Bedlam si anochece

Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte:
El primer motivo es el odio. Odio que te saltaba a la garganta cada vez que te defraudaba, y terminaba haciéndolo siempre, ¿verdad Tom? Mi imperfección te sacaba de tus casillas y apenas podías disimular tu malestar en mi presencia. Como aquella vez al acostarnos. Tú me observabas desde la cama y yo me desnudaba. Colgué cada pieza de ropa en el perchero que había tras la puerta. Ese de tres brazos que parecen tres eses o tres serpientes según se mire. Primero la camisa de organdí, después la falda plisada. Dudé si quitarme la enagua pero mis amigas me habían dicho que a los hombres… les gusta… En braguitas fui hacia ti, hacia nuestra cama, tapándome los pechos. Yo pensaba que la vida era, que el matrimonio era, otra cosa. Por eso sonreía mientras me acercaba a ti. Pensé por unos instantes que podía ser atrayente y seductora a tus ojos. Entonces tú le diste otra interpretación a todo. Te levantaste y empezaste a andar por la habitación como un jorobado. ¡Así es como andas! –decías sumido en el desprecio–. Me he casado con una jorobada pero sin visitar París ni su catedral. Yo notaba tu odio en la mirada y por hacerte caso, por no defraudarte ni rebatir tus ideas, me encogía más y más. Me tumbé en la cama muerta de vergüenza y desde allí mi joroba creció y creció hasta que me quedé dormida con la barbilla sobre el ombligo. 
El segundo motivo es la tristeza. Fracasar una y otra vez nos humilla y entristece. Y yo fracasaba cada 28 días, siempre en luna nueva, cuando mi sangre se escurría entre mis muslos como un torrente de derrota y frustración. Lo peor eran tus silencios, largos y tensos, tan solo acallados rara vez por un sesgo de desprecio: ni para criar sirves. Y yo me hacía pruebas y acudía a médicos que me decían que todo estaba bien, que tuviese paciencia. Pero la paciencia, la tuya, se agotaba porque decías que se te iban las ganas al saberme un tronco de algarrobo: seco, agujereado y yermo. Después me buscabas en la noche. Apagabas, eso sí, la luz primero y me embestías oscuramente en la oscuridad. Sin ruido. Sin placer. Te creía entonces más que a los médicos: me sentía vacía e inhabitada como el tronco de un algarrobo: seca, agujereada y yerma y la tristeza, entonces, lo anegaba todo.
El tercer motivo es el hambre. El hambre que te hacia sentir al no ser capaz de satisfacerte nunca, al no ser suficiente nunca. Tú sólo expresabas insatisfacción por todo lo que te rodeaba. Ponías el listón más y más alto, elevabas más y más las expectativas. Yo me estiraba y estiraba para agradarte. Hasta que me rompí en dos ¿Te acuerdas, Tom? Había estado toda la mañana comprando en el mercado y cocinando aquel pescado que tu comías cuando eras pequeño, ese que tu madre hacía tan bueno. Lo asé en nuestro horno de leña habiendo consultado la libreta de recetas que nos regaló tu madre por nuestra boda.  Mientras comías yo levantaba de soslayo la mirada del plato y te observaba, férreo, contenido, mascando la comida sin poder apenas disimular el desprecio y el profundo hastío por todo lo que te rodeaba. La tensión que inundaba la casa y la mesa donde comíamos me envolvía extraditándome de aquella primera idea que había tenido en el puesto de pescado: Le haré un plato de su infancia y se chupará los dedos. Antes de conocerte era optimista pero tú me enseñaste a no serlo, sabías de antemano que íbamos a fracasar, todos. Y terminábamos haciéndolo, claro. Cogí la espina del pescado y me arañé la cara. Me la clavé repetidas veces hasta que tú me impediste seguir, sujetándome las manos. Y así tu profunda insatisfacción hacia el mundo que te rodeaba, tu hambre, infundió en mi una profunda insatisfacción hacia dentro, hacia mí misma. Fue mi primer ingreso. Aire y reposo, dijeron.
El cuarto motivo por el que he dejado de quererte es el miedo. A tu lado siempre he tenido terror a equivocarme, a no hacer nada a derechas. Aprendí a no contrariarte, a dudar de mi criterio, a vivir en la absoluta confusión, a no fiarme de mis pensamientos. Cada día me gustaba menos salir a la calle. Cada día me costaba más relacionarme con otras personas. Me avergonzaba que me corrigieras constantemente. Me avergonzaba que nuestros amigos te oyeran criticar la cena, la hora de la cita, la temperatura de la cerveza, la calidad del vino… Me avergonzaba que hablases delante de la gente con esa inquina de los inmigrantes irlandeses, teníamos amigos inmigrantes, tú mismo no eres de esta ciudad. Ante una cita social temblaba de miedo, hubiera preferido borrarme del mapa antes que tener que afrontar en silencio tus salidas de tono. A veces rezaba para mis adentros: que se ensañe conmigo pero que deje a la gente en paz. Tenía miedo de relacionarme con otras personas cuando estabas delante pero si no estabas tampoco quería ver a nadie porque odiaba que la gente me hablara mal de ti y me criticase por no ser capaz de afrontarte. Al fin y al cabo la culpa de estar contigo era mía. No sabía nada, era tan torpe para todo que supongo que también lo era para marcharme. Tenía miedo del miedo.
Llegó el verano y me quedé embarazada. ¿Recuerdas que fue en verano? Yo sí. Nadie de la familia o amigos se alegró por nosotros. En abril nació nuestro hijo Paul añadiendo así otro significado al miedo y este sí que no lo pude soportar. En mí había desaparecido cualquier rastro de optimismo. Por lo menos de una cosa sí que era capaz: aprendí lo que me enseñaste. También comprendí que ser una perdedora nata te libera del miedo a perderlo todo y entenderlo fue un mensaje redentor.
He sido ingresada en un hospital psiquiátrico, Tom, al parecer soy un peligro para mi hijo y para la sociedad. Tras una ventana con barrotes veo un patio con una fuente al centro y macizos azulados de espuela de caballero combinados con setos de escaramujo. Es una visión bastante bella.
Tú ya has dejado de quejarte.

Sarah Gardner (en la foto), ingresó en Bethlem cuando tenía 26 años de edad en 1857 después de sufrir una "gran depresión mental".





No hay comentarios:

Publicar un comentario

CHICA

Lava la ropa de cama junto con la ropa blanca el lunes y tiéndela en la azotea; lava la ropa de color el martes y ponla a secar en las cue...