—¿Cómo voy a defender mi postura, contraria a la de él, si desde pequeña se me educó para agradar? Las niñas buenas no se enfadan, las niñas buenas complacen —gritaba Marga ante la atónita mirada de Berta—. Yo de pequeña, yo, —dijo Marga señalándose al pecho— era rebelde y me subía a los arboles y a veces me tenían que traer la cena al algarrobo de mi casa porque me negaba a bajar. Si querían que comiera lo hacía sentada a horcajadas en mi rama preferida, si no era capaz de no probar bocado en días.
—No te alteres, mujer. Es solo cuestión de punto de vista —dijo Berta con voz pausada—. Tú llevas la razón y él tiene la elocuencia.
—¿Elocuencia? Claro, qué fácil para algunos ¿Sabes que me decían mis tías de pequeña cuando me enfadaba? ¡No arrugues el entrecejo que te pones feísima! Jesus, qué carácter, así no encontrarás novio.
—Entonces —dijo Berta riendo— la culpa de que te cambiases de acera la tienen tus tías, pensaste que se cumpliría la profecía.
—Joder! No tiene ni puta gracia.
Berta reprimió la sonrisa. No estaba el horno para… Volvió a sonreír.
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