Grandes superficies

Desde que Sally y Robert se mudaron al campo su vida había cambiado por completo.
 —Bueno, no es exactamente el campo —dijo Robert a su madre por teléfono— es sólo una forma de hablar por oposición.
—Tu padre y yo celebramos que progreséis en la vida, cariño. 
Robert y Sally se habían mudado a una de esas urbanizaciones del oeste estadounidense que circundan las grandes urbes. Pueblos donde se suceden calles de viviendas unifamilares con jardines sin vallar perfectamente cuidados. Andar por ellas, dar un paseo en bicicleta los domingos, aseguraba la ilusión de que la vida podía ser un jardín eterno, de que la perfección y el orden de poda podían vencer a las fuerzas del caos del bosque.
Robert era escultor. La casa donde se habían mudado tenía un gran cobertizo que él transformó en estudio. Trabajaba piezas cerámicas que cocía en un horno que instaló en la parte trasera de la casa. Sally daba clases en un centro de educación primaria de la ciudad. Eso era uno de los inconvenientes de vivir allí: conducir kilómetros y kilómetros antes y después del trabajo. Sally tuvo que comprar un coche y aprender a conducir. 
La relación de Robert y Sally estaba a punto de cumplir su tercer año. Tenían, como se suele decir, una relación consolidada, habían empezado a convivir a las pocas semanas de conocerse. En realidad la vida en la ciudad les apasionaba solo que ahora sentían que necesitaban crecer. Ya no eran tan jóvenes y aunque todavía no proyectaban tener hijos esa idea parecía que sobrevolaba sus cabezas como un buitre acecha a su presa.
Mientras Robert acogió el nuevo barrio con optimismo, Sally empezó a sentirse lentamente decepcionada. No podía decirlo porque habían firmado una hipoteca a 30 años y le daba vergüenza admitirlo pero lo cierto es que apenas transcurridas unas semanas desde la mudanza a Sally aquello empezó a hacérsele una bola que crecía día a día amenazando con formar un alud. Sally sentía nostalgia de su antigua vida. Ahora los viejos cines de su barrio quedaban exactamente a 63 kilómetros de la casa nueva. Tampoco salían ya a cenar como antes y eso que ambos adoraban la comida italiana y las conversaciones con la luz púrpura del vino reflejada sobre el mantel blanco. ¡Qué brillante e inteligente era Robert cuando había buena comida y buen vino de por medio! Cómo se reían y cómo se entendían con apenas un gesto. En cambio ahora, en el nuevo barrio, lo que más cerca les quedaba era el centro comercial y las franquicias de allí no tenían nada de particular. Sally echaba de menos, sobre todo, un pequeño restaurante, con poemas manuscritos en las paredes y chimenea, que quedaba a solo tres manzanas de su antiguo apartamento. Allí siempre se habían sentido únicos, como protagonistas de una película de Woody Allen. Entrar en aquel restaurante, pensaba Sally, era como adentrarse en un lugar mágico y secreto, hurtado al resto de personas que miraban sin mirar.
Un día Robert llamó a Sally al colegio para decirle que quería hacer unas compras en el centro comercial y que probablemente no estaría en casa cuando ella llegara del trabajo. 
—No me encontrarás a tu regreso, cariño. No te asustes, es solo que necesito unas cosas.
Aquella noche Robert volvió a casa muy tarde y encontró a Sally dormida en el sofá. Había comprado una caja de cervezas y unas bolsas de frutos secos.
—No podrás creerlo ¡El centro comercial estaba lleno de gente! Hoy, un martes cualquiera.
—¿Has comprado cerveza? No nos gusta —dijo Sally incrédula— Desde que te conozco bebemos siempre vino.
—Estaban de oferta. La gente se las llevaba por carros. Pensé que quizá estén buenas. Tienen que estarlo. Podemos ponerlas a enfriar y tomarlas este sábado.
Al día siguiente cuando Sally volvió del trabajo no encontró a Robert en casa. Fue a buscarlo al estudio pero tampoco estaba. Al entrar notó la estancia fría, como si la calefacción llevase meses sin encenderse y no había ni rastro de los bloques marrones de arcilla que solían apilarse por decenas por todas partes.
—¿Dónde has estado? —le dijo a su vuelta.
—Hoy era el día del tres por dos en el centro comercial. 
Robert enseñó a Sally una bolsa llena de productos por tríos.
—Tres paquetes de seis latas de atún hacen un total de dieciocho latas de atún, Robert.
—Lo sé —dijo Robert con aire orgulloso— podemos ahorrar mucho dinero si sabemos gastarlo con imaginación.
Sally quiso preguntar por qué no había ni rastro de trabajo en el estudio pero algo le impidió formular aquello en voz alta. De pronto ambos se observaron con extrañeza. ¿Cómo podía mirarse a alguien a quien se ve a diario, con quien se duerme todas las noches, como a un perfecto desconocido?
Las excursiones de Robert al centro comercial empezaron a hacerse cada vez más frecuentes. Compraba todo tipo de cosas absurdas:  sudaderas de colores imposibles, productos envasados que después languidecían en los armarios sin que nadie los comiera, linternas solares, pantalones para cuando lograse, por fin, adelgazar. Los pares de calcetines, por ejemplo, los compraba por docenas y terminaban atiborrando los cajones de la cómoda con la etiqueta puesta, delatando de su inutilidad. “Era el día de Oriente” decía mostrando unos botes de cartón con fideos dentro. Lo que más le atraía eran los productos que hallaba en las cabeceras de los pasillos. Esos suponían una doble oportunidad: precio rebajado en un tiempo limitado. Chollos. Luego volvía a casa contento pero al instante se sentía frustrado al no poder compartir aquello con su pareja. Día tras día encontraba el muro de la incomprensión de Sally como respuesta. ¡Dichosos centros comerciales! ¡Acabarán arruinándolo todo!
En el trabajo Sally decidió contárselo a una amiga. Ella le habló de una prima suya a la que le había pasado lo mismo cuando cumplió los 32. “Se hizo consumista” dijo. Por lo que la amiga de Sally contó era muy frecuente que la gente, pasada la barrera de los treinta, empezase a interesarse por hacer buenas compras y sacar a su dinero el máximo partido. 
—Cuando se es más joven no se mira tanto el dinero —dijo—. Robert hace lo que suele hacer toda la gente a su edad.
La amiga de Sally acababa de terminar la carrera y veía aquello como algo lejano e improbable. Seguro que a ella no le ocurriría, pensó, y al reflexionarlo pareció sentirse muy bien, como si hubiese descubierto un engranaje secreto. En cambio aquella conversación sumió a Sally en una profunda tristeza. ¿Eso era todo lo que podía esperarse de la vida? ¿Trabajar e ir a las grandes superficies a gastar el dinero ganado? Sally se visualizó como una oveja de lana polvorienta en mitad de un feroz destino.
Apenas unas pocas tardes después, al llegar a casa encontró a Robert de buen humor. Había preparado la cena y había decorado la mesa del cuarto de estar como en las ocasiones importantes. Un ramo de crisantemos violetas presidía la mesa. Sally advirtió que Robert había usado el decantador de vino como florero. Prendió una vela con una cerilla, la colocó en el candelabro de alpaca y sopló hasta apagarla. El humo del fósforo ascendió hacia el techo e inundó la estancia con su particular aroma. Anunció que tenía buenas noticias.
—He decidido aceptar el puesto de ceramista que me ofrecieron hace unos meses. 
—¡Oh cielos, Robert! —dijo Sally con tono preocupado— ¿Por qué? Si es por el dinero, no tienes de qué preocuparte, podemos aguantar con lo mío un tiempo. 
—No, no es eso Sally.
—¿Entonces?
Sally lo miraba con expresión confundida.
—Es que siento, desde hace ya un tiempo, que no me queda nada más que decir. Cuando terminé los estudios quería comerme el mundo. Disfrutaba de mi trabajo, tenía siempre nuevos proyectos en la cabeza. Pero ahora todas mis ideas me parecen sobadas, ya nada me divierte. Me aburro, Sally. Estoy realmente cansado.
—No sabía nada. ¿Por qué no me lo has dicho?
—Te lo estoy diciendo ahora, Sally. En la fábrica tendré un buen trabajo. Se dedican al regalo personalizado y hacen piezas importantes. Tendré compañeros como tú. Podré hablar con ellos en los descansos, fumar un cigarrillo a la salida.
Sally tuvo miedo de nombrar lo que le pasaba por la cabeza en esos instantes pero no pudo evitar pensar que ella se había enamorado de un artista. Se sintió profundamente decepcionada. Robert continuó:
—Quiero hablarte de la dosis de seguridad que me aportaría el hecho de tener un trabajo ideado por otros. ¿Entiendes lo que quiero decirte, verdad? Siento que no tengo necesidad de empezar otra vez con lo mismo. Ya no, cariño. Ya no.
Robert fue hasta la cocina y trajo dos botellines de cerveza. Sally miró la botella, leyó la etiqueta y bebió un trago. El sabor amargo de la cerveza inundó su paladar. ¿De verás, Robert, su pareja desde hacía casi tres años, no recordaba que ella odiaba la cerveza?
—¿Cenamos? –dijo Robert guiñando un ojo– He preparado comida italiana. 
Del horno extrajo una fuente de espagueti con queso fundido por encima y la llevó hasta la mesa. Parecía como si un volcán hubiese estallado y una lava espesa cayese derretida por las laderas de una montaña. Toda la casa olía a mozzarella derretida. Había comida para diez personas. 
–¿Te sirvo, cariño? No había albahaca ni parmesano para hacer pesto pero estarán buenos, verás.
Sally noto una arcada que le ascendía desde la boca misma del estómago. Rápidamente alcanzó el botellín de cerveza y lo apuró de un solo trago.
–¿Hay más en el frigorífico? –dijo mientras se dirigía a la cocina– ¿No has hecho demasiada comida?
–Quizá haya que ir acostumbrándose a cocinar para más gente. ¿No crees?
Esa noche Sally y Robert terminaron con todas las cervezas frías. Después continuaron con whisky hasta que subieron al dormitorio haciendo eses. Durmieron un profundo sueño.
Al día siguiente Sally, al finalizar su jornada, condujo hasta el centro comercial. Ese día estaba hasta los topes. Los carteles de todos los establecimientos anunciaban grandes descuentos, era el “Black friday”.
Sally dio vueltas y vueltas por el aparcamiento sin encontrar sitio para estacionar. No podía comprenderlo, cada vez que una plaza quedaba libre un coche aparecía de la nada y le arrebataba el sitio. Continuó dando vueltas y vueltas sin hallar hueco. Cuando las farolas del centro comercial se encendieron anunciando la noche, Sally decidió que era hora de volver a casa. 

Título por definir

Dentro de mi vive una bestia que se las pasa enviando olas de terror a cada una de mis células. En este momento una de esas olas me recorre el cuerpo.
Empieza con algo parecido a una descarga eléctrica, después le sigue la inquietud, la angustia y un gran nudo se instala en mi estómago. Con esto empieza una fiesta que dura días.

Estoy sudada, siento nauseas y sé que estoy pálida. Palidecí súbitamente mucho antes de que él acabara el comentario por completo, como si mi cuerpo ya supiese lo que iba a decir. No he tenido fuerzas ni para salir rápido por la tangente y cambiar el tema de conversación, como hago a menudo cuando algo me resulta embarazoso.

—Le dije a mi chica que dejara de ver a esa amiga suya tan miserable y chalada,—esto último con entonación larga y profunda (craaa-zyyy), con gesto de manos incluido— cuando ella me contó que esa tiparraca había cogido el condón de su amante y había ido corriendo al baño para introducirse el semen lo más rápido y profundo que pudo —contó el chico danés de pelo ralo.

—Incluso cuando él todavía se encontraba medio dormido en su cama, ajeno a todo lo que ella —esa zorra— estaba tramando.—Añadió.

—Desde luego que no te puedes fiar —finalizó así su argumento.

Me sorprende que mi cuerpo sepa inglés, pero así es. ¡Qué cosas!

Justo después una chica negra con el pelo rizado a lo afro interviene diciendo algo sobre que en Zimbawe, África, existen brigadas de “mujeres roba esperma”. Se trataba de un negocio muy lucrativo dirigido a satisfacer la demanda de mujeres ricas que desean inseminarse con los mejores genes. Creo que decía que el precio del semen dependía de lo fornido que fuese el varón y del tamaño de su pene —entiendo ya a duras penas. 

El resto de voces y comentarios ya no los capto, los escucho lejanos, remotos, incomprensibles. Para entonces ya me he convertido de nuevo en la aterrorizada protagonista del cuadro de Munch. Aunque sigo mirando, el fondo de la sala se ha tornado borroso y desdibujado; veo los rostros imprecisos, difuminados; y dentro de mi algo con forma de calavera deforme expresa profundo pánico y desesperación. ¡Ay no! ¡Otra vez no! ¡Otra vez no! ¿por qué yo? ¿por qué a mí? ¿por qué ahora? La ola de malestar me bloquea. No puedo moverme, me sudan las manos, me duele el pecho. ¡Voy a vomitar! ¡Voy a morir! ¡Quiero morir!
Necesito escapar, esconderme, correr… ¡Necesito respirar! No puedo levantarme, me desequilibraría, siento mis piernas como gelatina blanda y viscosa. ¡Odio las reuniones sociales! ¡quiero irme a mi casa! ¡detesto hacer el ridículo de nuevo! ¡quiero irme a mi cama! Y no salir nunca más de allí.

El alud, la avalancha ya se ha producido. Nada que hacer. Apechugar con lo que viene. Conozco muy bien lo que ocurre los días posteriores al desastre: darle vueltas y vueltas y más vueltas, fustigarme una y otra vez. Decirme a mí misma que soy un desastre de persona, un fracaso, un fiasco… eso durante semanas.

<<No me extraña que hayas tenido que robar. ¿Quién iba a querer tener un hijo contigo? ¡No te mereces nada! ¡No vales la pena!>>

Qué pensaría mamá, el yayo Ernesto o todas esas personas que me han querido tanto, educado y tratado de enseñar cosas de valor. Qué pensaría doña Consuelito —que tantas veces me decía que era una niña muy lista—de que hubiese acabado robando semen también.

Hasta para mí misma que estaba allí había parecido algo sutil, casi inocente, como quien no quiere la cosa… pero no, aun siendo la cuestión en apariencia insignificante, una nunca se puede engañar a sí misma. O por lo menos no a su cuerpo. El cuerpo siempre dice la verdad.

Tras la flagelación sigue el regateo. <<Pero si solo fue literalmente un acto desprovisto de mala intención… bla bla bla”>>. ¡Mentira! Yo, en pleno uso de mis facultades, rebañé con mi dedo ese churrete líquido, blanco y viscoso, que resbalaba por mi abdomen, con la suficiente presión de aquel que no quiere dejar ni gota y metí el dedo lo más profundamente que fui capaz en mi vagina. Si esto sirve de atenuante es cierto que nunca lo había pensado, premeditado ni  preparado, pero así fue. El crimen se produjo. Tuvo que ser doloso ya que se trató de un acto furtivo, oculto, sigiloso. Se trató de un robo. Un robo a mi propio novio, un robo a mi pareja, un robo a la persona con la que llevo más de 15 años de relación. De la que he tenido semen por todas partes mil veces. Pero esta vez me dio por robarlo. ¿Puede existir algo más ruin y rastrero, más bochornoso? Algunas cosas mucho peores se me ocurren.

A duras penas salgo del bar. Yo, mi nudo en el estómago y mis piernas de gelatina nos despedimos rápidamente del grupo. Llego a casa en un tiempo record; me desnudo rápida y veloz; todavía sigo pálida y a punto de vomitar. Me meto en la cama casi de un salto mientras me enfundo en mi camisón de franela. Por supuesto que no me quito el maquillaje, ni tampoco las lentillas. En estos momentos me importa un rábano que la falta de limpieza envejezca mi piel. Es curioso como algunas prioridades cambian por completo cuando estas en el fondo del pozo.

Mientras estoy en la cama no lloro ni apago la luz, me quedo inmóvil mirando a la pared durante horas. Debo de estar en shock. No puedo sentir emociones, en este momento tampoco siento los angustiosos e incómodos síntomas físicos del pánico. Esto de no sentir viene de lejos, no es de hoy.

Los siguientes días son extraños. Hoy no he querido verle, le he dicho que estoy malucha y que le iré escribiendo. Creo que se ha sorprendido un poco de que quiera quedarme sola en casa, bueno con mi gata Sofi, de que no le haya pedido que venga a cuidarme, traerme sopa de pollo o lo que sea que se me hubiese ocurrido para tenerle cerca. De todas formas no me ha dicho nada. No me encuentro con fuerzas para que me importe siquiera.

Las noches son más extrañas aún que los días. Al menos durante el día hago como que soy normal. No he ido a trabajar alegando que me encuentro mal, pero he ido a Mercadona, he limpiado el baño y he mirado la tele un rato, además de dormitar entre una cosa y otra. También me he duchado y me he hecho el pelo. No podría soporta llevar el pelo sucio mientras estoy en el pozo. ¡Sería mi ruina! De ser así sé que no tendría fuerzas para salir nunca más. El pelo limpio y el labio superior depilado son los últimos resquicios de mi dignidad personal. Mi antídoto contra la depresión. La depresión profunda, quiero decir.

Otra noche mirando a la pared blanca, impoluta, incapaz de apagar la luz. Súbitamente comprendo que esa pared no sería tan blanca si tuviera niños, y me sorprendo gratamente al tener algún pensamiento. Parece que algunas ideas vienen a mi mente, algo se mueve por ahí de nuevo. Súbitamente percibo que mi pecho se expande, se dilata y agranda. Me entrego.

¡Tía, robar semen! ¡Y au! Lo que faltaba por ver. ¿Quien robaría algo que es capaz de tener sin robar? Se me ocurre Winona Ryder, una vez escuché que robaba cosas en los grandes almacenes; pintalabios o cosas por el estilo… ¡con la pasta que debe de tener!
Pero, ¡alguna razón habría! Supongo que sería el riesgo, la adrenalina, quien sabe…
Igual podría escribirle un privado por Facebook y preguntarle por sus motivos. Hoy en día es bastante fácil contactar con las estrellas de todo el mundo. Quizás podría sentirme un poco mejor si lo comento con otra delincuente como yo. ¡Basta ya!

No puedo volver a empezar. No quiero volver a empezar. Me resisto a volver a empezar. ¡Tampoco tengo tiempo!


Bedlam si anochece

Permite que te explique los motivos por los que he dejado de quererte:
El primer motivo es el odio. Odio que te saltaba a la garganta cada vez que te defraudaba, y terminaba haciéndolo siempre, ¿verdad Tom? Mi imperfección te sacaba de tus casillas y apenas podías disimular tu malestar en mi presencia. Como aquella vez al acostarnos. Tú me observabas desde la cama y yo me desnudaba. Colgué cada pieza de ropa en el perchero que había tras la puerta. Ese de tres brazos que parecen tres eses o tres serpientes según se mire. Primero la camisa de organdí, después la falda plisada. Dudé si quitarme la enagua pero mis amigas me habían dicho que a los hombres… les gusta… En braguitas fui hacia ti, hacia nuestra cama, tapándome los pechos. Yo pensaba que la vida era, que el matrimonio era, otra cosa. Por eso sonreía mientras me acercaba a ti. Pensé por unos instantes que podía ser atrayente y seductora a tus ojos. Entonces tú le diste otra interpretación a todo. Te levantaste y empezaste a andar por la habitación como un jorobado. ¡Así es como andas! –decías sumido en el desprecio–. Me he casado con una jorobada pero sin visitar París ni su catedral. Yo notaba tu odio en la mirada y por hacerte caso, por no defraudarte ni rebatir tus ideas, me encogía más y más. Me tumbé en la cama muerta de vergüenza y desde allí mi joroba creció y creció hasta que me quedé dormida con la barbilla sobre el ombligo. 
El segundo motivo es la tristeza. Fracasar una y otra vez nos humilla y entristece. Y yo fracasaba cada 28 días, siempre en luna nueva, cuando mi sangre se escurría entre mis muslos como un torrente de derrota y frustración. Lo peor eran tus silencios, largos y tensos, tan solo acallados rara vez por un sesgo de desprecio: ni para criar sirves. Y yo me hacía pruebas y acudía a médicos que me decían que todo estaba bien, que tuviese paciencia. Pero la paciencia, la tuya, se agotaba porque decías que se te iban las ganas al saberme un tronco de algarrobo: seco, agujereado y yermo. Después me buscabas en la noche. Apagabas, eso sí, la luz primero y me embestías oscuramente en la oscuridad. Sin ruido. Sin placer. Te creía entonces más que a los médicos: me sentía vacía e inhabitada como el tronco de un algarrobo: seca, agujereada y yerma y la tristeza, entonces, lo anegaba todo.
El tercer motivo es el hambre. El hambre que te hacia sentir al no ser capaz de satisfacerte nunca, al no ser suficiente nunca. Tú sólo expresabas insatisfacción por todo lo que te rodeaba. Ponías el listón más y más alto, elevabas más y más las expectativas. Yo me estiraba y estiraba para agradarte. Hasta que me rompí en dos ¿Te acuerdas, Tom? Había estado toda la mañana comprando en el mercado y cocinando aquel pescado que tu comías cuando eras pequeño, ese que tu madre hacía tan bueno. Lo asé en nuestro horno de leña habiendo consultado la libreta de recetas que nos regaló tu madre por nuestra boda.  Mientras comías yo levantaba de soslayo la mirada del plato y te observaba, férreo, contenido, mascando la comida sin poder apenas disimular el desprecio y el profundo hastío por todo lo que te rodeaba. La tensión que inundaba la casa y la mesa donde comíamos me envolvía extraditándome de aquella primera idea que había tenido en el puesto de pescado: Le haré un plato de su infancia y se chupará los dedos. Antes de conocerte era optimista pero tú me enseñaste a no serlo, sabías de antemano que íbamos a fracasar, todos. Y terminábamos haciéndolo, claro. Cogí la espina del pescado y me arañé la cara. Me la clavé repetidas veces hasta que tú me impediste seguir, sujetándome las manos. Y así tu profunda insatisfacción hacia el mundo que te rodeaba, tu hambre, infundió en mi una profunda insatisfacción hacia dentro, hacia mí misma. Fue mi primer ingreso. Aire y reposo, dijeron.
El cuarto motivo por el que he dejado de quererte es el miedo. A tu lado siempre he tenido terror a equivocarme, a no hacer nada a derechas. Aprendí a no contrariarte, a dudar de mi criterio, a vivir en la absoluta confusión, a no fiarme de mis pensamientos. Cada día me gustaba menos salir a la calle. Cada día me costaba más relacionarme con otras personas. Me avergonzaba que me corrigieras constantemente. Me avergonzaba que nuestros amigos te oyeran criticar la cena, la hora de la cita, la temperatura de la cerveza, la calidad del vino… Me avergonzaba que hablases delante de la gente con esa inquina de los inmigrantes irlandeses, teníamos amigos inmigrantes, tú mismo no eres de esta ciudad. Ante una cita social temblaba de miedo, hubiera preferido borrarme del mapa antes que tener que afrontar en silencio tus salidas de tono. A veces rezaba para mis adentros: que se ensañe conmigo pero que deje a la gente en paz. Tenía miedo de relacionarme con otras personas cuando estabas delante pero si no estabas tampoco quería ver a nadie porque odiaba que la gente me hablara mal de ti y me criticase por no ser capaz de afrontarte. Al fin y al cabo la culpa de estar contigo era mía. No sabía nada, era tan torpe para todo que supongo que también lo era para marcharme. Tenía miedo del miedo.
Llegó el verano y me quedé embarazada. ¿Recuerdas que fue en verano? Yo sí. Nadie de la familia o amigos se alegró por nosotros. En abril nació nuestro hijo Paul añadiendo así otro significado al miedo y este sí que no lo pude soportar. En mí había desaparecido cualquier rastro de optimismo. Por lo menos de una cosa sí que era capaz: aprendí lo que me enseñaste. También comprendí que ser una perdedora nata te libera del miedo a perderlo todo y entenderlo fue un mensaje redentor.
He sido ingresada en un hospital psiquiátrico, Tom, al parecer soy un peligro para mi hijo y para la sociedad. Tras una ventana con barrotes veo un patio con una fuente al centro y macizos azulados de espuela de caballero combinados con setos de escaramujo. Es una visión bastante bella.
Tú ya has dejado de quejarte.

Sarah Gardner (en la foto), ingresó en Bethlem cuando tenía 26 años de edad en 1857 después de sufrir una "gran depresión mental".





CHICA

Lava la ropa de cama junto con la ropa blanca el lunes y tiéndela en la azotea; lava la ropa de color el martes y ponla a secar en las cue...