentado.

  —Tienen peleas silenciosas, de veras. Angela es tan egoísta que cree que todo da vueltas a su alrededor. Eso es lo que sucede cuando te conviertes en una adolescente. Yo no quiero que me pase a mí.

  Se produce una pausa en la música que toca Angela y Eva dice vivamente:

  —¡Oh, no quiero irme! No me gusta tener que marcharme.

  —¿Por qué?

  —No quiero dejar a Diana. No sé lo que le sucederá. No sé si la volveré a ver de nuevo. No creo que vuelva a ver otra vez al ciervo. Detesto tener que dejar cosas.

  Ahora que el piano está en silencio, a Eva se la puede oír fuera, donde se sientan Valerie y Roberta. Roberta oye lo que Eva dice y aguarda, esperando oírle decir algo sobre el próximo verano. Se prepara para oírlo.

  En lugar de eso Eva dice:

  —¿Sabes? Yo entiendo a George. A mí no me preocupa como a Angela. Yo sé cómo hacer broma. Le comprendo.

  Roberta y Valerie se miran y Roberta sonríe, sacude la cabeza y se estremece. A veces ha tenido miedo de que George lastime a sus hijas, no físicamente, sino por medio de algún cambio de posición, de alguna revelación de antipatía que no podrían olvidar nunca. Le parece haberles dado instrucciones, por ejemplo, que hay que adaptarse a él, respetar sus silencios y responder a sus bromas.

  ¿Qué pasaría si él se volviera, dentro de este dispositivo de seguridad, y les asestase un golpe memorable? Si sucediera, sería ella quien las habría abandonado a ello. Y puede percibir un peligro. Por ejemplo, cuando George estaba podando los manzanos oyó a Angela decir:

  —Mi padre tiene ahora un manzano y un cerezo.

  (Eso era información. ¿Se lo tomaría como una competición?).

  —Supongo que tiene algunos subordinados que vienen y se los podan —dijo George.

  —Tiene cientos —dijo Angela jovialmente—. Enanos. Les hace llevar a todos uniformes pequeños de la Marina.

  Angela estaba en aquel momento en un terreno peligroso. Pero Roberta cree ahora que el peligro real no es para Angela, quien encontraría una forma de recibir bien el insulto, quien estaría dispuesta a obtener alguna ventaja. (Roberta ha leído partes del diario). Es Eva quien, con sus afirmaciones de comprensión, sus esperanzas de una total reconciliación, podría quedar aplastada y sin recursos.

  Mientras tomaban una sopa fría de manzana y berros Eva ha vuelto a su estilo enfant terrible de causar efecto en la mesa.

  —Anoche salieron y se emborracharon. Estaban beodos.
David dice que no ha escuchado esa expresión hace mucho tiempo.

  Valerie dice:

  —¡Qué horrible para vosotras, pequeñas!

  —Estuvimos pensando en llamar a Ayuda Infantil —dice Angela, quien parece muy poco infantil a la luz de la vela (de hecho parece una reina), y consciente de que David la está mirando, aunque con David es difícil decir si la mira con aprobación o con reservas. Parece como si pudiera ser aprobación. Kimberly ha asumido las reservas de él.

  —¿Pasasteis un rato muy licencioso? —preguntó Valerie—. Roberta, no me lo habías dicho. ¿Dónde fuisteis?

  —Fue muy respetable —dice Roberta—. Fuimos al hotel Queen de Logan. Al Salón, así es como lo llaman. El lugar elegante para tomar una copa.

  —George no te llevaría a ninguna cervecería vieja —dice Ruth—. George es un conservador de salón.

  —Es cierto —dice Valerie—. George cree que a las señoras sólo hay que llevarlas a los sitios bonitos.

  —Y que a los niños hay que verlos pero no oírlos —dice Angela.

  —Tampoco verlos —dice George.

  —Lo que es confuso para todos, porque sale a escena como un rabioso radical —dice Ruth.

  —Esto es una invitación —dice George— al libre análisis. De hecho era muy libertino y Roberta probablemente no se acuerda por estar tan beoda, como dice Eva. Hechizó a un tipo que hacía trucos con palillos.

  Roberta dice que era un juego en el que se hacía una palabra con palillos, luego se quitaba un palillo o se cambiaba el orden de lo que allí había y se hacía otra palabra, y así sucesivamente.

  —Espero que no fuesen palabras sucias —dice Eva.

  —Yo nunca hablé así cuando tenía su edad —dice Angela—. Yo fui la hija anterior a la tolerancia.

  —Y cuando nos cansamos del juego, o cuando él se cansó, porque yo me cansé muy pronto, me enseñó fotografías de su mujer y suyas en un crucero por el Mediterráneo. Anoche estaba con otra señora porque su esposa está muerta, y si se olvidaba de dónde fueron tomadas estas fotos, esa mujer se lo recordaba. Ella dijo que no creía que se recuperase nunca de ello.

  —¿Del crucero o de su mujer? —pregunta Ruth, mientras George dice que tuvo una conversación con una pareja de granjeros holandeses que querían llevarlo a dar una vuelta en su avioneta.

  —Creo que no fui —añade George.

  —Te disuadí —dice Roberta, sin mirarle.

  —«Disuadí» suena tan bien —dice Ruth—. Es tan suave. Me hace pensar en seda.

  Eva pregunta qué quiere decir.

  —Persuadir a no hacerlo —dice Roberta—. Persuadí a George para que no fuese a dar una vuelta en avioneta a la una de la mañana con los ricos granjeros holandeses. En lugar de eso, fue para todos una aventura meter al hombre del crucero por el Mediterráneo en su coche para que su amiga pudiera llevarlo a casa.

  Ruth y Kimberly se levantan para llevarse los boles de sopa y David va a poner un disco de Dvorak, «La sinfonía del nuevo mundo». Es a petición de su madre. David dice que es almibarado.

  Están callados, esperando a que comience la música. Eva pregunta:

  —De todos modos, ¿cómo os enamorasteis, chicos? ¿Fue una atracción física?

  Ruth le da suavemente en la cabeza con un bol.

  —Deberías tener las mandíbulas atadas con alambre —dice—. No olvides que estoy aprendiendo a tratar con niños desequilibrados.

  —¿No te molestaba que mamá fuese mucho mayor?

  —¿Ves a lo que me refiero acerca de ella? —dice Angela.

  —¿Qué sabes tú del amor? —dice George pomposamente—. El amor sufre mucho, y es amable. Similar a mí mismo a este respecto. Al amor no se le alaba…

  —Creo que ésa es una clase determinada de amor —dice Kimberly, poniendo la verdura—. Si estás citando.

  Al amparo de una conversación sobre traducción y el significado de las palabras (un tema del que George sabe poco, pero sobre el que pronto hace afirmaciones arrolladoras y provocativas, fiel a sus técnicas de clase), Roberta le dice a Valerie:

  —La amiga del hombre dijo que lo estupendo era que su mujer había hecho todo el crucero por el Mediterráneo con una bolsa para ano contra natura.

  —¿Una qué?

  —Una bolsa para ano contra natura. Yo también me quedé desconcertada, de modo que ella dijo: «Es que su mujer sufrió una de esas operaciones y tenía que llevar una de esas bolsas…».

  —Oh, Dios mío.

  —Tenía unos brazos grandes y gruesos y el pelo rubio platino. La mujer, en las fotos. La amiga era algo parecido, pero más elegante. La mujer tenía una mirada tan sensual y feliz. La mirada de estar pasándolo bien.

  —Y con una bolsa para ano contra natura.

  «Así que ves frente a qué personas tan singulares y de aspecto tan poco prometedor el amor echa raíces y florece, y yo no llevo bolsa para ano contra natura, sólo algunas arrugas, flaccidez, palidez y un sutil ajamiento. —Esto es lo que Roberta se dice a sí misma—. Esto no es culpa mía», se dice, como ha dicho tan a menudo anteriormente. Normalmente, cuando dice «esto» se refiere a un quejido, a una súplica, a un gimoteo. Ahora lo repite como un hecho en su mente, el tono en el que lo afirma es aburrido y cansado. Parece como si eso pudiera ser la verdad.
Hacia los postres la conversación ha pasado a la arquitectura. La única luz de la terraza la dan las velas sobre la mesa. Ruth se ha llevado las velas grandes y ha puesto frente a cada lugar una pequeña vela individual en un candelero de metal negro con mango, como la vela del verso infantil. Valerie y Roberta lo dicen a la vez:

  —Aquí llega una vela para iluminarte hasta la cama. Aquí llega un carnicero para ¡cortarte la cabeza!

  Ninguna de ellas le ha contado ese verso a sus hijos, y sus hijos no lo habían escuchado nunca anteriormente.

  —Yo lo he escuchado —dice Kimberly.

  —El arco ojival, por ejemplo, era sólo un capricho —dice George—. Era una moda arquitectónica, muy parecida a las modas de hoy en día.

  —Bueno, no era sólo eso —dice David contemporizando—. Era más que una moda. La gente que construyó las catedrales no era totalmente como nosotros.

  —Eran muy distintos a nosotros —dice Kimberly.

  —Estoy segura de que a mí me enseñaron, si es que me enseñaron realmente en aquellas lejanas épocas —dice Valerie—, que el arco ojival era un desarrollo del arco románico. De repente se les ocurrió llevarlo más lejos. Y tenía una apariencia más religiosa.
—Un disparate —dice George felizmente—. Perdona. Sé que eso es lo que decían, pero de hecho, el arco ojival es el más primitivo. No es el arco más fácil, no es un desarrollo del arco de medio punto en absoluto, ¿cómo podría serlo? Tenían arcos ojivales en Egipto. El arco de medio punto, el arco de piedra angular es el arco más sofisticado que se pueda construir. Todo ha sido presentado patas arriba para favorecer a la Cristiandad.

  —Bueno, quizá sea sofisticado, pero yo lo encuentro deprimente —dice Ruth—. Creo que son muy deprimentes esos arcos de medio punto. Son monótonos, simplemente siguen blas-bla-bla, no hacen que los espíritus se eleven precisamente.

  —Debe de haber expresado algo que la gente necesitaba profundamente —dice Kimberly—. No se le puede llamar a eso un capricho. Construyeron esas catedrales, lo hizo la gente, el proyecto no fue impuesto por ningún arquitecto.

  —Una concepción errónea. Tenían arquitectos. En algunos casos incluso sabemos quiénes eran.

  —No obstante, creo que Kimberly tiene razón —dice Valerie—. En esas catedrales se perciben muchas de las aspiraciones de aquella gente; se siente la emoción cristiana en la arquitectura…

  —No importa lo que sientas. El hecho es que los cruzados trajeron el arco ojival del mundo árabe. Del mismo modo que trajeron el gusto por la comida picante. El honrar a Jesús no fue más improvisado que yo por el inconsciente colectivo. Era el estilo más avanzado. Los primeros ejemplos se pueden ver en Italia; y luego se abrió paso hacia el norte.

  Kimberly tiene el rostro enrojecido, pero sonríe tirante y benigna. Valerie, por lo mucho que le disgusta Kimberly, siente la necesidad de decir cualquier cosa para ir a su rescate. A Valerie no le importa parecer tonta; se tiraría de cabeza a cualquier conversación para desviar su curso contencioso, para hacer que la gente se ría y se calme. Ruth también tiene el don de aligerar las cosas, aunque en su caso parece animar a hacerlo no de forma tan deliberada, sino serena y casi accidentalmente, como resultado de seguir fielmente su propia línea de pensamiento. ¿Y David? En este momento David está acaparado por Angela y no presta tanta atención como debiera. Angela está poniendo a prueba sus poderes; ella los probaría incluso con un primo que ha conocido desde que era una niña. Kimberly está en peligro por dos lados, piensa Roberta. Pero se las arreglará. Es lo suficientemente fuerte como para conservar a David a través de cualquier número de Angelas, y lo suficientemente fuerte como para conservar su sonrisa frente al ataque de George contra su fe. ¿Prevé su sonrisa cómo arderá él? No es probable. Ella prevé, en lugar de eso, cómo todos ellos tropezarán, deambularán y se harán un lío; ¿qué importa quién gane la discusión? Para Kimberly ya se han ganado todas las discusiones.
Mientras piensa esto, obligándoles a manifestar sus opiniones de este modo, Roberta se siente competente, aliviada. La indiferencia la ha salvado. Lo principal es ser indiferente a George, ésa es la gran bendición. Pero su indiferencia va más allá de él; es generosa, alcanza a todo el mundo. Está lo suficientemente bebida como para tener ganas de comunicar algunos hallazgos.

  —La renuncia sexual no es suficiente —podría decirle a Valerie. Está lo suficientemente sobria como para callarse.

  Valerie ha conseguido que George hable de Italia. Ruth, David, Kimberly y Angela han empezado a hablar de otra cosa. Roberta oye la voz de Angela hablar con impaciencia y autoridad, y con una vehemencia, con una timidez que sólo ella puede detectar.

  —La lluvia ácida… —está diciendo Angela.

  Eva sacude con un dedo el brazo de Roberta.

  —¿Qué estás pensando? —le dice.

  —No lo sé.

  —No puedes no saberlo. ¿En qué estás pensando?

  —En la vida.

  —¿En qué de la vida?

  —En las personas.

  —¿Qué piensas de las personas?

  —En el postre.

  Eva le da más fuerte, riendo.

  —¿Qué estás pensando del postre?

  —Pensaba que estaba bien.
Un poco más tarde Valerie tiene la ocasión de decir que no nació en el siglo XIX, a pesar de lo que David pueda pensar. David dice que todas las personas nacidas en este país antes de la Segunda Guerra Mundial han sido en realidad educadas en el siglo XIX, y que su forma de pensar es arcaica.

  —Somos algo más que el producto de nuestra educación —dice Valerie—, como tú mismo debes esperar, David.

  Dice que ha estado escuchando toda esa charla sobre exceso de población, desastre ecológico, desastre nuclear, este desastre y el otro, la destrucción de la capa de ozono… se ha estado hablando una y otra vez, durante años, de desastre, pero allí están sentados, sanos, relativamente cuerdos, con una maravillosa cena y un maravilloso vino en su interior, en el maravilloso e intacto campo.

  —Los incas comiendo en platos de oro mientras Pizarro estaba desembarcando en la costa —dice David.

  —No hables como si no hubiera solución —dice Kimberly.

  —Creo que quizá ya estemos destruidos —dice Ruth como en sueños—. Creo que quizá seamos anacronismos. No, eso no es lo que quiero decir. Quiero decir reliquias. De algún modo ya lo somos. Reliquias.

  Eva levanta la cabeza de entre sus brazos cruzados sobre la mesa. Su velo le cae sobre un ojo, el maquillaje se le ha corrido más allá de sus límites, de modo que toda su cara es una flor remendada. Dice en voz alta y decidida:
—Yo no soy una reliquia.

  Y todos se ríen.

  —¡Claro que no! —dice Valerie, y luego comienzan los bostezos, el retirar las sillas, las sonrisas bastante tímidas y formales, el apagar las velas: la hora de volver a casa.

  —¡Oled el río ahora! —les dice Valerie. Su voz suena afligida y tierna, en la oscuridad.

  —Una luna casi llena.

  Era Roberta quien le decía a George la luna tan llena que había, y de este modo el que él diga eso es siempre un ofrecimiento. Es un ofrecimiento ahora, mientras viajan por entre los oscuros campos de maíz.

  —Así es.

  Roberta no rechaza el ofrecimiento con silencio, pero tampoco lo acoge con satisfacción. Es educada. Bosteza, y hay un sonido privado en su bostezo. Esto no es una táctica, aunque ella sabe que la indiferencia es atractiva. Es lo real. Él puede notar una imitación, siempre puede resistir las tácticas. Tiene que recorrer el camino hasta el final, hasta donde no le importe. Entonces él nota lo etérea y lo distante que ella está y su amor se reaviva. Ella tiene el poder. Pero en el momento en que comience a valorarlo, éste empezará a dejarla. Así piensa ella mientras bosteza y vacila en el filo entre preocuparse y no preocuparse. Se quedaría en este filo si pudiera.

  La camioneta de media tonelada que lleva a George y a Roberta, con Eva y Angela detrás, baja por la tercera carretera, concesión de Weymouth Township, conocida localmente como la carretera del teléfono. Es una carretera de grava, bastante ancha y con mucho tráfico. Se metieron en ella desde la carretera del río, una carretera mucho más estrecha, que llega hasta más allá de la casa de Valerie. Desde la esquina de la carretera del río hasta la puerta de George hay una distancia de unos tres kilómetros y medio. Dos carreteras laterales cortan este tramo de la carretera del teléfono en ángulos rectos. Estas dos carreteras tienen señales de Stop. La carretera del teléfono es una carretera preferencial. Han pasado ya el primer cruce. Por el segundo cruce, desde el oeste, un Dodge de 1969 color verde oscuro va a una velocidad de entre ciento treinta y ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. Dos hombres jóvenes vuelven de una fiesta a su casa en Logan. Uno ha perdido el conocimiento. El otro conduce. No se ha acordado de poner las luces. Ve la carretera por la luz de la luna.

  No hay tiempo de decir una palabra. Roberta no grita. George no toca el freno. El enorme coche cruza como un relámpago por delante suyo, un destello enorme, oscuro, sin luces, y aparentemente sin sonido. Sale del oscuro maíz y llena el aire exactamente delante de ellos de la forma en que un enorme pez plano se deslizaría de repente ante los ojos en un acuario. No parece estar más allá de un metro por delante de sus faros. Luego se va, ha desaparecido entre el maíz al otro lado de la carretera. Siguen adelante. Siguen por la carretera del teléfono, giran por el camino, se detienen y se quedan sentados en la camioneta en el patio frente a la oscura sombra de la casa medio reformada. Lo que sienten no es terror ni agradecimiento, todavía no. Lo que sienten es perplejidad. Se sienten tan perplejos, tan aplanados y tan flotando, tan desconectados con los sucesos precedentes y futuros como el coche fantasma, el pez negro, lo estaba. Las toscas ramas de los pinos se mueven por encima, y bajo esas ramas la luz de la luna desciende claramente sobre la vacilante hierba de su nuevo césped.


  —¿Estáis muertos, chicos? —dice Eva, sacándoles de su ensimismamiento—. ¿No hemos llegado a casa?

CHICA

Lava la ropa de cama junto con la ropa blanca el lunes y tiéndela en la azotea; lava la ropa de color el martes y ponla a secar en las cue...